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La última omega de la manada Thunderclap

Autor
Sarah Tribus
Lecturas
16.5K
Capítulos
44
Autor
Sarah Tribus
Lecturas
16.5K
Capítulos
44
⚔️Acción y aventura🐺Hombres lobo y cambiaformas💘Compañeros predestinados👩‍❤️‍👨Compañero predestinado🐺Licántropos💪🏻Protector🧙‍♂️Paranormal y fantasía💪Mujeres valientes🐺Paranormal

Davina crece amada y protegida por Alice, la mujer que la encuentra herida y sola en el bosque años atrás y la elige sin vacilar. Davina solo recuerda su nombre, pero posee una fuerza silenciosa que nunca pasa desapercibida, especialmente por esos impactantes ojos azul grisáceo. La vida se siente cálida, segura y casi ordinaria, llena de rutinas compartidas y una devoción feroz.

Pero tanto Davina como Alice guardan fragmentos de un pasado que se niega a permanecer enterrado. A medida que Davina se acerca a la edad adulta, los susurros sobre quién es y en qué podría convertirse comienzan a agitarse. El amor la ancla, los secretos acechan cada vez más cerca y el mundo que conoce empieza a cambiar de formas inesperadas.

Capítulo 1

DAVINA

El olor me golpeó antes de tocar siquiera el picaporte. Sangre.
Mi loba, Donner, gritó dentro de mi cabeza. ¡Cuidado!
Vi un puño volando hacia mi cara, pero era demasiado tarde para esquivarlo. El dolor me estalló en la mejilla.
La fuerza del golpe lanzó mi cabeza hacia atrás contra la madera dura de la puerta. La vista se me nubló.
Una mano me agarró del cuello de la camisa y me estrelló contra la pared como si no pesara nada. Otra oleada de dolor me recorrió el cuerpo.
Después, todo se volvió negro.
Lo último que escuché fue la voz débil y suplicante de mi madre. «¡Por favor! ¡Déjala ir! ¡Ella no tiene nada que ver con esto!».
***
Cuando desperté, sentí como si me hubiera arrollado un camión. Todo me dolía como el infierno.
Intenté llevarme una mano a la cabeza que me palpitaba, pero los brazos no me respondían. Estaba atada.
Me costó mucho abrir los ojos. Una voz masculina fría y desconocida cortó la niebla. «Oh, Alice, ¿de verdad pensaste que podrías escapar de mí? ¿Y encima tuviste una hija con otro? Vas a pagar por esto».
Un golpe sordo resonó en la habitación, seguido de un quejido de mi madre.
«¡Mamá!», grité.
Mis ojos por fin enfocaron y la vi. Estaba en el suelo, y un hombre se inclinaba sobre ella con el puño en alto.
Se detuvo justo antes de que su puño la alcanzara, un gruñido grave brotando de su pecho. Un aura alfa poderosa inundó la habitación, tan fuerte que me arrancó un gemido de la garganta.
Se suponía que mi naturaleza omega estaba oculta, pero no había forma de reprimir esta reacción. No ante un aura así de fuerte.
«Vaya, mira nada más. Trajiste al mundo a una debilucha», gruñó el hombre.
Se giró hacia mí y pude verle la cara por primera vez. Estaba horriblemente desfigurada.
Parecía tener la misma edad que mi madre, con el pelo corto y una barba descuidada. Pero fueron los arañazos lo que me llamó la atención.
Líneas furiosas y sangrantes le cruzaban la piel. Mi madre había peleado con todo.
Pero él era un lobo, un lobo alfa. Solo ese hecho me llenó de un pánico absoluto.
Y sus ojos… sus ojos marrón oscuro estaban llenos de tanto odio cuando se posaron en mí. Si no estuviera atada a esta silla, estaría gritando y corriendo por mi vida.
Mi madre me había entrenado, sí, pero yo no era rival para un alfa agresivo y lleno de músculos. Saber eso solo empeoraba el miedo.
Empezó a caminar hacia mí con los ojos ardiendo de furia, y el corazón me golpeaba contra las costillas. Nunca en mi vida le había tenido tanto miedo a alguien.
Su mano áspera me abofeteó la mejilla. «No está nada mal, hay que reconocerlo, Alice».
La forma en que dijo el nombre de mi madre sonaba como si quisiera destruir el mundo entero.
«Quítale las manos de encima», suplicó mi madre. «Me quieres a mí, no a ella. Déjala ir y me iré contigo por las buenas».
Él solo se rio, una risa cruel y cortante que llenó la habitación. Me quedé paralizada, incapaz de moverme ni un centímetro.
Ese hombre era un monstruo. El aura que desprendía me hacía temblar, robándome la capacidad de pensar o hablar.
Incluso Donner, mi loba, gemía fuerte dentro de mi cabeza, completamente intimidada.
«Aunque hayas ocultado de alguna forma su verdadera naturaleza, hasta un ciego se daría cuenta de que es una omega», dijo el hombre, con una sonrisa escalofriante extendiéndose por su cara.
Su mirada fría y codiciosa me recorrió de arriba abajo. Para mi horror, añadió: «Tu madre seguramente no te enseñó que una omega debe bajar la mirada ante un alfa. Pero no te preocupes. Yo te enseñaré cómo comportarte conmigo».
