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Incendio: Corazón de Infierno

Autor
A. Duncan
Lecturas
493K
Capítulos
39
Autor
A. Duncan
Lecturas
493K
Capítulos
39
🔺Trío💕Amor💪🏻Protector🎭Drama🧙‍♂️Paranormal y fantasía💓De amigos a amantes

La vida de Lexi ha sido una larga lección de supervivencia. Con el dolor desgarrándola y un pueblo que quiere verla lejos, deja que su mejor amiga la arrastre hacia algo nuevo. Pero empezar de cero no es sencillo, no cuando los secretos acechan en cada esquina y el pasado se niega a permanecer enterrado. En la seguridad de dos hombres que la ven, que realmente la eligen, Lexi siente que por fin podría pertenecer. Sin embargo, cuanto más se acerca, más afilados se vuelven los riesgos. Algunas verdades son demasiado pesadas para ignorarlas. Algunas decisiones son demasiado peligrosas para deshacer. Y justo cuando Lexi se atreve a esperar, la vida le demuestra que su madre tenía razón en una cosa: nunca sale como lo planeas.

Capítulo 1

LEXI

Hoy entierro a mi madre, a mi mejor amiga y a la persona que me mantuvo fuerte en esta vida.
Aquí estoy, mirando la tierra removida. Pedazos de tierra roja, seca y polvorienta rodean mis pies subidos a unos tacones. Me agacho y cojo un puñado de tierra.
Veo cómo la tierra se desliza entre mis dedos. Espero sentir algo, pero lo único que siento es vacío.
Veo cómo bajan a mi madre a la profunda fosa abierta en el suelo.
Mi padre está de pie a mi lado. Da otro trago de su botella de whisky. Paramos de camino al cementerio para comprarla, y la maldita botella ya va por la mitad.
—Buen viaje.
Escupe sobre su ataúd y se aleja. Se mueve con torpeza, agarrándose a lo que encuentra a su alrededor.
Nunca fue un buen marido ni un buen padre. Todos los días lo recuerdo con algún tipo de botella en la mano. La única vez que no tiene una es cuando está desmayado y se le ha caído al suelo.
Siempre pensé que él sería el primero en morir. Estaba segura de que su hígado no duraría tanto como ha durado. Cualquiera diría que, con la cantidad de alcohol que bebe todos los días, ya habría muerto de cirrosis.
Pero no... mi hermosa y cariñosa madre fue la primera en morir.
—Vámonos, Lexi. Tengo que parar en la licorería de camino a casa.
Echo un último vistazo a la oscura fosa que guarda el sencillo ataúd marrón de mi madre. Saco una rosa blanca del bolso para dejarla caer sobre el ataúd y murmuro una pequeña oración.
Rezo para que ahora sea feliz, para que al fin sea libre. Sin más preocupaciones ni dolor por el pasado.
Hizo lo que pudo para sobrevivir en un mundo que no dejó de hacerle daño. A pesar de todo, nunca se quejó, ni una sola vez. Siempre decía que esta vida era su prueba, su cruz que debía cargar. Cuando se presentara ante Dios, quería que Él se sintiera orgulloso.
Está orgulloso, mamá.
—¡Alexis!
Giro la cabeza y miro al hombre que es mi padre.
No hay nada en mí que se parezca a él en ningún sentido. Cuanto más lo miro, más sucia me siento.
Es esa sensación mala e incómoda que me recorre el cuerpo como una serpiente. De las que casi te hacen vomitar.
La sientes justo al fondo de la garganta. Esperas con todas tus fuerzas que se quede ahí abajo.
Apenas se ha molestado en ponerse un traje. Lleva los pantalones arrugados y la corbata floja y torcida. La camisa ni siquiera está bien abotonada y está manchada.
No lleva chaqueta y, por zapatos, unas chanclas. Y mejor ni hablar del olor.
Asqueroso a más no poder.
—Te quiero, mamá. Te prometo que encontraré la forma de salir de esta.
Mientras camino hacia el coche, me pregunto si podría empujarlo sin más por la puerta del copiloto mientras conduzco a ciento cincuenta por la autopista y hacer que parezca un accidente. Con mi suerte, sobreviviría y viviría para ir contando su historia de borracho.
En cuanto me siento al volante, lo único que huelo es whisky rancio y olor corporal. Me dan arcadas y bajo la ventanilla. Espero que el aire fresco se lleve el hedor del desastre andante que tengo sentado a mi lado.
—No te olvides de parar en la licorería, idiota, y ni se te ocurra pensar que te vas a librar de cocinar. Que tu madre se haya muerto no significa una mierda.
—Te dejaré en casa e iré a la tienda. Necesito comprar unas cosas para la cena de todas formas.
—Lo que sea, mientras traigas mi whisky y te des prisa. ¡Tu madre ya no está aquí para protegerte! Haré lo que me dé la gana. Lo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo.
