
El olor a salmón al horno y a decepción flotaba en el aire. Celine cortaba carne muerta. Literalmente. El pescado en su plato había sido cocinado a la temperatura exacta en la que la esperanza y el sabor se evaporan, y en el hogar de los Ravel, la esperanza se evaporaba a diario. Serena, su madre, bebía a sorbos y en silencio una copa de vino blanco, luciendo la mirada apagada de una mujer que sabía que ya ninguna decisión le pertenecía. Alguna vez estuvo viva; ahora era una presencia frágil envuelta en vestidos beige y gestos medidos. Lo que quedaba de sus sueños se disolvía noche tras noche entre vino chileno frío y conversaciones fracturadas.
CELINE
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