
Conflicto de Intereses
Autor
Olivia Miley
Lecturas
1,4M
Capítulos
27
Capítulo 1.
Atrévete
Gage Thomas se alza por cuarto año consecutivo con el título del soltero más codiciado de Estados Unidos. En Twitter, Gage comentó: «Vaya, no me lo puedo creer. Me siento muy honrado... ¡gracias!». La semana pasada se le vio con su padre Richard Thomas ultimando los detalles antes de que su hermano Elijah tome las riendas como nuevo Presidente y Director Ejecutivo de Thomas Industries —informa la presentadora en la tele mientras llego a casa después de un día agotador buscando trabajo.
—Ya estoy en casa —anuncio, colgando el abrigo y dejando las llaves.
—Hola —me saluda Ope con una sonrisa de oreja a oreja desde el sofá—. ¿Qué tal te fue? —pregunta, y yo suelto un suspiro de cansancio—. ¿Tan mal?
—Pues sí, un viejo verde me manoseó. Dijo que si quería el puesto tenía que llevar ropa más ajustada. Y encima me tocó el pecho —le cuento.
—Qué asco, ¿y qué le dijiste? —pregunta con cara de repugnancia.
—Lo mandé a freír espárragos. Ahora no puedo ni pisar Greek Squad —digo mientras me quito los tacones que me están matando y me dirijo a la cocina.
—Qué horror, lo siento mucho Dare —dice con dulzura, sin quitarme ojo mientras me sirvo un zumo.
—No pasa nada. Mañana tengo otra entrevista en Thomas Industries. A ver si hay más suerte. No he conseguido nada más —comento, sentándome en el sofá con mi bebida—. Bueno, basta de rollos del curro, ¿qué tal tu día? —pregunto cambiando de tema.
—Un muermo total, reuniones a punta pala —dice, fingiendo desmayarse—. Ah, y Sage llamó para ver si voy a su boda. Como siga dando la lata, igual paso de ir —dice haciendo un gesto con la mano.
—Venga ya Ope, que es la boda de tu hermana. Lleva planeándola desde que era una cría. No seas así solo porque no eres tú la que se casa —le digo en tono de reproche.
—Cierra el pico, no estoy siendo mala. Es que no quiero que me llame todos los santos días por eso. Ya tenemos los vestidos y nos vamos el viernes temprano. ¿Qué más quiere? —pregunta, estirándose en el sofá.
—No hagas eso, que vas a estropear el sofá. A lo mejor solo quiere que estés tan contenta como ella. Menos mal que tu madre la convenció de no hacer una boda en invierno o nos habríamos helado con los vestidos —digo dando un sorbo a mi zumo.
—Ya te digo. Pero con la pasta que se están gastando, una iglesia habría sido mejor que un barco en alta mar. No entiendo por qué tenía que ser en un barco o con nieve —se queja.
—¿No se casa con ese ricachón? —pregunto.
—Sí, Ryan Philis. Pronto se hará cargo del negocio familiar. La gente decía que ella iba a por la pasta. Pero conozco a mi hermana y no es así.
—Da igual con quién se case Ryan, siempre habrá malas lenguas. Mira a Meghan Markle: decían que se casó con el príncipe por dinero y fama. Pero en realidad se conocieron en una cita a ciegas —le explico, y ella asiente.
—Es verdad. Me alegro de que vengas a la boda. Tendré que aguantar despierta. Mi madre me dijo en griego: «Como la líes en la boda, te dejo sin dientes y no me arrepiento» —dice—. Temía que mi propia madre pudiera mandarme al otro barrio —añade con cara de susto.
—Tu madre da miedo de verdad. Una vez la vi echándole la bronca a tu hermano en griego, y me juré a mí misma no hacer enfadar nunca a tu madre. Me moriría del susto si me gritara así —digo, y Ophelia se echa a reír.
—Deberías dormir para estar fresca en la entrevista de mañana —dice, y yo suspiro, terminando mi zumo y dejando el vaso en el fregadero.
—Sí, tienes razón. Me voy a la ducha y a la cama —digo, y ella asiente.
—Yo también me voy a dormir, que descanses —dice, despidiéndose mientras va a su habitación.
Me río y pongo los ojos en blanco de broma. Voy a mi habitación hecha un desastre y cojo mi ropa y toallas para la ducha.
Después de ducharme, me visto, pongo la alarma y me meto en la cama.
***
Pip, pip
Me revuelvo en la cama, sintiéndome como un zombi. Estiro el brazo y le doy un manotazo a la alarma para que se calle.
Me levanto y elijo mi ropa. Me decido por una falda de tubo, una blusa mona y tacones negros. Me hago una trenza de lado y me maquillo un poco.
Echo un vistazo a mi habitación para asegurarme de que lo llevo todo. Currículum, listo. Bolso, listo. Cartera, lista. Chicles y tampones extra —por si las moscas— listos y listos.
Tengo la sensación de que se me olvida algo. Ah, claro, el móvil. Cojo mi iPhone XR rojo y voy a la cocina.
—Buenos días —dice Ophelia toda alegre.
—Necesito café. Café bueno. Mañanas malas —digo, sonando como una muerta viviente.
—Vale, Frankenstein —se burla Ope. Pone una taza de café frente a un asiento en la barra de la cocina.
Me siento y noto el frío en el trasero, dando un respingo—. Ay, frío, frío —digo, y Ophelia se parte de risa.
—No te rías de mí, estos taburetes están helados —me quejo, moviéndome para entrar en calor.
—Eso no son sillas, son taburetes —dice con retintín.
—Lo que sea, Doña Perfecta, ya sabes lo que quería decir —digo, dando un sorbo a mi café calentito. Ella me saca la lengua, y yo se la saco a ella.
Luego hace el gesto de chocar los puños, y yo la imito. Nos reímos y charlamos mientras desayunamos.
Me levanto y friego mis platos y voy a la puerta de entrada. Cojo mi abrigo y las llaves. Miro abajo y veo nuestro correo—. Joder, Ope, hay que pagar el agua y la calefacción —le grito.
—Ya lo hice —me responde, y sonrío. Menos mal que la tengo a ella.
—¡Gracias! —le grito, sonriendo.
—¡Que tengas un buen día! —dice.
Ophelia trabaja para una famosa diseñadora de moda, Royal Njay. Sus diseños están pegando fuerte ahora, y mi amiga Ope es una de sus mejores diseñadoras.
Me da rabia admitirlo, pero a veces tengo envidia de Ope. Cuando era pequeña, mi familia no nadaba en la abundancia porque mi tío dilapidó todos los ahorros familiares y dejó a mis padres con una mano delante y otra detrás.
No éramos pobres, pero rara vez nos daban caprichos. Ope y su familia tenían pasta gansa gracias a su abuela y bisabuela.
Son una familia de abolengo de Grecia. Ophelia y los suyos se mudaron aquí cuando yo estaba en el instituto. Un día decidí sentarme con ella en el comedor, aunque nadie más lo hacía.
No era porque pareciera rara, sino porque apenas chapurreaba inglés. Solo tenía unos diez años cuando se mudó aquí.
Así que yo le enseñé inglés, y ella me enseñó griego. Ahora puedo defenderme bastante bien en griego, y viene de perlas cuando salimos y queremos cotillear sin que nos entiendan.
Sé que no está bien visto, pero si tú y tu mejor amiga supierais otro idioma, seguro que también lo haríais.
De verdad que necesito este trabajo. Por eso espero que esta entrevista salga bien. No quiero tener que tirar de ahorros para pagar las facturas.















































