
Rosas que matan 2: Pétalos con sangre
Valerie nunca imaginó que sus fantasías privadas acabarían en manos de un detective engreído con unos abdominales diseñados para provocar suspiros. Basta una sonrisa burlona para que su colección secreta de libros subidos de tono se convierta en el tema favorito de su nuevo compañero de casa: el mismo policía al que ahora han asignado protegerla después de que un asesino en serie la haya puesto en su punto de mira.
Él es exasperante, magnético y peligrosamente cercano, el tipo de hombre capaz de convertir un leve rubor en un incendio. Pero el peligro acecha más allá de sus paredes llenas de pullas y tensión, arrastrándolos a un baile mortal de provocaciones, tensión y tentación. Entre juegos de ingenio y el avance de un asesino cada vez más cerca, el mundo cuidadosamente construido de Valerie empieza a tambalearse. Sueños, pesadillas y deseos colisionan bajo el mismo techo… y ella ya no sabe cuál de ellos la romperá y cuál podría, al fin, liberarla.
Capítulo 65: Esqueletos en el sótano
MARTIN
DOS DÍAS ANTES
El lugar estaba muy oscuro. Podría estar caminando por el infierno y sin embargo no dudó en seguir avanzando.
Para otros chicos de trece años, tener que irte de la ciudad donde has nacido, dónde están todos tus amigos y mudarte de repente a un sitio como el Bronx, sería una noticia terrible.
Sin embargo, para el joven Martin Field era un sueño hecho realidad.
Su madre no solo había dejado al cabrón de su padre y había tomado las riendas de su propia vida, sino que además había comprado algo para iniciar su propio negocio que hacía que a Martin le emocionara mucho ir a vivir ahí.
Ese algo no era otra cosa que el mismo edificio por el que estaba caminando en ese momento.
Sus tías le habían dicho que era una mala compra. El edificio había estado vacío durante los últimos quince años. Estaba abandonado y era una ruina inhabitable.
Una ruina inhabitable que era la meca de las fantasías para un cazafantasmas como Martin, un niño de trece años.
Tenía que explorar el espacio rápidamente y encontrar todos los fantasmas que pudiera antes de que el equipo de limpieza lo dejara todo impecable.
Una sonrisa nerviosa se extendió por su rostro mientras caminaba por el pasillo; se dirigía al sótano. Los primeros dos niveles estaban conectados y parecían haber sido habitados en comparación con las otras zonas, así que Martin se había escabullido a la zona del sótano. La más penumbrosa.
Había escuchado que lugares como este tenían cientos de fantasmas furiosos. Ver uno sería suficiente para corroborar que los fantasmas existían, como siempre había intentado decirle a sus amigos.
Para él, ir al sótano no era tan aterrador ya que sabía que su madre estaba justo en el piso de arriba, con el equipo de limpieza. Un grito suyo y su madre estaría allí abajo en un segundo.
Con ese pensamiento reconfortante siguió caminando.
Finalmente vio el final del pasillo y el agujero oscuro donde desaparecía.
Había escaleras que bajaban hacia la oscuridad y donde terminaba el pasillo por el cual había sido tan valiente de caminar hasta ahora.
Martin se detuvo. Estaba temblando. Miró con ojos muy abiertos hacia el espacio oscuro. Parecía la entrada al infierno.
—Luces... —susurró. Tenía que haber luces, ¿verdad? Pero si era cierto que el lugar no había sido habitado durante más de quince años, ¿las luces siquiera funcionarían?
Sacudió la cabeza. Tenía que averiguarlo porque, si iba a bajar allí, no lo haría en la oscuridad absoluta, aunque fuera un cazafantasmas muy valiente.
Extendió la mano hacia la pared de ladrillo del interior de la entrada del sótano y palpó la superficie áspera en busca de cualquier cosa que se pareciera a un interruptor.
Lo encontró, pero no pasó nada. Sin embargo, cuando dio un paso hacia la pared, dio una patada a algo y de ahí salió un destello de luz. ¡Una linterna!
A alguien del equipo de limpieza se le tuvo que caer cuando bajaron antes.
Sintiéndose muy afortunado, recogió la linterna y siguió caminando, obligándose a ser valiente mientras se acercaba despacio hacia las escaleras.
Contó cada uno de los escalones mientras bajaba: escalón dos, escalón cuatro, escalón seis, hasta que contó catorce y se detuvo en el suelo del sótano.
—Guau... —susurró, mirando las cosas que había. Eran cosas tan antiguas que parecían sacadas del antiguo Egipto.
No era una habitación grande, ni tampoco era muy interesante de ver.
Sin embargo, había una pared frente a él que parecía haber sido puesta allí; la puerta en su centro estaba hecha de un metal grueso y pesado.
Martin inclinó la cabeza con interés.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo de golpe ante la repentina sensación extraña que se apoderó de sus entrañas.
El niño se quedó quieto mirando fijamente la puerta.
¿Podría ser? ¡Más allá de esta puerta metálica podría estar la respuesta a todas sus preguntas sobre el mundo de los fantasmas!
Mordiéndose el labio miró hacia atrás, a la entrada del sótano. Todavía era capaz de escuchar al equipo de limpieza y a su madre en la zona de arriba, lo que lo tranquilizó de inmediato.
