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Entre dos arcos

Autor
Ayomide Babade
Lecturas
638K
Capítulos
47
Autor
Ayomide Babade
Lecturas
638K
Capítulos
47
🏈Historias deportivas👱🏽‍♀️Adolescentes🎭Drama🏃🏿‍♂️Atletas🏙️Contemporáneo💕Amor😊Suave🏡Pueblos pequeños

Jennifer vive y respira fútbol. Cada entrenamiento, cada moretón, cada madrugada son por un solo objetivo: el campeonato que podría abrirle las puertas al futuro que ha perseguido durante años. Pero la presión la sigue a todas partes, sobre todo con su padre entrenando al equipo menos favorito y todo el pueblo observando. Entonces llega un entrenador rival, peligrosamente encantador, y lo pone todo patas arriba. Es audaz, magnético y completamente off-limits, pero imposible de ignorar. A medida que la tensión crece dentro y fuera del campo, la lealtad, la ambición y el anhelo comienzan a chocar. En un pueblo dividido por el orgullo y la presión, Jennifer se enfrenta a una decisión que podría cambiar más que el marcador. Porque a veces los juegos más difíciles no se juegan en el campo, sino en el corazón.

El Peso de la Historia

Millbrook, 1980
El estruendo ensordecedor de la multitud retumbaba por las viejas gradas. Sonaba como un trueno recorriendo el único campo de fútbol de Millbrook. El polvo se levantaba bajo las botas de los jugadores, mezclándose con el aire cálido de septiembre.
En un lado del campo, los Halcones de Millbrook luchaban con uñas y dientes por mantener su ventaja de dos goles. En el otro, los Royals de Ridgeway esperaban. Parecían tranquilos, seguros de que acabarían ganando. Resultaba extraño.
Siempre era igual. Año tras año. Los mismos equipos enfrentándose, el mismo partido decisivo.
No importaba cuánto se esforzaran ni cuánto lucharan: los Royals siempre encontraban la forma de ganar.
—¡Seguid presionando! —gritó el capitán de los Halcones. Su voz sonaba tensa y agotada. El sudor le corría por la cara. El pecho le subía y bajaba con rapidez mientras empujaba a su equipo a seguir adelante.
El marcador reflejaba un 2-0. Durante un breve instante, la victoria pareció posible.
Pero entonces, como si el partido estuviera condenado a terminar así, los Royals marcaron. Un buen pase desde la banda derecha, un cabezazo potente al fondo de la red: 2-1.
La multitud estalló en gritos de emoción. La ventaja de los Halcones empezaba a desvanecerse.
Minutos después, otro disparo superó las manos de su portero: 2-2. La gente en las gradas dejó escapar gemidos de desolación.
Todas las miradas se posaron en Daniel Hayes, el célebre delantero de los Halcones. Era el chico del que todo el pueblo decía que llegaría lejos. La rabia y la determinación ardían en él mientras pedía el balón.
Ese era su momento. Su oportunidad de hacer algo grande.
El reloj avanzaba hacia los últimos minutos. Daniel dejó atrás a un defensor, luego a otro. Sus botas levantaban el polvo a cada zancada.
La portería se abrió ante él, inmensa, esperándolo. Echó la pierna hacia atrás. La multitud contuvo la respiración.
El balón salió disparado. Era un tiro perfecto...
Y se estrelló contra el poste con un sonido hueco y desolador.
Antes de que los Halcones pudieran reaccionar, los Royals se lanzaron al ataque. Un contraataque fulminante, un pase impecable y un disparo que acabó en la red. Tres a dos.
Sonó el silbato.
El silencio cayó sobre la parte de las gradas ocupada por los Halcones. Al otro lado, los aficionados de los Royals gritaban de alegría.
Daniel Hayes cayó de rodillas. El pecho le subía y bajaba con violencia. El peso de la derrota volvía a aplastarlo. Una vez más, los Halcones lo habían dado todo en el campo.
Una vez más, los Royals habían ganado.
Y, una vez más, daba la sensación de que algo especial estaba de su lado.
***
**2025**
La fotografía había perdido sus colores vivos, pero las sonrisas seguían intactas. Un chico de diecinueve años sonreía a la cámara con un balón bajo el brazo. Sus compañeros de equipo lo rodeaban, con el cansancio pintado en la cara y las camisetas sucias.
Habían perdido, por supuesto. Todo Millbrook sabía cómo acababa aquella historia. Pero la sonrisa de Daniel Hayes seguía siendo luminosa, inquebrantable.
Jennifer Hayes contempló la foto sobre la repisa. Sus dedos rozaron el cristal. La sonrisa de su padre transmitía una alegría feroz, incluso en la derrota.
Junto a ella había otro marco: Jennifer con cuatro años, sentada en su regazo con su primera camiseta. Sus manos grandes sujetaban con firmeza los pequeños hombros de la niña. Una hilera de fotos recorría la pared. A los cinco años, a los nueve, a los catorce y ahora a los diecinueve. Todas mostraban que había heredado su amor por el juego.
Jennifer se parecía mucho a su padre: la barbilla firme, el rostro afilado, unos ojos que reflejaban tanto fortaleza como sueños.
Se suponía que su padre iba a ser el mejor. Eso decía todo el mundo.
Pero los Royals... los Royals siempre encontraban la forma de ganar. Su mejor jugador había terminado convirtiéndose en el hombre más importante del pueblo: ahora era el alcalde.
Daniel Hayes también había dejado de jugar. En su lugar, se convirtió en entrenador.
