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Recogiendo los pedazos

Autor
Collette G. May
Lecturas
17,2K
Capítulos
62
Autor
Collette G. May
Lecturas
17,2K
Capítulos
62
🏈Historias deportivas🏃🏿‍♂️Atletas💪🏻Protector🍷Vida adulta👩🏻‍🍼Madres🏒Jugadores de hockey sobre hielo

Adrian, una exestrella de la NHL, se muda a un pueblo tranquilo para entrenar al equipo de hockey de la universidad, con la esperanza de darle estabilidad a su hijo. Leah lucha por mantener a flote su pastelería mientras cría a sus trillizos adolescentes, con su sustento pendiendo de un hilo. Cuando sus hijos entablan una estrecha amistad, sus vidas se entrelazan. A medida que Adrian y Leah se vuelven más cercanos, deben aprender a dejar atrás su pasado y encontrar la manera de unir a sus familias. Pero cuando la enfermedad golpea y lo cambia todo, se ven obligados a enfrentar desafíos que pondrán a prueba su fortaleza, su confianza y el futuro que están empezando a construir.

Capítulo 1

ADRIAN

—Oye, pequeño. Necesito un compañero.
—¿Yo? —La voz de Kai se elevó con confusión. Miró hacia los tres adolescentes que golpeaban un futbolín.
—Sí, tú —confirmó el chico del mohawk color caramelo y ojos entre azules y verdes, asintiendo en dirección a Kai sin levantar las manos de las barras giratorias.
—Pero no sé jugar —tartamudeó Kai.
El chico le dedicó una sonrisa brillante, enmarcada por dos hoyuelos profundos. Miró a los otros dos, que simplemente negaron con la cabeza, riéndose por lo bajo.
—Nosotros tampoco. —Se encogió de hombros y le hizo señas con los dedos, llamando a Kai a su lado—. Lo único que sabemos es que no podemos dejar que metan la pelota en el agujero.
Kai miró a Adrian, que escondía su diversión detrás de su taza de café. Los ojos de su hijo brillaban con esperanza e incertidumbre. Adrian asintió, y Kai se levantó de un salto, casi tirando la silla de la emoción, pero se acercó al chico alto con cautela.
Adrian observó cómo el chico mayor ponía el brazo alrededor de los hombros de Kai y le mostraba qué barras jalar y girar. Lo que le sorprendió fue la paciencia que los chicos mostraron con Kai, explicándole el objetivo básico del juego, respondiendo a sus preguntas mientras se burlaban entre ellos.
Kai anotó un punto, y él y su compañero hicieron un baile de celebración mientras el otro equipo prometía venganza. El juego se volvió rápido e intenso. Aunque provocaban al equipo de su hijo, las bromas eran sanas y de buena onda. El tipo de interacción que Kai había echado de menos en su vida.
Adrian aprovechó para estudiar a los tres chicos. Eran idénticos y altos, tal vez metro ochenta y cinco, con cabello castaño claro cortado de distintas maneras. Los tres tenían la gracia y la complexión de atletas, con hombros anchos y brazos fuertes.
Los tres compartían los mismos rasgos faciales: mandíbulas cuadradas y firmes, pómulos marcados, frentes amplias, narices elegantes, labios en forma de arco de cupido y sonrisas fáciles. La otra diferencia entre ellos eran sus ojos. Aunque del mismo tono de azul o verde, solo uno de los chicos tenía la mezcla de ambos colores. Los tres resultaban simpáticos al instante.
Cuando Kai lo miró, Adrian le levantó el pulgar, y sus ojos verdes brillaron aún más. Kai había heredado el cabello negro y los ojos verdes de Adrian, y aunque era alto para su edad, estaba bajo de peso, pálido y tímido.
También era inteligente, ingenioso, y tenía un lado travieso que poca gente conocía. Pero estos tres chicos habían logrado que se relajara, y Adrian podía ver destellos de la personalidad de su hijo mientras jugaba con ellos. Kai no se había visto tan feliz en meses.
Una mujer bajita con un delantal rosa con volantes salió de la cocina sosteniendo una bandeja vacía. Tenía más canas que cabello negro, y sus cálidos ojos marrones tenían arrugas a los lados que hablaban de muchos años de risas. Observó a los chicos con una sonrisa afectuosa, pero luego puso cara seria al dirigirse a ellos.
—Su mamá me dijo que les dijera que muevan el trasero a la escuela, porque si alguno llega tarde otra vez, les quita las llaves del carro. —Su acento era definitivamente sureño, cálido y rico, aunque su voz era aguda.
Los chicos la miraron, y entonces el del corte rapado miró su reloj. —¡Ah, mier… miércoles! —corrigió antes de mirar a Kai, y luego le asintió—. ¿Para dónde vas, chiquillo?
Kai lo miró sorprendido. —Eh, a la primaria Sheldon.
—Genial. Nos queda de paso. Ve por tus cosas —le indicó. A Adrian se le encogió el corazón al ver la cara radiante de Kai por poder pasar más tiempo con aquellos héroes inesperados.
—¿Puedo, papá? —preguntó cuando llegó a la mesa.
