
Libro 1 Allie en Wonderlust
Autor
S.K.Dingman
Lecturas
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Capítulos
17
Capítulo 1
Allie se giró boca arriba y suspiró con frustración. Se pasó una mano por el pelo rubio y medio rizado mientras miraba fijamente el techo.
El deprimente techo blanco con textura granulada le provocaba lástima y resentimiento hacia sí misma y hacia el hombre que estaba acostado a su lado. Un hombre al que le gustaba usar el título de «novio».
Gavin jadeaba pesadamente junto a ella, con la cara roja y relajada de pura satisfacción.
«Eso estuvo genial, Allie. ¡Joder! Estás loca». Se rio mientras se giraba de lado para mirarla.
Allie apartó la mirada del agobiante techo y la dirigió a los ojos de Gavin, que no mostraban más que admiración y amor.
Mordiéndose el labio para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse, Allie se giró en dirección contraria a él y se levantó de la cama.
Se tomó un momento para soltar la frustración con un suspiro. Notó que sus pezones se endurecían al quedar expuestos al aire, lo que la hizo preguntarse si acaso se habían puesto duros antes, durante el sexo tan poco estimulante. Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos lastimeros, se revolvió el pelo y alcanzó su vestido: azul cielo y blanco, ajustado en el busto y con la falda acampanada.
«Mira, Gavin...»
«Me alegro mucho de que te hayas quedado a dormir. ¿No es genial el sexo por la mañana? Es espontáneo y una forma increíble de despertarse».
Allie no necesitaba mirar para saber que tenía una sonrisa estúpida e infantil en la cara.
Qué crío.
«Es mejor cuando hay tiempo para disfrutar del acto en vez de tratarlo como una carrera», murmuró mientras se metía en el vestido.
«¿Eh? ¿Has dicho algo, cariño?»
Allie puso los ojos en blanco ante ese apodo tan horriblemente trillado antes de darse la vuelta para mirarlo mientras metía el brazo derecho por la manga blanca.
«Mira», dijo mientras metía el brazo izquierdo por la manga azul, «no creo que esto vaya a funcionar».
Gavin frunció el ceño confundido mientras la veía alisarse el vestido sobre las curvas.
«¿Qué quieres decir?»
Desatando la cinta negra que le gustaba llevar en la muñeca, Allie hizo una mueca de desprecio ante la falta de entendimiento de su novio.
«Quiero decir que estoy rompiendo contigo. Estoy aburrida de ti». Se ató la cinta negra alrededor del pelo, haciendo un lazo perfecto en lo alto de su cabeza. «Estoy harta de que no me satisfagas».
«¿Satisfacerte? ¿Qué demonios quie...?»
«No he tenido ni un solo orgasmo desde que estamos juntos», dijo Allie sin rodeos.
Gavin se incorporó de golpe. «¿No has tenido? ¿Por qué no me dijiste nada? Yo habría...»
Allie soltó un bufido.
«Habrías fallado, igual que todas las demás veces». Suspirando, agarró el teléfono y el bolso de la cómoda. Miró la hora en el teléfono y maldijo para sus adentros.
Voy a llegar tarde.
«Mira, es lo que hay. No te sientas mal. A todas las personas con las que he estado les ha costado una barbaridad hacerme llegar al orgasmo». Se encogió de hombros y se giró de nuevo hacia Gavin.
Su respuesta solo pareció enfadarlo y avergonzarlo más.
«¡Podemos probar cosas diferentes! En vez de huir de mí sin siquiera intentarlo». Le agarró la mano, sin darle oportunidad de escapar. «Podemos hablarlo».
Tirando de ella hacia la cama, se inclinó para besarla.
Gavin la besó como si le fuera la vida en ello, con una mano enredada en su pelo mientras la otra bajaba por su cuerpo. Empezó a subirle el vestido para acariciar la piel suave y tersa de su trasero, lo que le arrancó un pequeño gemido.
Allie no pudo evitar acalorarse un poco al sentirlo y al dejarse llevar por aquel beso lleno de deseo. Lo dejó controlar el momento, ya que sabía que él sentía que lo estaba perdiendo.
Le permitiría esa ilusión hasta que ella quisiera recuperar el control.
