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Santo o pecador

Autor
Jade Wolf
Lecturas
19.4K
Capítulos
22
Autor
Jade Wolf
Lecturas
19.4K
Capítulos
22
💰Multimillonarios🕯️Slow Burn🏙️Contemporáneo💪🏻Protector💓De amigos a amantes

Rosabelle nunca pensó que él realmente regresaría, y mucho menos para cobrar una promesa que ella hizo hace años en broma. Pero cuando su encantador mejor amigo de la infancia, ahora un multimillonario con una sonrisa pícara y asuntos pendientes, aparece listo para reclamar su corazón, los viejos sentimientos se encienden rápido.

Él es pura confianza y tentación; ella es puro nervios y cautela. Tras haber sufrido antes, Rosabelle sabe lo costoso que puede ser el amor. Sin embargo, esta vez, alejarse podría doler aún más. Entre risas, anhelo y un amor que se niega a desvanecerse, ella deberá decidir si arriesgar su corazón de nuevo es una locura… o lo único que podría completarla.

Capítulo 1: Tres meses, catorce días

ROSABELLE

29 AÑOS
El identificador de llamadas de mi celular me hizo dudar… Leo. Lionel Jordan Saint. Habían pasado meses desde la última vez que hablé con él… tres meses y catorce días, para ser exacta. No es que llevara la cuenta.
Tres meses y catorce días atrás, había tenido la peor crisis desde que murió mi prometido, Alee. La depresión y la soledad me habían destrozado, y estaba harta de sentirme sola. Así que, en mi estado emocional y necesitado, llamé a la única persona que sabía que podía lidiar conmigo en mi peor momento: Lionel.
Y vino, tal como yo sabía y confiaba en que haría… dejando lo que sea que estuviera haciendo en ese instante. Aunque después me di cuenta de lo dependiente que me había vuelto de él, en ese momento, nada importaba más que tener a alguien conmigo que pudiera entender mi pérdida.
Después de aquella noche, cada uno siguió con su vida, y yo intenté distanciarme de Leo porque no quería cargarlo con mi dolor más de lo que ya lo había hecho.
Y porque me había dado cuenta de que, en todos esos pequeños momentos en los que dejó todo por mí, quizás mis sentimientos por mi mejor amigo se habían vuelto algo más que platónicos, y eso me daba un miedo de la chingada.
Ya había querido a alguien antes… amado con todo mi corazón, y lo perdí todo en un instante. Estaba maldita, condenada a perder a quienes amaba, y simplemente no podía perder a Leo. Jamás.
Así que fingí estar ocupada con el trabajo y lo evité hasta que él se fue a una de sus expediciones fotográficas en la naturaleza. Lionel disfrutaba de las ventajas de ser un empresario multimillonario y fotógrafo de vida salvaje viajando a lugares sin señal de celular ni ninguna comodidad de la vida moderna… para fotografiar animales.
Según él, conseguir las tomas perfectas requería meses y paciencia. Este había sido, con diferencia, su viaje más largo. Y parecía que ya había vuelto al mundo de los homo sapiens.
Mientras me perdía en los recuerdos, mi celular dejó de sonar… y empezó a sonar de nuevo de inmediato. Esta vez contesté, y en cuanto me lo llevé a la oreja, la voz alegre de Leo me saludó. «Felices veintinueve, Peanut.»
Y así fue como recordé que mi cumpleaños acababa de empezar. ¿No es triste? Leo siempre era el primero en felicitarme. Siempre se acordaba.
El mejor de los mejores amigos que alguien podría desear, y yo era la afortunada de tenerlo.
«Así que te acordaste, ¿eh?» le dije, burlándome.
«Claro que me acordé, Peanut. ¿Cómo voy a olvidarlo? No todos los días tu mejor amiga se hace más vieja.» Se rio de su propio chiste malo. «A ver, bruja, ¿qué vas a hacer en tu cumpleaños? ¿Convertir a otro príncipe en sapo?»
