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Dulce tentación

Autor
Merra Gischan
Lecturas
9.1M
Capítulos
112
Autor
Merra Gischan
Lecturas
9.1M
Capítulos
112
😱Suspense🕯️Slow Burn🎭Drama⚔️De enemigos a amantes☯️Opuestos que se atraen🏙️Contemporáneo💪🏻Protector💰Multimillonarios💪🏻Machos alfa💪Mujeres valientes🖤Oscuro🤑Multimillonarios🔒Proximidad forzada

Chloe Sweets siempre quiso tener su propia pastelería y tras muchos años de esfuerzo por fin lo ha logrado. Creía que nada podía salir mal... hasta que un accidente de coche lo cambia todo. Se ve inmiscudia en una guerra entre los Kingston y su primogénito, Liam, que protege a su familia y a su empresa con una pasión que muchos consideran aterradora. Pero Chloe ve algo más en él... algo vulnerable.

Harina, fuego y sueños destrozados

CHLOE

La pastelería voló por los aires a las 11:47 p.m., y mi hermana estaba adentro.
Yo todavía no lo sabía. No lo supe hasta que sonó el teléfono.
Estaba acurrucada en mi sofá con unos pantalones deportivos y una camiseta vieja, con harina aún bajo las uñas y mi té de manzanilla enfriándose a mi lado. El cuerpo me dolía como siempre después de un turno doble: preparación de madrugada, pedidos sin parar, limpiar hasta que mis hombros gritaban. Pero me encantaba. Cada segundo agotador y cubierto de harina.
Yo había construido esa pequeña vida. Era mía.
De pronto, la pantalla de mi celular se iluminó. Era un número desconocido.
«¿Hola?»
«¿Señorita Chloe Sweets?» habló una mujer. Su voz era profesional. Sonaba muy cuidadosa.
Se me hizo un nudo en el estómago. «Sí, soy yo».
«Llamo del Hospital Stanton. Su hermana, Melanie Sweets, ha sufrido un accidente. Tiene que venir enseguida».
El mundo me dio vueltas.
Accidente. Hospital. Ahora.
Apenas recuerdo haberme cambiado de ropa. Agarrar mis llaves. Salir corriendo a la calle, con la respiración entrecortada mientras paraba un taxi. Me temblaban tanto las manos que casi no podía desbloquear el celular para mandarle un mensaje a alguien, a quien fuera.
El corazón me latía a mil por hora en el pecho. Sonaba más fuerte que las patrullas que pasaban a toda velocidad.
Melanie. Por favor, que estés bien. Por favor.
***
La sala de urgencias era un caos total.
Máquinas pitando. Voces apuradas diciendo claves médicas que yo no entendía. El rechinar de zapatos de goma en el linóleo. Un niño llorando al fondo del pasillo. Las luces fluorescentes brillaban demasiado, estériles e implacables, volviendo la piel de todos del color de los cadáveres.
Llegué a tropezones al mostrador, sin aliento, con la voz quebrada. «Vengo a ver a Melanie Sweets. Soy su hermana. Chloe».
La enfermera levantó la mirada. Su rostro se suavizó. «Habitación 520. Yo la acompaño».
«¿Ella está bien?» Solté las palabras de golpe. «Por favor. Solo dígame que está bien».
«Está estable», me dijo la enfermera con dulzura mientras caminábamos. «Solo tiene unos raspones y moretones. Se pondrá bien».
Sentí un alivio tan grande que casi me fallan las piernas. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme. Aguanté las ganas de llorar.
Está bien. Está viva.
Pero al dar la vuelta a la esquina, vi a dos policías uniformados. Estaban esperando fuera de su cuarto.
Se me revolvió el estómago.
***
Se presentaron: el oficial Tate, alto y con rostro severo, y el oficial Brandon, más joven pero igual de serio. De repente, el pasillo se sintió demasiado pequeño, el aire demasiado escaso.
«Señorita Sweets», dijo Tate con cuidado, «su hermana y su novio, Scott Kingston, tuvieron un choque esta noche».