Él rompió el beso y apoyó su frente contra la de ella.
«Allie, te quiero. Quiero estar contigo». Su rostro se suavizó con la confesión, y el amor del que hablaba se reflejaba en sus ojos oscuros.
Allie solo pudo mirarlo con incredulidad.
¿Está loco de remate?
El amor era lo último en lo que pensaba. Carecía de esa emoción, y con razón. Había visto lo que les hacía a las personas, cómo podía controlarlas.
Cómo podía destruirlas.
Con la rabia recorriéndole las venas, Allie se soltó de su agarre de un tirón y se inclinó hacia él, con la cara a escasos centímetros de la suya.
El gesto estaba lejos de ser cariñoso como el que Gavin le había mostrado momentos antes.
«No te quiero. Nunca te he querido y nunca te querré. Te dije desde el principio que no quería amor. Solo un poco de compañía agradable y sexo. Tú me impusiste el título de relación. Tú quieres algo más. Yo no». Al apartarse, vio cómo su expresión pasaba de la sorpresa a la devastación absoluta.
«Alice...», susurró.
«¡No me llames así!», le espetó. Dándose la vuelta, Allie agarró sus zapatos y se dirigió a la puerta. «Adiós, Gavin».
Allie cerró la puerta de un portazo al salir, haciendo que los cuadros del pasillo del apartamento temblaran por el golpe.
Estaba furiosa. La desfachatez de usar su nombre de nacimiento... ni siquiera sabía cómo se había enterado.
Un escalofrío de asco le recorrió la piel al pensar en las personas que le habían puesto ese nombre.
Malditos hijos de puta.
Al mirar el teléfono, palideció al ver la hora.
¡Llego tarde! ¡Llego tarde!
Se calzó los tacones y corrió por el pasillo hacia los ascensores.
Se detuvo frente a las puertas plateadas y pulsó apresuradamente el botón rojo con forma de flecha hacia abajo.
«¡Vamos, vamos!» Resopló enfadada, cruzándose de brazos y golpeteando el suelo con la punta del pie.
Después de un minuto, las puertas se abrieron y entró a toda prisa, pulsando inmediatamente el botón del vestíbulo.
Una vez que las puertas se cerraron, aprovechó el espejo del interior para repasar su aspecto.
Allie se alisó las arrugas invisibles del vestido y luego se llevó las manos a la cara para asegurarse de que el maquillaje no se le había corrido tras el insatisfactorio encuentro.
Se detuvo a mirarse en los ojos azul claro.
Qué ojos tan aburridos y tristes.
Allie parpadeó justo cuando las lágrimas empezaban a acumularse y a distorsionar su imagen. Sacudió la cabeza y parpadeó rápidamente, intentando librarse de la humedad que amenazaba con desbordarse.
No tenía tiempo para lamentarse. Tenía una reunión importante a la que llegar.
El ascensor sonó con fuerza antes de abrir las puertas. Allie pasó a toda prisa entre la gente que esperaba para subir y cruzó el vestíbulo a paso rápido hasta la puerta principal.
«Adiós, Allie», dijo una voz mayor y ronca, haciéndola detenerse en las escaleras.
Allie se giró y vio a su persona favorita, el portero, George.
El señor mayor sonrió, se agarró la gorra del uniforme y la levantó a modo de saludo, dejando ver una cabeza llena de pelo negro con canas.
Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa.
«Adiós, George. Esta será la última vez que nos veamos», confesó Allie, sintiendo cómo una oleada de tristeza la invadía.
George se puso la gorra de nuevo y abrió la puerta a otra pareja que salía del edificio. Cuando se habían alejado lo suficiente, bajó los escalones con cuidado hasta quedar en el mismo que ella.
«¿Y eso por qué? ¿Gavin no está a la altura de lo que esperabas?» Se rio con picardía, aunque una mirada cómplice le brillaba en los ojos.
Allie se sonrojó.
«Preferiría no hablar de eso contigo». Se dio la vuelta, con las mejillas y el pecho incómodamente calientes. «Lo ves casi todos los días y hablas con él como si fuera tu propio hijo. Sería incómodo si dijera algo sobre nuestra... vida privada».
