
Desesperación
Autor
Mandy M.
Lecturas
1,7M
Capítulos
50
Capítulo 1.
MINA
Desde que tengo uso de razón, siempre fuimos mi madre y yo. Vivíamos en un pequeño apartamento en Nueva York.
Nunca conocí a mi padre, pero no me importaba. Mamá siempre se aseguraba de que no me faltara nada. Al crecer, me di cuenta de que apenas llegábamos a fin de mes. Pero ella se desvivía por mí y nunca me faltó lo esencial.
Me parecía mucho a ella. Las dos teníamos el pelo largo y negro, éramos menuditas y teníamos ojos azules. Pero mis pechos eran más pequeños que los suyos. No era tabla de planchar, solo una talla 90 normal.
—Deberías tomarte esto en serio —dijo, saboreando el plato de pollo que preparé. Empezó como pollo al marsala pero acabó siendo otra cosa. Ni yo misma sé qué.
—Mamá —dije mientras fregaba la sartén—, ni siquiera sé lo que he cocinado.
—Pero está buenísimo, Mina.
Me gustaba cocinar, pero ir a una escuela de cocina costaba un riñón. No había manera de que pudiera pagarlo. Llevaba trabajando desde que terminé el instituto, intentando ahorrar algo, pero sobre todo ayudando a mamá. Últimamente no se encontraba bien.
Empezó a toser.
—Mamá, de verdad quiero que vayas al médico.
—Estaré bien, cariño —dijo, tapándose la boca con un pañuelo.
Apartó el pañuelo y vi sangre.
—¡Se acabó! —Agarré mi bolso—. Nos vamos al hospital.
—¡Sabes que no podemos permitírnoslo!
—Me da igual. Tienes que ir.
Por fin, después de tres horas y dos pruebas, volvió el médico.
—Señora... —Echó un vistazo rápido a sus papeles—. Señora Walker, tenemos sus resultados y lo siento, es más que un resfriado. Sus radiografías muestran algo en el pulmón.
—¿Es neumonía? —preguntó ella.
—Quiero hacer más pruebas y tenerla ingresada para estar seguros.
Seguí al médico cuando salió de la habitación.
—¿Podría ser esa la razón por la que duerme mucho y parece más débil?
Me miró directamente.
—Podría ser, sí. Sabremos más cuando tengamos todos los resultados de las pruebas.
Eran casi las tres de la madrugada cuando terminaron todas las pruebas y le asignaron una habitación. Las enfermeras me dieron una almohada y una manta para que pudiera quedarme con ella.
—Mina, vete a casa y descansa —dijo, subiéndose la manta. Estaba agotada. Yo también.
Me senté en el sofá.
—Quiero estar aquí por la mañana cuando venga el médico.
Asintió. El calmante que le dieron debe estar haciendo efecto.
Pasé una noche de perros. Las enfermeras entraban a cada rato para revisarla, y el sofá era un potro de tortura. Una enfermera me trajo café y se lo agradecí en el alma.
—¿Sabe cuándo vendrá el médico?
Miró su reloj.
—En cosa de una hora. Al Dr. Linden le gusta ver a los pacientes antes de ir a su consulta.
No podía recordar el nombre del médico de anoche. Seguro que no trabajaba toda la noche en urgencias antes de pasarse el día en su consulta. Eso no puede ser bueno, ¿verdad?
La puerta se abrió y entró un hombre que parecía rondar los sesenta. No era el mismo de anoche.
—Buenos días, señoras. Soy el Dr. Linden. Señora Walker, tengo sus resultados —Me miró a mí y luego a mi madre.
—¿Quiere que salga de la habitación?
Ella asintió levemente.
—Sí, doctor.
Suspiró suavemente.
—Lamento decirle esto, pero tiene cáncer en etapa cuatro. Esto significa que se ha extendido.
—¿Extendido?
—Se ha propagado de sus pulmones a sus huesos.
Negué con la cabeza, aún en shock.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Nos miró a ambas, luego a mamá.
—Eso depende de usted. Puede quedarse aquí, intentar tratamientos de quimioterapia o puede irse a casa y la ayudaremos a estar lo más cómoda posible.
Mamá apretó mi mano.
—Cariño, ¿podrías ir a buscarme un café?
—Claro —No quería dejarla, pero sabía que no quería hablar de esto delante de mí.
Caminé despacio de vuelta de la cafetería, tratando de asimilar lo que acababa de oír.
«¿Cáncer? ¿Mi madre tiene cáncer?»
No sabía mucho de medicina, pero sabía que la etapa cuatro era la peor. No tenía seguro médico y no podíamos pagar los tratamientos. Ni siquiera podíamos pagar esta estancia en el hospital.
Esperaba que eligiera luchar. Era la mujer más fuerte que conocía y no sabía qué haría sin ella. Ya veríamos cómo pagar después.
Me sequé una lágrima mientras volvía a entrar en su habitación.
—¡¡Mamá!! ¡¿Qué estás haciendo?!














