Asentí con la cabeza. Tenía un nudo en la garganta. «De acuerdo. ¿Dónde fue? ¿Y Scott está bien?»
Los policías se miraron entre ellos. Cruzaron una mirada que me puso los pelos de punta.
«En su pastelería», respondió Brandon en voz baja.
Aquello no tenía pies ni cabeza. Me quedé parpadeando.
«No... no lo entiendo». Mi voz apenas fue un susurro. «¿En Sweets Cakeshop?»
«Sí, señora», confirmó Tate. «Los dos iban pasados de copas. El señor Kingston iba manejando la camioneta. Perdió el control y se estrelló contra la fachada del local».
Sentí que me sacaban el aire de los pulmones.
No. No, no, no.
Había firmado el contrato de alquiler hacía dieciocho meses con manos que no paraban de temblar. Pasé noches a base de café aprendiendo contabilidad con videos de YouTube. Pedí un préstamo bancario que todavía me hacía sudar las manos al pensar en los pagos mensuales.
Era mi gran sueño. Lo levanté desde cero. A base de harina, esperanza y muchas noches sin dormir.
«Con el impacto», siguió Brandon, y yo podía escuchar los latidos de mi propio corazón, «se desató un incendio cerca de la tubería de gas».
Ay, Dios.
«El fuego se salió de control. Hubo una explosión muy fuerte».
Esa palabra me cayó como un balde de agua fría.
Explosión.
Se me nubló la vista. Me agarré de la pared. Sentía que las piernas no me sostenían.
«Lograron sacar a los dos del vehículo antes de que volara por los aires», se apuró a decir Tate. «No hubo muertos. Las heridas de su hermana no son graves, dentro de lo que cabe. El señor Kingston está en cuidados intensivos, pero estable».
No podía ni respirar. No lograba pensar. No asimilaba nada de lo que me estaban diciendo.
La pastelería. Mi pastelería.
Hecha cenizas.
«Alguien del juzgado se pondrá en contacto cuando se recuperen», me explicó Tate. «Por ahora no se preocupe por el papeleo legal. Solo queríamos informarle de lo sucedido».
Asentí como un robot. Tenía la garganta tan cerrada que no podía hablar.
Los policías se hicieron a un lado. La enfermera me tocó el brazo con suavidad. «Tómese su tiempo. Está despierta por si quiere pasar a verla».
***
Cuando abrí la puerta de la habitación 520, Melanie se veía muy indefensa.
Estaba recostada en la cama del hospital, raspada y con moretones, con una venda en la frente. Sus ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar. Cuando me vio, su rostro se descompuso.
«Chloe...» Se le quebró la voz. «Perdóname, por favor».
Me quedé clavada en la puerta. Mil cosas se me atoraron en la garganta.
Rabia. Miedo. Tristeza. Unas ganas locas de gritar. Quería llorar, sacudirla y exigirle que me explicara por qué.
Pero lo único que me salió fue: «Lo importante es que estás viva».
Melanie rompió a llorar otra vez. «El local... Yo lo eché a perder. Nos costó tanto trabajo...»
«Basta». Levanté una mano. Soné más firme de lo que me sentía. «Ahora no. Ni me hables del local».
Se secó la cara con manos temblorosas, con la respiración entrecortada. «No fue mi intención... Solo estábamos...»
«Mel». Me acerqué a la cama y me senté en la orilla. Me temblaban las piernas. «Dime la verdad. ¿Estás muy lastimada?»
«No. Solo unos rasguños. Dicen que me salvé de milagro». Su voz sonaba muy finita, como la de una niña chiquita.
Asentí despacio, apretando la mandíbula.
De milagro. Se había salvado de milagro.
Mientras tanto, toda mi vida se había vuelto humo.
La miré —de verdad la miré— y vi a nuestra madre. La misma imprudencia. La misma vena impulsiva. Los mismos ojos enormes que creían que el mundo la atraparía si caía.
