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Una propuesta inmoral Libro 4

Autor
S. S. Sahoo
Lecturas
15.5K
Capítulos
30
Autor
S. S. Sahoo
Lecturas
15.5K
Capítulos
30
🤑Multimillonarios💰Multimillonarios🏙️Contemporáneo

La historia de amor de Angela y Xavier se desarrolla entre escenarios de lujo y un drama empresarial de alto riesgo. Mientras disfrutan de su postergada luna de miel en Bali, enfrentan revelaciones familiares inesperadas y desafíos profesionales que ponen a prueba su vínculo, tanto por presiones externas como por deseos internos. La floreciente carrera de Angela como organizadora de eventos y el tumultuoso papel de Xavier en Knight Enterprises crean un torbellino de pasión, tensión y ambición. ¿Resistirá su amor las pruebas de la ambición y los secretos familiares?

Sexo en la playa

ANGELA

A menudo asumimos que los momentos más felices de la vida son aquellos que planeamos. Los grandes acontecimientos: cumpleaños, graduaciones, bodas... los días para los que nos preparamos, los acontecimientos que anticipamos.
Pero siempre pensé que los momentos que menos te esperas son los que te traen mayor alegría.
Me encontraba entre mis hermanos en el asiento trasero del coche mientras papá cantaba una canción de country que sonaba por la radio, y entonces me dí cuenta: no hay nada mejor que esto.
Esto era felicidad. Esto era paz.
Pero, por otra parte, uno podría suponer que sería más feliz en mi luna de miel en Bali, recostada en la playa, escuchando las olas romperse. Que sería más feliz pasando el tiempo en un resort de lujo con mi marido, que parecía el príncipe azul y tenía suficiente dinero para comprarme un reino.
Y tendrías razón.
Después de una agradable cabezada bajo el sol de la tarde, abrí los ojos. Mi marido, Xavier, me miraba fijamente. Su bronceado torso brillaba con gotas de agua de mar, y mi corazón se hinchó casi hasta reventar.
~Joder, sí. Estaba feliz.
Cierto, nuestra relación no era un cuento de hadas. Apenas habíamos podido tomar un respiro. Justo antes de nuestra segunda boda, nos vimos envueltos en el escándalo de la paternidad. Luego perdimos a mi suegro, Brad, por un extraño aneurisma cerebral.
Pero ahora, después de muchas semanas, por fin todo estaba todo bien.
—Hola, ángel —susurró Xavier. Apoyándose en un brazo bien esculpido, se inclinó para besarme. Se apartó y me perdí al instante en sus ojos deslumbrantes, tan azules como el ancho océano que teníamos delante.
En una mesa baja aparecieron dos bebidas de color naranja, entregadas por un camarero elegantemente vestido.
—He pedido un mai tai para ti —explicó mi marido con un guiño—. Espero que no te importe.
—En absoluto, señor Knight —sonreí, adormecida por el sol. Al levantar la copa, admiré el enorme diamante que brillaba en mi bronceado dedo.
Aunque yo nunca habría elegido algo tan llamativo, era totalmente del gusto de mi marido. Y por esa razón, me encantaba.
—Salud, señora Knight —exclamó Xavier, sosteniéndome la mirada—. Por estar aquí contigo. Y por supuesto, por Bali.
Levantándose el vaso a los labios, miró el océano, que se estaba volviendo de un profundo color burdeos bajo el sol que bajaba.
Nunca lo había visto tan relajado. Quería trazar cada línea definida de su cuerpo musculoso. Quería rodearlo como un escudo humano para que nada pudiera tocar su felicidad.
Por supuesto, no pude. Sólo pude sentarme a su lado, y disfrutar de la vista.
Sabía que estar aquí hacía que Xavier se sintiera cerca de su padre. Brad y Amelia habían venido a Bali en su luna de miel y habían vuelto muchas veces con su único hijo.
Todavía miraba el paisaje de la isla con la emoción de un niño pequeño. Al estar aquí con él, yo también me dejé llevar por la magia.
—Tenemos una hora hasta la cena, cariño —dijo, mirando su reloj—. Te dejé algo en la cama que ya no puedo esperar más para vertelo.
Me reí, plantando un beso en su mejilla. —¡No me lo puedo creer! —respiré—. Creo que iré a prepararme ya.
—Nos vemos en la villa —dijo, sosteniendo mi mano hasta el último segundo mientras me alejaba.
No era normal en mi que dedicara tanto tiempo en arreglarme. Pero desde que llegamos a Bali, había dejado de lado mi aversión al glamour.
Sí, el esplendor del complejo no se parecía a nada que hubiera experimentado antes, pero mi marido estaba aquí. Y con él era exactamente donde debía estar.
Mientras la arena bajo mis pies se convertía en un paseo de madera que llevaba de la playa hasta nuestra villa, reflexioné sobre las dos últimas semanas en Bali.