«Ja, ja, Lionel. Tu sentido del humor empeora con los años. Tuviste un año entero y se te ocurrió eso. Patético», me burlé. «Me preocupas, de verdad. Estás perdiendo el toque.»
«Al menos yo tengo sentido del humor… a diferencia de alguien que conozco. Tú te pones más gruñona con la edad. Y de todas formas, ¿qué vas a saber tú de mi toque? Nunca he usado mis encantos contigo.»
«Uy, menos mal», murmuré, poniendo los ojos en blanco, sabiendo perfectamente que si Lionel Saint decidiera usar sus encantos conmigo, estaría en serios problemas. Por supuesto, tenía un enamoramiento secreto con mi mejor amigo.
Si ustedes tuvieran un mejor amigo tan bueno que te derrite las bragas como Lionel, me estarían echando porras en vez de juzgarme.
«Ah, Peanut, ¿eso es un reto?» se burló.
«No me atrevería», le respondí en el mismo tono, sabiendo perfectamente que jamás lo retaría. Era supervivencia 101.
«Gallina cagona.» Leo se rio. Y algo en su tono me dijo que sabía exactamente lo cobarde que era yo. Me conocía mejor que nadie.
«Bueno, asumiendo correctamente que no tienes nada especial planeado mañana, te vendrás a mi casa. Voy a organizar una pequeña fiesta en tu honor en un bar cerca de aquí.» Y antes de que pudiera siquiera pensar en una excusa, añadió apurado: «Es más bien una reunión de amigos, nada demasiado subido de tono, lo prometo.»
«¿Por qué será que no te creo?» Lionel y las fiestas locas eran la combinación perfecta, así que realmente me costaba creerle.
«Rosa, cállate y trae tu trasero aquí mañana en cuanto te despiertes. Ponte algo cómodo. Es nuestro día de paseo.»
«¿Y la fiesta?»
«Tendrás tiempo de sobra para arreglarte. Solo haz lo que te digo.» Y con eso, colgó.
Probablemente no quería darme tiempo de inventar una excusa y cancelar el plan, que era lo que yo solía hacer desde lo de Alee. Como dije, me conocía demasiado bien.
Suspirando, me levanté de la cama y fui hasta mi clóset. Sabía que no iba a poder concentrarme en nada más ahora que sabía que iba a una fiesta con Lionel.
***
Cuando éramos más jóvenes, pasábamos el rato en su sótano casi todos los días. A veces había otros amigos, y a veces éramos solo nosotros dos.
Fuimos una constante en la vida del otro prácticamente desde el día en que nos conocimos. Leo y yo nos hicimos amigos en tercer grado cuando un día le dio una paliza a un niño que me había empujado al suelo y me dejó las rodillas raspadas.
Ese día, Leo se convirtió en mi caballero de brillante armadura y después en mi mejor amigo autoproclamado de por vida.
No siempre estuve enamorada de él. No, antes iba a su casa en pijama los fines de semana sin siquiera peinarme.
No fue hasta la preparatoria, cuando vi a las chicas lanzándose a sus pies, que empecé a «ver» realmente a Leo. Lo vi como esas chicas lo veían.
Siempre había sido guapo… el niño más lindo de nuestro grado. Pero en la preparatoria fue como si hubiera pegado un estirón, y de repente era este Adonis alto y ancho, con cabello castaño oscuro y unos hermosos ojos verde mar.
Y luego empezó a jugar fútbol… Ya sé, ¿verdad? Qué injusto para las pobres chicas.
Las chicas que ni siquiera sabían deletrear fútbol iban a los entrenamientos del equipo y esperaban el momento en que Leo se levantara la camiseta para limpiarse el sudor de la cara. Terminaban suspirando y riéndose como tontas, y yo me reía del pobre Leo intentando escapar de la horda de hienas hambrientas y calientes para llegar a los vestidores.
Así que no fue ninguna sorpresa que tuviera una chica diferente del brazo cada mes.
No es que a mí no me invitaran a salir, pero estaba lejos del nivel de popularidad de Leo. En realidad, eso me aliviaba, porque, por mucho que me encantara pasar el rato con Leo, no era muy sociable.