Cada palabra que pronunciaba lo hacía más aterrador.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, su mano me rodeó la garganta. Apretó tan fuerte que no podía respirar.
«¡NO! ¡SUÉLTALA!», gritó mi madre.
Su agarre solo se hizo más fuerte. Las lágrimas me llenaron los ojos.
Con la mano libre, me arrancó la blusa y me agarró el pecho, clavándome los dedos con fuerza. Una sonrisa cruel le torció los labios. «Alice, ya no te quiero a ti. Esta niñita vale mucho más que tú. Se viene conmigo. Ella me dará lo que tú nunca quisiste darme».
El pecho se me cerró y la vista empezó a oscurecérseme por los bordes. A través de la oscuridad, vi a mi madre levantarse del suelo, transformarse en su forma de loba y lanzarse contra él.
Le mordió el brazo con fuerza. Él me soltó el cuello con un grito, pero la fuerza del impacto volcó la silla a la que estaba atada.
Una nueva oleada de dolor me recorrió el cuerpo al golpear el suelo. El mundo giraba a mi alrededor.
Solo podía ver imágenes borrosas de la pelea. Veía sombras moviéndose, destellos de ataques.
Entonces, de la nada, el hombre soltó un grito ensordecedor. Escuché algo pesado caer al suelo.
El sonido se repitió. Y después… nada.
El silencio era aún más aterrador que la pelea.
«¿Mamá?», susurré, con la voz débil y llena de una esperanza desesperada.
Nadie respondió.
Las lágrimas me nublaban la vista, pero cuando empezaron a aclararse, el horror apareció con toda nitidez.
Los dos estaban en el suelo, tendidos en charcos de su propia sangre.
«Mamá, por favor», logré decir con la voz entrecortada, las palabras atascándoseme en la garganta.
Entonces, un pequeño movimiento. Ella se movió, arrastrándose despacio, con dolor, hacia mí. Sus dedos torpemente buscaron mis ataduras hasta liberarme. Después se desplomó.
Mi propio cuerpo gritaba de dolor, pero lo ignoré. Me senté y la tomé entre mis brazos. Ella gimió y enseguida aflojé el abrazo.
Fue entonces cuando lo vi. La herida abierta en su estómago.
«Mamá, por favor, solo aguanta. Voy a llamar a un doctor», le supliqué. Mis ojos recorrieron la habitación buscando un teléfono, pero su mano me tocó la mejilla y me detuvo.
«Cariño, un doctor ya no puede ayudarme», susurró. Una sonrisa débil le tocó los labios antes de que un ataque de tos le sacudiera el cuerpo. «Tienes que ser fuerte. Tienes que dejarme ir».
«Mamá, no…», empecé a decir, pero ella me interrumpió.
«Tú puedes», susurró con voz urgente. «Necesito que hagas tu maleta, le prendas fuego a la casa y vayas con tu tía Isolde. Nadie puede encontrar nuestros cuerpos. Prométemelo».
Sorbí la nariz y asentí. No había nada que pudiera hacer para salvarla, pero mi corazón gritaba negándose a aceptarlo.
«Buena chica». Su voz se hacía más débil. «Le envié dos cartas a tu tía. Una para Isolde y otra para ti. Lo explicarán todo». Tomó aire con dificultad. «Hay tantas cosas más que quiero decirte, pero no hay tiempo. Cuídate mucho. No dejes que nadie te hunda.
»Eres fuerte, mi niña. Vas a llegar muy lejos. No dejes que este dolor te consuma. Disfruta tu vida». Su voz ya era apenas un susurro. Cerró los ojos. Su corazón se detuvo. Y yo me derrumbé.
Grité. Lloré. Gemí hasta que no quedó nada dentro de mí, solo un vacío doloroso.
No sé cuánto tiempo la sostuve entre mis brazos: a mi madre adoptiva, Alice.
El sol se había puesto y la oscuridad llenaba la habitación, pero yo no podía moverme. Sentía el pecho como si se me hundiera. Acababa de perder a la única persona que había amado de verdad en toda mi vida.
La culpa era un veneno que se extendía con cada segundo que pasaba. Era demasiado débil. No pude salvarla. Solo era una omega. Eso era todo lo que era. No importaba que mi madre siempre me dijera que era fuerte y especial.
¿Por qué soy tan débil?
Las lágrimas se me habían acabado hacía rato, pero la loba dentro de mí seguía aullando de dolor. Sabía exactamente cómo se sentía.
Al final, encontré la fuerza para levantarme. Tenía una promesa que cumplir. Agarré mi bolsa de emergencia y empecé a meter cosas dentro sin siquiera mirar lo que guardaba.
Una ducha rápida me quitó la sangre, pero no el recuerdo.
Después de vestirme, eché un último vistazo a la casa. Esto era todo. Adiós para siempre. Tomé el encendedor. Caminé hacia la ventana, hacia las cortinas que mi madre tanto quería, y les prendí fuego. Las llamas harían lo que yo no era capaz de hacer: convertir el cuerpo de mamá, y el del alfa, en cenizas antes de que alguien los encontrara.
Las cortinas estallaron en llamas.

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