—Sí… —La palabra se le enredó en el nudo que tenía en la garganta. Intentó aclararse antes de soltar con dificultad—: Claro.
Mientras Kai recogía su mochila, los chicos habían entrado a la cocina y volvieron unos minutos después, besando a la mujer en la mejilla antes de echarse las mochilas al hombro y caminar hacia la mesa de Adrian.
—Despídete de tu papá —le indicó el del corte rapado, y Kai se paró frente a Adrian, con sus ojos verde hoja brillando.
—Adiós, papá —murmuró Kai y se giró hacia el trío, pero el chico del mohawk negó con la cabeza y empujó suavemente a Kai de vuelta hacia su padre.
—No, no. —Adrian vio el destello de un pequeño diamante en su oreja cuando negó con la cabeza, las puntas del mohawk rozándole las pestañas—. La vida es corta, chiquillo. Nos despedimos de nuestros padres con un abrazo y un te quiero, sin importar lo enojados que estemos con ellos. Puede ser el último recuerdo que tengan de nosotros.
Adrian miró a los chicos otra vez. No podían tener más de diecisiete años, y se preguntó qué habrían vivido para haber aprendido esa lección de vida tan jóvenes.
Kai inclinó la cabeza y miró a Adrian, con los ojos oscuros y llenos de fantasmas que Adrian desearía poder borrar por su hijo. Ambos conocían demasiado bien lo corta que podía ser la vida.
El niño asintió y se dejó caer en los brazos de su padre.
Adrian abrazó a su hijo, respirando su aroma a jarabe de maple dulce con el que bañaba sus waffles, y jabón fresco con olor a pino. El pequeño tramposo había estado otra vez en las cosas de Adrian.
La terapeuta le había advertido que podía pasar, una necesidad de sentirse cerca de su papá mientras estaban separados. Le dio un beso en las ondas negras y desordenadas de Kai y tomó nota mental de llevarlo a cortar el pelo.
—Sé bueno, sé fuerte, y cuídate —murmuró su frase de siempre—. Nos vemos luego.
—Te quiero, papá. —Kai dio un paso atrás y se giró hacia sus nuevos amigos.
—Lo vamos a cuidar bien, señor —prometió el del pelo largo y despeinado, con sus ojos azules llenos de sinceridad.
—Gracias —dijo Adrian, esperando que el chico entendiera que era por mucho más que solo el aventón a la escuela.
El lugar se quedó en silencio después de que los chicos se fueron, y Adrian se dejó envolver por la calma. No levantó la vista cuando sonó la campanilla de la puerta unos minutos después, pero prestó atención cuando una mano suave le tocó el hombro.
—Hola —lo saludó Miranda con suavidad.
—Hola —respondió él, poniéndose de pie para besarla en la mejilla—. No alcanzaste a Kai.
A sus treinta y ocho años, Miranda seguía siendo tan esbelta y estilizada como a los veintidós, cuando aparecía en las portadas de todas las revistas de moda habidas y por haber. Todavía recibía llamadas de diseñadores mundialmente famosos para modelar sus creaciones en las pasarelas más importantes del mundo.
Acababa de volver de Milán, y probablemente acababa de bajarse del avión si Adrian calculaba bien la hora. Vestía una sencilla falda de tubo, camisa blanca y blazer, con su cabello rubio recogido en una cola de caballo que le caía por la espalda. Su maquillaje resaltaba sus pómulos perfectos, sus labios carnosos y sus impactantes ojos marrones.
Negó con la cabeza mientras se sentaba a la mesa. —Lo alcancé afuera.
—¿Te pido algo? —preguntó Adrian, y Miranda pidió un té chai a la mesera.
—¿Cómo se están adaptando? —Su voz era suave, pero la pregunta le pegó fuerte a Adrian.
La casa que había comprado estaba en las afueras del pueblo, y tanto a él como a Kai les gustaba la cabaña estilo craftsman de dos pisos, con sus dos habitaciones, sala y cocina integradas, y un patio grande. Se habían pasado todo el último mes pintando las paredes en distintos tonos de azul, incluida la cocina con sus nuevos gabinetes azul marino y molduras plateadas.
Las encimeras eran de granito gris claro con electrodomésticos plateados, dándole a la casa un aire deliberadamente masculino.
Kai se había integrado sin problemas a su nueva escuela. Aunque no había hecho amigos, Adrian sabía que habría enfrentado el nuevo reto como hacía con todo lo demás: en silencio, con estoicismo y sin llamar la atención.
Y aunque Adrian había contratado profesionales para convertir la habitación de Kai en un mundo de Cómo entrenar a tu dragón, eso no detuvo las pesadillas, ni que se orinara en la cama, ni las noches sin dormir, ni los ataques de pánico, ni al niño asustado de diez años que se aferraba a él en medio de la noche.
Dio un sorbo a su café frío y miró a su cuñada a los ojos, algo que resultó más difícil de lo que había esperado, y mintió descaradamente.
—Estamos bien.

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