No era una ermitaña total como ahora, pero viéndolo en retrospectiva, probablemente era porque Leo me sacaba a rastras, pataleando y manoteando, si pasaba aunque fueran dos días encerrada. Tenía esa necesidad constante de moverse, como si fuera a convertirse en piedra si se quedaba en un lugar mucho tiempo.
Siempre tuvo esa vena dramática.
Arrancándome del glorioso pasado una vez más, empecé a revisar mi armario para elegir algo para la salida y la fiesta de mañana. Fue entonces cuando me di cuenta de lo aburrido que se había vuelto mi guardarropa.
«Leo se decepcionaría tanto de mí, Spikes», le dije a mi gato, que estaba sentado en mi cama, juzgándome por mi falta de estilo.
Después de vaciar casi todo mi armario en el suelo a mis pies, me decidí por unos shorts de mezclilla desgastados y una blusa blanca con botones para ir a su casa mañana por la mañana. Solo me faltaba encontrar un vestido para la fiesta… sí, pan comido… tengo tantas opciones horribles que cualquier cosa que elija me hará parecer una «bruja», como Leo tan cariñosamente me llama.
¡Bingo! Ahí, al fondo de mi armario, en el desorden descartado que no había considerado digno en siglos, estaba mi salvación: sí, adivinaron un vestidito negro.
¡Uf! Qué tarea tan agotadora es elegir ropa decente.
Lo único que sí me encanta acumular son zapatos. Así que, después de encontrar mi par más bonito de tacones dorados para la fiesta y unas sandalias blancas de tiras para la salida de mañana, me dejé caer en la cama de bruces y me quedé dormida casi al instante.
Sí, ni siquiera Lionel Jordan Saint puede quitarme el sueño.
***
Algo duro me estaba picando en la espalda baja, por lo que pensé que debía estar soñando, porque en mi triste vida despierta, eso simplemente no pasaba. Así que decidí mantener los ojos cerrados un momento más y disfrutar de lo que viniera después.
Una lengua caliente me lamió la mejilla y luego lo hizo de nuevo… pero como no abrí los ojos, el dueño de la lengua caliente decidió ir más lejos y se sentó en mi cara… y maulló.
Era Spikes, por supuesto que era Spikes. Suspiré, aparté a mi gato y me froté los ojos nublados.
Tanteando detrás de mí con la mano, encontré al culpable que me había estado picando la espalda: la botella de cerveza que me había tomado anoche.
Revisé la hora en mi celular, me levanté y crucé el cuarto hasta el baño con Spikes pisándome los talones. Me lavé los dientes mientras él me fulminaba con la mirada, sus penetrantes ojos amarillos diciéndome «apúrate de una puta vez y dame de comer ya».
Juro que creía que yo era el peor ser humano que pudo haber encontrado, y estaba segura de que en el fondo me odiaba, pero me soportaba para que le siguiera dando de comer y sobándole la panza.
Una vez que terminé de medir las croquetas de la pequeña bestia malhumorada, me arrastré hasta la cocina por mi primera dosis de cafeína. No me molesté con el desayuno, porque Leo seguramente tendría un banquete listo para mí, algo que me encantaba de mi mejor amigo. Conocía mi amor por la comida, y era un cocinero increíble.
Cualquier chica sería afortunada de tenerlo como esposo, si es que él pudiera siquiera imaginar sentar cabeza… lo cual era bastante improbable. Me apuré a mi cuarto a cambiarme, o pronto empezaría a bombardearme el celular.
Me revisé en el espejo por segunda vez… o tercera… o centésima, y vi exactamente lo mismo que las noventa y nueve veces anteriores: mi cabello negro hasta la cintura peinado en ondas playeras, una blusa blanca atada a la cintura que dejaba ver mi piercing en el ombligo y el pequeño tatuaje tribal que asomaba por encima de mis shorts.
Entonces sonó mi celular, diciéndome que dejara de perder el tiempo y me pusiera en marcha. Paré de camino a comprar donas en su lugar favorito y fui a encontrarme con mi mejor amigo.