Después de que su esposa muriera de linfoma, había criado solo a Jennifer y a su hermana. Volcó todos sus sueños inacabados en su hija mayor, y ella los acogió en su corazón.
Jennifer había amado el juego desde que aprendió a caminar. Era fácil amarlo cuando habías crecido con un balón en los pies y el apoyo constante de tu padre a la espalda.
Su equipo no tenía mucho dinero. Las camisetas eran viejas y estaban descoloridas. Las redes se habían remendado más veces de las que ella podía contar. Pero en Millbrook, a pocas horas de Nueva York, el entrenador Hayes seguía siendo un hombre respetado.
La gente conocía su corazón. Conocía su lucha.
El alcalde, sin embargo, parecía empeñado en superarlo. Todo lo que hacía Daniel, él lo copiaba, solo que a lo grande, con más dinero, con más brillo.
Él tenía dinero. Ellos tenían garra. Y aun así, su equipo no conseguía jugar bien.
—¡Jennifer!
La voz de su hermana resonó escaleras abajo, lo bastante alta como para arrancarla de sus pensamientos.
Jennifer Hayes estaba sentada a la mesa de la cocina, mirando las fotos. Un plato de tostadas se enfriaba frente a ella, intacto. Sus ojos grises se posaron en la comida antes de apartarla con un suspiro cansado.
Se pasó una mano por la frente, echándose hacia atrás varios mechones de su pelo castaño. Luego se lo retorció en el moño deshecho que siempre llevaba para entrenar. La camiseta estaba gastada de tantos lavados. La costura empezaba a abrirse por los bordes. Le quedaba un poco holgada, pero la llevaba como si fuera una armadura.
—Jane —llamó—, ¡vas a hacer que llegue tarde al entrenamiento!
Por fin, su hermana pequeña bajó las escaleras. Jane se movía con esa torpeza encantadora que solo tienen los niños. Llevaba calcetines desparejados, una diadema rosa y el mismo hoyuelo marcado en la barbilla.
Solo tenía tres años cuando su madre murió. Demasiado pequeña para recordarla, demasiado pequeña para hacerse las preguntas que Jennifer seguía haciéndose.
—Hoy no voy a ir a ese campo polvoriento —dijo Jane. Llevaba los brazos cruzados con dramatismo—. Le he dicho a papá que me quedo con Linda.
Su mejor amiga. Claro.
—Vale —dijo Jennifer con un suspiro cansado, cogiendo las llaves—. Pero vas a hacer que llegue tarde.
Jane sonrió con descaro mientras se subía al asiento del copiloto.
—Vale, mamá.
—No me llames así.
—Entonces deja de regañarme.
Jennifer puso los ojos en blanco. Apenas habían salido del camino de entrada cuando Jane volvió a hablar.
—Espera... ¿tú has terminado siquiera las clases de conducir?
—Cállate, Jane —dijo Jennifer en voz baja, con una sonrisa burlona tirándole de los labios—. Si te mato, seguramente te lo habrás ganado.
Jane abrió la boca de par en par.
—¡¿Qué coño...?! —Se puso los AirPods y se quedó murmurando para sí.
Jennifer se echó a reír. Aquel sonido hizo que la mañana resultara menos pesada.
Millbrook se extendía a su alrededor. Era un pueblo unido por su historia y por vecinos que lo sabían todo de todos. Cada esquina guardaba recuerdos. Cada rostro tenía una historia.
El crimen era raro. Los cotilleos, no.
Dejó a Jane en casa de Linda, viendo cómo su hermana pequeña daba saltitos como si fuera dueña del mundo. Luego Jennifer giró el coche hacia el lugar que más importaba.
El campo.
Tenía el mismo aspecto de siempre: el césped medio gastado, parches de tierra, las líneas desvaídas bajo el sol. La historia parecía susurrar en cada brizna de hierba.
Su padre se había dejado la piel en aquel campo. El alcalde había levantado su éxito sobre él.
Ahora estaba dividido en dos: una mitad para el entrenador Hayes y su equipo, los Underdogs. La otra, para el equipo del alcalde: los Royals.
Jennifer aparcó de su lado. Enseguida vio a sus compañeras dando vueltas alrededor del campo. Sus zapatillas golpeaban el suelo con ritmo. Sus voces se alzaban para animarse unas a otras. Los pulmones les ardían. El sudor les brillaba en la piel.
—¡Jennifer! —La voz de su padre retumbó por el campo. Estaba sentado en el banquillo con el portapapeles en la mano. Tenía la mirada afilada—. Llegas tarde. Ponte las botas. Ahora.
—¡Perdón, papá! —Se sentó en el banquillo junto a él mientras se calzaba las botas—. Jane... ya sabes cómo es.
Él soltó aire por la nariz. Se le estaba agotando la paciencia.
—¿Dónde está?
—En casa de Linda.
El señor Hayes dejó escapar un sonido cansado.
—No le he dicho que pudiera ir, solo te lo ha dicho a ti.
Jennifer alzó una ceja.
—Es tu hija.
—Sí, y también es tu hermana —replicó él en voz baja.
—¡Vale! —dijo Jennifer, poniéndose en pie de un salto—. Nos vemos, entrenador.
Echó a correr para reunirse con sus compañeras. La emoción familiar ya empezaba a encenderse dentro de ella. El sol le caía caliente sobre los hombros. El olor a césped y a polvo le llenaba los pulmones.
Cada paso le recordaba por qué amaba el juego, por qué necesitaba aquella victoria.
No podía permitir que la historia se repitiera.
Y cuando miró al otro lado del campo, hacia la zona rival, donde flotaban en el aire conversaciones en voz baja sobre el equipo de los Royals, lo sintió. Como la electricidad que precede a una tormenta.

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