Me pongo rígida.
Golpeaba a mi madre casi todos los días. Ella lo permitía solo para que no viniera a hacerme daño a mí.
Murió por mi culpa. Porque su cuerpo débil ya no podía soportar más palizas. Una patada en el sitio equivocado y su corazón sencillamente dejó de latir.
Lo peor es que considero que mi madre fue la afortunada.
Después de dejar a la patética excusa de padre, conduzco hasta la playa tranquila más cercana. Vivir en el sur de Florida hace que eso sea difícil, pero como me he criado aquí, conozco algunos sitios.
Me quito los zapatos y noto la arena entre los dedos de los pies. Las conchas me raspan las plantas.
No quiero volver, volver a la casa destartalada con las persianas cayéndose y el techo goteando. La casa donde cuanto más intentas arreglar algo, más se rompe. Entras y lo único que hueles es alcohol rancio y moho.
Mamá y yo hicimos todo lo que pudimos, pero a veces ni siquiera tu mejor esfuerzo basta.
—Pensé que te encontraría aquí.
Doy un respingo al oír su voz grave en el silencio de la tarde otoñal.
Maxwell acaba de graduarse en la universidad y está de visita antes de irse a Canadá para empezar un nuevo trabajo en Toronto.
¿Yo? Nunca llegué a ir a la universidad. Mi familia no podía permitírselo. Trabajaba en el restaurante para ayudar a mamá con las facturas.
Ahora ni siquiera sé cuánto tardarán en empezar a amontonarse.
Maxwell, en cambio... me alegro de que haya encontrado su sitio en la vida. Me da igual lo que me eche encima la vida, siempre me alegraré por mi mejor amigo. La única persona que lo sabe todo sobre mí y que aun así no tiene miedo de acercarse.
—Sí. Necesitaba alejarme del mal olor.
—Siento no haber llegado al funeral. Supuse que tu padre montaría una escena si me veía allí.
—No pasa nada, y probablemente lo habría hecho.
Me coge la mano y me la aprieta. Sabe que mamá me protegió todos estos años. También sabe que me quedé por ella. Me quedé para ayudarla.
Su contacto normalmente me calma, pero también libera mis emociones. Siento cómo esas lágrimas peligrosas que tan bien he conseguido contener suben a la superficie. Intento parpadear para contenerlas. Intento mantener el control, pero esta vez no funciona.
En cuanto Max me rodea con los brazos, rompo a sollozar. No es un llanto controlado, de los de necesito-soltarlo. Es un llanto descontrolado, feo, con mocos. Lloro tan fuerte que empiezo a tener problemas para respirar.
Es la única persona capaz de hacerme sentir las cosas que tanto me esfuerzo por ocultar.
—Respira, Lexi, solo respira —dice.
—No... puedo.
—Sí que puedes.
Me coge la mano y me la pone sobre el pecho.
—Aquí. Nota esto. Nota cómo respiro. Dentro y fuera. Dentro y fuera. Despacio y constante. Solo nota cómo respiro.
—No... puedo... seguir con esto.
—Lo sé. No quiero que lo hagas.
—¿Pero qué otra opción tengo?
—Puedes venir conmigo.
Mis ojos se clavan en los suyos, verdes. Si no hubiéramos sido mejores amigos desde el instituto, probablemente sería una más de las muchas chicas que se han enamorado del inalcanzable Maxwell Hayes.
Sin embargo, desde que lo conocí, siempre ha sido amistad hasta el final.
Aunque no estoy ciega. Reconozco que, con su pelo oscuro, sus brillantes ojos verdes, su mandíbula marcada y su cuerpo en forma, Max es muy atractivo.
—¿Qué?
—¿Todavía tienes el pasaporte que mi madre te ayudó a sacarte cuando viniste con nosotros en nuestras últimas vacaciones familiares?
—Sí.
—Bien. Mete todas tus cosas en una maleta esta noche, Lex. Pasaré a por ti sobre medianoche. No hay manera de que te deje aquí sola.
—No puedo. Todavía no tengo suficiente dinero ahorrado.
—Ya tengo tu billete y te quedarás conmigo y con mi amigo West. Hay sitio de sobra.
—Max...
—Por una vez, Alexis... por favor, no me discutas esto.
Ha dicho mi nombre completo. Nunca me llama por mi nombre completo a menos que esté enfadado o se tome algo muy en serio. La cuestión es, ¿puedo hacerlo? ¿Puedo simplemente levantarme e irme sin decir nada?
No le debo a mi padre ninguna explicación. Tengo veintitrés años y nunca ha hecho nada por mí. Puedo hacer lo que me dé la gana, y el último lugar donde quiero estar es aquí.
Miro a mi mejor amigo. La única persona que ha estado conmigo en todo.
Me aparta un mechón de pelo y me lo coloca detrás de la oreja.
—¿Qué dices?
—Estaré lista.

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