***
La puerta se abrió en cuanto toqué el timbre, revelando a un Lionel empapado en sudor y con una sonrisa enorme, que me hizo una reverencia mientras yo entraba. Debía haber vuelto de su carrera de kilómetros. Ese hombre corría como un animal.
Me pregunté qué otras cosas haría como un animal. Su voz extra alegre me sacó de mis pensamientos extra sucios.
«Por un momento pensé que me ibas a dejar plantado, pero luego pensé: "Nah, no se atrevería. Debe recordar la última vez que intentó hacer eso"», dijo, todavía sonriendo. Y seguía estando irresistiblemente guapo… maldito.
La vez a la que se refería fue unos días después de una de mis crisis, cuando le dije que tenía planes con una amiga del trabajo. Él descubrió mi mentira presentándose en mi puerta quince minutos después con mi comida a domicilio favorita y helado. Vimos películas mientras yo no paraba de sorberme la nariz, y él me acariciaba la espalda para calmarme.
Leo podía ser la novia perfecta cuando yo lo necesitaba. Y podía ser un verdadero dolor de trasero cuando le daba por ponerse intenso, justo como ahora.
«Vete a la mierda, Saint, y dame de comer. Tengo hambre.» Estaba avergonzada de adónde su cuerpo había empujado mi mente, y eso me puso de mal humor.
Su sonrisa creciente me dijo exactamente lo que iba a decir, y le pasé la mano por delante de la cara. «Ni se te ocurra decir algo asqueroso. Es muy temprano para eso.»
«Está bien, está bien… caramba, eres una pesadilla por las mañanas. El desayuno está listo, pero dame cinco minutos. Necesito bañarme», dijo, caminando hacia su baño y quitándose la camiseta mientras avanzaba. Giré sobre mis talones antes de babear encima de él y empecé a curiosear por su sala. A pesar del tamaño, era un lugar cálido con un ambiente acogedor y hogareño.
Los tonos crema y sepia le daban un aire rústico. Las vigas de madera y la chimenea de ladrillo con aspecto antiguo eran mis detalles favoritos de esta habitación.
Me aventuré a la cocina a buscar un vaso de agua y grité: «Ya pasaron más de cinco minutos, reina de belleza. Si no sales en menos de un minuto, no te voy a dar ninguna de estas donas.» Y lo siguiente que supe fue que algo me tumbó sobre la alfombra, tirándome agua en la blusa… pero no fue quien están pensando. Fue un perro enorme, que inmediatamente empezó a lamerme la cara.
¿Qué pasa hoy con que los animales me tumben y me laman? Logré liberarme de debajo de esa mole de perro, solo para darme cuenta de que había perdido el botón de arriba de mi blusa en el encuentro amoroso.
El pobre botón había estado colgando de un hilo, pero lealmente había mantenido mis atributos en su lugar, porque resulta que la blusa que elegí era más vieja que Matusalén.
Debí haber revisado mi maldito horóscopo antes de levantarme hoy, porque para colmo de males, Leo salió del baño con pantalones a la cadera y el cabello mojado y goteando, viéndose jodidamente apetecible, mientras yo estaba a cuatro patas buscando en vano el botón dorado.
Por supuesto, el desgraciado no se había secado el pelo ni nada de la cintura para arriba. El mechón rebelde de cabello oscuro y mojado cayéndole sobre la frente y las gotas deslizándose por su pecho perfecto… ¿acaso una chica no puede tener un maldito respiro?
Entonces, como en una película romántica cursi, se detuvo en seco frente a mí mientras yo levantaba la mirada y encontraba sus ojos oscurecidos fijos en mi pecho, una mano cubriéndole los labios. Estaba casi segura de que no se estaba riendo de mí… casi. Me humedecí los labios, que de repente estaban secos, y su mirada oscura siguió el movimiento.

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