Él volvió a reírse, claramente divertido por la repentina timidez de Allie.
«Lo creas o no, yo estuve en tu misma situación. Encuentros con mucho potencial que terminaban siendo un polvo decepcionante...»
Allie se quedó boquiabierta y se giró para mirarlo con los ojos como platos mientras él continuaba sin inmutarse.
«Y cuando expresas tus gustos, te miran con asco». La miró con compasión, dando un pequeño paso hacia ella.
«Y para colmo, dejas claro desde el principio que solo querías una cosa. Esa única cosa para saciar el hambre que apenas puedes controlar... solo para que te presionen hasta meterte en una relación y luego te decepcionen aún más cuando solo aguantan dos minutos después de conseguir lo que querían».
No podía creer lo que oía. Su dulce George había soltado una palabrota Y había descrito exactamente lo que le venía pasando a ella.
El hambre, las miradas.
La absoluta decepción.
Con la verdad al descubierto, las lágrimas volvieron a acumularse en los ojos de Allie.
Aclarándose la garganta, abrió la boca para decir algo cuando un hombre alto con un sombrero de copa negro le llamó la atención. Lo miró, y la humedad desapareció de sus ojos para viajar hacia abajo. Las ganas de jadear casi la abrumaron mientras lo devoraba con la mirada.
Le recorrió el rostro con los ojos, fijándose en la mandíbula afilada y suave que terminaba en un mentón casi puntiagudo. Tenía una ligera barba incipiente en la cara, lo que hizo que los dedos de Allie se crisparan ante la idea de pasarlos por ese pelo áspero.
Sus pómulos eran marcados, pero no tanto como para darle un aspecto demacrado. Al contrario, lo hacían parecer muy saludable a pesar de su piel clara. Bajo el sombrero de copa, asomando apenas un poco, Allie pudo distinguir un pelo oscuro, rizado y encrespado.
Al mirarlo a los ojos, notó algo extraño. Para ella, esos ojos de un color casi anaranjado parecían esconder algo oscuro y... pecaminosamente retorcido.
Solo ese pensamiento la hizo morderse el labio para evitar que se le escapara un gemido.
Mientras el caballero alto pasaba por delante, el tiempo pareció detenerse. La gente en la acera desaparecía y él ni siquiera le dedicó una mirada, lo que solo hizo que el fuego que ardía dentro de ella se avivara con más fuerza y más calor.
Un carraspeo a su lado la sacó del calor abrasador en el que se estaba hundiendo poco a poco. Volvió la mirada hacia George y al instante sintió vergüenza por haberse distraído tanto. Y por haberse excitado tanto.
«Perdona», murmuró, frotándose el cuello.
George se rio con una carcajada profunda y gutural que hizo sonreír a Allie. «Como te dije, lo entiendo».
Miró a su alrededor antes de acercarse más a ella. «Puede que pueda ayudarte, querida Alice».
Allie se tensó al oír su verdadero nombre, pero lo dejó continuar sin reprenderlo.
«Conozco un lugar que podría ayudarte con tus... necesidades». Se abrió la chaqueta del uniforme y rebuscó en el bolsillo interior hasta que su cara mostró la satisfacción de haber encontrado lo que buscaba.
Allie levantó las manos. «Oh no, George. Estaré bi...»
Él le puso una tarjeta en la mano, interrumpiendo su negativa. «Solo piénsalo. Este lugar hizo maravillas por mí, y podría hacer lo mismo por ti. Solo preséntate en la dirección al anochecer y ellos se encargarán del resto».
Suspirando, Allie metió la tarjeta en el bolso. No tenía ninguna intención de ir a un lugar sospechoso solo por un poco de desahogo.
Estaba a punto de decírselo cuando le sonó el teléfono. Abrió los ojos de par en par. «¡Mierda! George, me tengo que ir. Espero verte pronto». Le dio un beso apresurado en la mejilla antes de darse la vuelta y bajar las escaleras corriendo.
«¡Pásate pronto! ¡Tomaremos un té!», gritó él, agitando la mano en el aire.
Allie no se giró, pero levantó la mano hacia atrás, indicándole que había escuchado sus palabras.
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