Xavier y yo nos fuimos de Nueva York para nuestra luna de miel casi dos meses después de lo previsto. Queríamos asegurarnos de que todo iba bien con Em y su bebé recién nacido, y Xavier tenía que atar algunos cabos sueltos en el trabajo.
Nuestra noche de bodas no fue exactamente como esperábamos. Xavier y yo saltamos de la cama y nos metimos en un taxi directo al hospital. Le habíamos dado a Marco la noche libre, pensando que nada podría sacarnos de nuestro apartamento. Pero entonces, por supuesto, algo lo hizo.
Y no nos lo habríamos perdido por nada del mundo.
Xavier estuvo sentado toda la noche en la sala de espera con mi ansioso padre mientras yo sostenía la mano de Em durante cada contracción.
Se hizo eterno, Em sufriendo y empujando mientras Lucas, Danny y papá aparecían en la puerta cada cinco minutos para ponerse al día. (Em se negaba a dejarlos entrar en la habitación).
Pero finalmente, con el amanecer, llegó la niña más hermosa. Em la llamó Bella, y todos nos olvidamos inmediatamente de la difícil noche.
Cuando Xavier y yo nos desplomamos sobre nuestras sábanas de algodón egipcio, estábamos demasiado cansados incluso para hacer el amor. Nuestra noche de bodas había terminado, ya era la mañana siguiente.
Habíamos planeado salir hacia Bali esa tarde, pero sabíamos que tendríamos que reprogramar el jet privado.
—Voy a poner una regla —dijo mientras acunaba mi cabeza entre sus manos—. Nada de teléfonos en Bali. Durante las tres semanas. Sin noticias, sin mensajes, nada... sólo tú y yo.
—Hmmm —murmuré con una sonrisa, preguntándome si este director general podría pasar siquiera un día sin revisar su correo electrónico.
Pero, efectivamente, iba en serio. E incluso mi familia pensó que era una buena idea. Xavier y yo pasamos los siguientes días asegurándonos de que nuestros asuntos laborales estaban en orden para poder relajarnos totalmente en nuestra luna de miel.
Estaba planeando la fiesta de inauguración del nuevo hotel de Knight Enterprises en Los Ángeles. El objetivo de la fiesta era mostrar el evidente lujo de la propiedad, por lo que no requería demasiados adornos. Pude ponerlo todo en su sitio antes de salir.
Cuando llegamos a Bali, Xavier encerró ceremoniosamente nuestros dos iPhones en la caja fuerte de la villa. Desde entonces, estaríamos aislados de nuestras vidas hasta que volviéramos a casa.
Y tuve que admitir que me encantó.
No había pitidos ni vibraciones en la mesilla de noche, y dejé que las horas se fundieran en largos remolinos de luz solar.
Al cerrar la puerta de cristal de la villa detrás de mí, miré el enorme dormitorio y dejé escapar un suspiro. Realmente estábamos en el paraíso. Por si la habitación no fuera suficiente, la playa estaba justo delante de nuestra puerta. Todo lo que teníamos que hacer era cruzar nuestro porche.
Prácticamente floté por la inmaculada alfombra blanca hasta la cama, donde pasé los dedos por el vestido de seda blanca que Xavier me había comprado.
Era sencillo y elegante, con un escote pronunciado y una falda larga.
Sabía que el corte bajo mostraría mucha piel, pero estaba deseando sentir el material deslizarse en mi cuerpo.
Aunque en el pasado hubiera evitado un vestido como éste, estar en Bali me hacía sentir suelta y fácil. Estaba bronceada por los largos días al sol, y todo el tiempo a solas con mi adorado marido me hacía sentir más segura que nunca.
Me metí en el baño y dejé que la ducha me quitara la sal de la piel. Salí en una cálida nube de vapor y cogí un poco de aloe fresco. Levantando la pierna en el borde del jacuzzi, me hidraté el cuerpo antes de rociar Chanel nº 5 en la clavícula.
Estaba mirando el espejo empañado cuando Xavier abrió la puerta.
—Esperaba pillarte así —sonrió a través del vapor, acercándose a mí.
No pude evitar soltar una risita mientras me pasaba el dedo por la espinilla. Xavier llevaba una toalla alrededor de la cintura y me hizo recordar sus travesuras en la ducha de hace unos meses...
Cuando puse los ojos a un hombre desnudo por primera vez en mi vida.
Ese playboy engreído era un hombre diferente al Xavier que yo conocía ahora. Y yo era una mujer diferente también.
Me besó la mejilla antes de dirigirse a la ducha, desprendiéndose de la toalla por el camino.
Me maquillé en el espejo, observando el reflejo de mi marido mientras enjabonaba su cuerpo de dios, captando sus miradas persistentes.