Y a mí siempre me tocaba atraparla.
«¿Scott sabía por dónde iba manejando?» pregunté en voz baja.
Negó con la cabeza, hecha un mar de lágrimas. «Nos habíamos tomado unas copas. Me dijo que quería conocer el local. Yo pensé... No sé qué se me pasó por la cabeza. Perdóname, Chloe. Te lo juro que lo siento».
Sus disculpas se quedaron flotando en el aire.
Quería perdonarla. Quería gritarle de coraje. Quería regresar el tiempo y no haber contestado nunca esa llamada.
Pero me quedé ahí sentada, como anestesiada.
«¿Cuántas oportunidades crees que nos van a dar, Mel?» Las palabras me salieron más duras de lo que yo quería. Muy frías.
Ella levantó la vista de golpe. Tenía la culpa y el miedo pintados en la cara.
«¿Acaso te acuerdas de cómo fue aquella noche en que murieron?»
Ella se encogió en su lugar.
«Nuestros papás no murieron dormiditos en su cama», le solté con voz baja y apretada. «No fue algo tranquilo. Fue por un idiota que se pasó un semáforo en rojo sin pensar en las consecuencias. Un segundo. Eso fue todo. Un momento de total irresponsabilidad».
Tragué saliva con fuerza. Traté de tragarme también el coraje que me quemaba la garganta.
«Y tú andas en las mismas. Viviendo a lo loco como si la vida siempre te fuera a salvar».
«Lo sé», susurró. «Lo sé, perdóname, yo no...»
«Te pudiste haber muerto hoy». Se me quebró la voz. «Los dos se pudieron haber muerto».
«Lo sé».
Un silencio pesado e insoportable cayó sobre nosotras.
Me miré las manos. Aún tenían restos de harina de esta mañana. Parecía que había pasado un siglo.
Cuando estaba amasando masa para brioche, con la luz del sol matutina entrando por los ventanales de la pastelería, todo dorado y cálido y exactamente donde debía estar.
Ahora todo era ceniza pura.
«Voy a cambiar», me rogó Melanie, muy desesperada. «Te lo juro, Chloe. Voy a arreglar esto. Voy a ser mejor».
Yo quería creerle.
Dios sabe que quería creerle.
Pero me limité a apretarle la mano con cariño. «Descansa. Ya veremos... ya veremos cómo le hacemos».
Me puse de pie antes de decir algo de lo que me pudiera arrepentir. Antes de soltar el llanto que traía atorado.
«Voy a ir a echar un vistazo», dije en voz baja. «A ver qué quedó».
Melanie asintió con la cabeza. Estaba pálida y con la cara empapada en lágrimas.
Caminé hacia la puerta. Sentía el pecho oprimido y las manos me temblaban.
No quise mirar atrás.
***
Afuera, la luz del pasillo calaba en los ojos. Había mucho ruido. Todo era demasiado para mí.
Me recargué en la pared y me tapé los ojos con las manos. Intenté respirar hondo para calmar la presión que sentía en el pecho.
La pastelería había dejado de existir.
Todo lo que me había costado tanto esfuerzo. Todo lo que había construido.
Hecho polvo.
Y Melanie, la imprudente Melanie, solo me daba un millón de disculpas que no arreglaban nada.
Típico.
Una vez más, a mí, la hermana menor, me tocaba recoger los platos rotos.
Oí pasos y levanté la vista. La enfermera de antes venía hacia mí. Tenía una expresión amable pero muy seria.
«¿Señorita Sweets? Hay un detalle más».
Se me cayó el alma a los pies. ¿Y ahora qué?
«Cuando su hermana ingresó, nos comentó que tenía un retraso. Con su permiso, le hicimos una prueba de embarazo».
Sentí que el tiempo se detenía.
«La señorita Melanie Sweets tiene siete semanas de embarazo», me soltó la enfermera. Y entonces, sentí que el pasillo se me venía encima.

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