Las luces de Navidad, coloridas y exageradas, le daban al pueblo un toque de cuento de hadas. Solo podía soñar con cómo se vería todo desde dentro de una casa, donde no hiciera tanto frío. La última vez que miré, estaban a menos diez grados. Mi parka no bastaba para evitar que me castañearan los dientes, sobre todo porque Catherine me convenció de ponerme un vestido. Era Nochebuena, dijo, había que estar alegres.