XAVIER

Me llovió agua tibia. Era agradable, por supuesto, pero iba a tener que acortar esta ducha.
Miré a través del cristal a mi mujer desnuda ante el espejo. Mientras se ponía de puntillas, admiré su perfecto trasero. Sus marcas de bronceado sólo la hacían más increíblemente sexy.
Giré la manilla, deteniendo el flujo de agua. Ya había tenido suficiente.
Cuando salí de la ducha, se giró, con el cepillo del rimel todavía junto al ojo.
—¿Ya has terminado? —empezó, pero se detuvo cuando sus ojos recorrieron mi cuerpo chorreante hasta mi enorme erección.
No era la primera vez que mi mujer me veía empalmado en la ducha, y ya no era la virgen sonrojada de antes.
De acuerdo, tal vez todavía se sonrojaba. Pero aún así, no apartó la mirada.
Acorté el espacio entre nosotros, abrazándola por detrás. La suave piel de su culo contra mi polla me hizo suspirar, y me incliné para oler el perfume de su cuello.
Mi pelo goteaba agua sobre ella, pero no protestó. Observé cómo se endurecían sus pezones y luego tomé uno de sus pechos con la mano.
—¿Y la cena? —ronroneó, volviéndose hacia mí y pasando sus dedos por mi estómago antes de rodear mi miembro.
Me puse aún más duro, esforzándome en su contacto.
—Nos guardarán la mesa —prometí.
Y entonces la cogí de sus pies, llevándola en brazos hacia nuestra enorme cama.
La tumbé y trepé a su lado, por encima de los montones de sábanas como nubes blancas, hasta estar encima de ella.
Mi pelo empapado goteaba gotas de agua sobre su piel.
Se retorcía debajo de mí, arañando mi espalda y tirando de mí más cerca.
Abrió las piernas, rodeando mi cintura con ellas. Bajé la mano y toqué con cuidado el dulce espacio entre ellas. Ya estaba mojada y esperándome, y vi cómo sus ojos azules se ponían en blanco en señal de éxtasis.
—Te necesito —le dije. ¿Cuántas veces había dicho esas palabras solo en esta cama? Demasiadas para contarlas—. Te necesito todo el tiempo. Para siempre.
Angela abrió los ojos y me sostuvo la mirada mientras me tocaba la cara.
—Me tienes —dijo con una sonrisa.
Y entonces deslizó su mano por mi cuerpo hasta mi hombría, que palpitaba, y me metió dentro de ella.
Me incliné, y finalmente, fuimos uno.
Me quedé quieto un momento, sintiéndola a mi alrededor, viendo como me observaba.
—Te quiero, Angela.
—Yo también te quiero —gimió ella.
Apretó más las piernas, instándome a seguir, y le di lo que quería. Empujé dentro de ella, bajando mi peso para poder empujar libremente.
Su respiración entrecortada y sus gemidos me llevaron rápidamente a mi límite.
Quería correrme, pero no antes que ella.
Empujando superficialmente y con rapidez, me moví como sabía que a ella le gustaba. Ella me acercó más, más...
—Estoy a punto de correrme —me susurró al oído.
Sí.
Vamos.
Y entonces gritó, el hermoso sonido llenó la enorme sala.
Justo después de ella, me corrí, entregándome más a ella con cada empujón. Las olas de placer me golpeaban como el océano frente a nuestra ventana, enormes e implacables.
Cuando terminó, me aparté de ella y la atraje hacia mis brazos. Todo mi mundo estaba allí en esa cama.
Estaba en mi lugar favorito. Solo, con Angela, en Bali. Si pudiéramos quedarnos aqui para siempre.
Pero nuestros días en el paraíso estaban contados.

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