Martin enderezó sus delgados hombros y se subió las gafas hacia arriba por el puente de la nariz. No quería perderse nada.
Decidido, aunque con miedo, caminó hacia la puerta.
En el sótano hacía mucho frío y la puerta metálica estaba helada al tacto.
Envolvió sus manos alrededor del pomo y luego empujó, pero la puerta no se abrió.
No pasó nada.
Martin empujó de nuevo, con más fuerza esta vez.
La puerta seguía sin abrirse. Apretando los dientes dio otro empujón fuerte.
De nuevo, nada.
Frustrado, agarró el pomo y lo sacudió de un lado a otro.
Un sonido fuerte hizo que Martin apartara sus manos de golpe y que su corazón latiera deprisa.
Mordiéndose el labio se quedó quieto. Sería vergonzoso si se encontraba con un fantasma en ese momento, porque eso significaría que habría habido alguien que lo habría visto empujar la puerta como un tonto.
Aclarándose la garganta, se quitó ese pensamiento de encima.
No había tiempo para sentir vergüenza.
Inspirando profundamente, agarró el pomo una vez más y, con toda la fuerza que pudo reunir, empujó la pesada puerta hacia él.
Empujó con todas sus fuerzas; era como si el metal estuviera adolorido después de estar en desuso durante tantos años.
Finalmente la puerta se abrió.
Fue entonces cuando lo golpeó.
El olor.
Martin tuvo arcadas y retrocedió, cubriéndose la nariz con el brazo mientras miraba con enfado a la puerta, como si viniera de ella el mal olor.
¡¿Qué era ese olor horrible?!
Manteniendo su mano sobre su nariz volvió a la puerta y se quedó allí, sin entender realmente lo que estaba viendo.
Sus jóvenes ojos se movieron despacio sobre el lugar; le temblaban las rodillas.
Incluso con la luz de la linterna, realmente no podía distinguir mucho de lo que había en la habitación. No era capaz de comprender lo que estaba viendo. Simplemente, no lo entendía.
Después de todo… ¿Era eso?
¿Era eso todo lo que había? ¿Era simplemente algún tipo de cuarto de almacenamiento?
Tosió. El mal olor le decía que aquello era más que un cuarto de almacenamiento.
Pero también pensó que el mal olor podría venir de un par de ratas muertas.
Presionando su brazo más fuerte sobre su nariz, entró en la habitación.
Movió la luz de la linterna a diferentes esquinas.
Entonces vio algo. Algo que no había visto nunca antes.
Se detuvo.
Era algo increíble.
Tan increíble como horrible. Tan horrible que se quedó pálido.
Temblando, intentó moverse, pero fue un intento fallido.
Martin estaba paralizado.
—M-m-mamá... —susurró. Entonces el pánico explotó en él y voló hacia atrás, chocando contra la pared antes de salir disparado de la habitación, corriendo por su vida.
—~¡Mamáááá!
~No se atrevió a mirar atrás. Pero la imagen tampoco abandonó su cabeza.
Las cuencas vacías de los ojos. La columna retorcida.
No era un fantasma.
No era un par de ratas muertas.
Era un esqueleto humano en descomposición.
ROMAN
Roman le devolvió la tablet al oficial. Le dijo que esperara sus órdenes. También le pidió que buscara el coche desaparecido de Rachel Finely.
Roman se alejó. Apenas podía abrir los puños.
Las cosas no tenían mucho sentido. Se le estaban escapando de las manos demasiado rápido.
Había pensado que se estaba volviendo loco. Pensó que sus corazonadas estaban equivocadas. Ahora sus corazonadas tenían un vídeo que demostraba que tenía razón. ¿Y qué tenía Roman? Nada más que deseos, rezos y esperanzas de que no fuera cierto.
Se frotó la frente con la mano. Estaba alterado. Por fin llegó a donde estaban sentados Valerie y Michael. Había policías a ambos lados.
Los dos se pusieron de pie cuando lo vieron. Valerie lo miró para asegurarse de que no tuviera agujeros de bala.
—Roman.
—Oigan, ¿están bien? —les preguntó. Su voz sonaba más tensa y temblorosa de lo que había pensado. No le sorprendió. Lo que sí lo sorprendía en ese momento era el hecho de que todavía no hubiera explotado.
—Sí.
—Lamento haberme ido tanto tiempo.
Valerie negó con la cabeza con fuerza. —No, no lo lamentes. Tenías que trabajar. Eso es lo primero. Además, Dane estuvo aquí hasta justo antes de que llegaras.
Ella asintió. —Nos trajo agua.
Roman la miró como si le estuviera contando cómo iba a morir lenta y dolorosamente.
Antes de que pudiera abrir la boca para hablar, su teléfono comenzó a sonar en su bolsillo.
—Tu teléfono —dijo Val.
Roman lo sacó. Vio el número de Kacey en la pantalla.
De inmediato, contestó. —¿Kacey?
—Roman —dijo ella.
Se puso alerta al escuchar lo seria que sonaba su voz. —¿Qué está pasando?













































