
La hermosa Belle y el Alfa Grayson
Capítulo 4
BELLE
La manaza de Grayson alrededor del cuello del señor Pervertido apretaba más y más con cada segundo que pasaba.
—¡Alfa! ¡Alfa! ¡Detente! ¡Lo vas a matar! —No dejaba de gritar un hombre, el más persistente de todos los que le suplicaban que se detuviera.
Grayson no le prestó atención y se limitó a apretar con más fuerza el cuello de la criatura. Me abrí paso entre la multitud, dirigiéndome hacia donde estaba.
—¡Grayson! —grité cuando finalmente llegué. Me detuve directamente frente a él, tratando de llamar su atención.
—¿Qué estás haciendo?
Sus ojos se encontraron con los míos y di un paso atrás. Era aterrador.
Su cuello había crecido dos tallas, y las venas trepaban por su rostro, alrededor de sus ojos negros.
Los colmillos le sobresalían por debajo de los labios y la espuma se acumulaba alrededor de su boca mientras gruñía.
—Compañera, muévete —me dijo, y su expresión no dejaba lugar a la discusión.
Encantada.
Retrocedí varios pasos, muerta de miedo, y entonces una mano me agarró de la muñeca y me acercó a la puerta. Me giré sorprendida. Era el hombre que antes había llamado a Grayson «Alfa».
—¿Eres su compañera? —me preguntó frenéticamente.
—¿Qué? —No sabía a qué se refería—. No —repuse, tratando de escapar de sus manos. No me dejaba ir.
Pero entonces recordé vagamente que Grayson me había llamado así antes.
—¡No lo sé! —grité.
Levantó la nariz y olfateó el aire.
¿Qué demonios?
—Eres humana —concluyó—. Pero hueles a compañera de Alfa.
—¿Qué? —grité.
—Mira, no hay tiempo para explicaciones. Si no lo calmas, matará a ese hombre.
Volví a mirar a Grayson y vi que seguía estrangulando al señor Pervertido, cuya cara se estaba amoratando mientras jadeaba y arañaba la mano de Grayson.
—¿Calmarlo? ¿Cómo se supone que voy a calmarlo? ¡Está estrangulando a ese hombre! —grité.
—¡Tócalo, háblale, lo que sea! ¡Solo haz que se detenga!
Miré al hombre que tenía delante. Su expresión era de puro pánico.
—¿Tocarlo? —pregunté. Podía hacerlo. Podía tocarlo. Diablos, lo había estado tocando durante todo el vuelo.
El hombre asintió alentadoramente y me llevó de vuelta a donde estaba Grayson.
Los movimientos del hombre que se asfixiaba se ralentizaban, su cabeza empezaba a caer hacia un lado. Mierda... tengo que hacer algo.
Respiré profundamente. Luego levanté una mano temblorosa y la puse sobre el hombro de Grayson.
—¿Grayson? —le pregunté. Su cabeza se giró para mirarme. Tragué saliva—. Por favor, para. Le estás haciendo daño.
—No —gruñó, realmente gruñó. Su mirada se dirigió de nuevo a la criatura.
Bueno... no ha funcionado.
Me volví hacia el hombre que estaba detrás de mí.
—¡Sigue intentándolo! —gritó.
Gimoteé, luego me puse delante de Grayson y rodeé su rostro lívido con mis manos, obligándole a mirarme.
—Grayson, para ya. Me estás asustando.
Eso le hizo detenerse. Sus ojos se ablandaron un poco. Sus manos debieron aflojarse porque de repente oí jadeos frenéticos.
¡Lo estoy logrando! ¡Está funcionando!
Pero entonces, su expresión se endureció.
—Compañera, muévete o te moveré yo. Me estoy ocupando de la amenaza. Te estoy protegiendo.
Su voz era mortal.
Di un paso atrás y me volví hacia el hombre que me había metido en este lío. Podría estar de vuelta en mi agradable y acogedor asiento, sola, sin tener que tragarme todo esto.
¡Pero no! «Toca al hombre demonio lívido», dijo. «¡Habla con el psicópata que estrangula al otro!», dijo.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
—¡Bésalo! —gritó.
—¿Qué? —grité—. ¡No! ¡No voy a hacer eso!
—¡Sé que esto da miedo, pero no tenemos otra opción! O lo besas, o ese hombre muere. Depende de ti.
Esto no tenía ningún sentido. ¿Por qué besar a Grayson serviría de algo? Miré al hombre al que estaba estrangulando Grayson. El señor Pervertido se había quedado casi sin fuerzas, y solo sus pies se movían un poco. Grayson estaba a punto de terminar el trabajo.
Tenía que hacer algo.
—A la mierda —dije. Agarré la cara de Grayson y aplasté mis labios contra los suyos.
Al principio no respondió. Era como besar a una estatua muy cálida y muy blanda. Pero entonces murmuró algo contra mis labios: «Compañera».
Grayson atrajo mi cuerpo hacia el suyo e introdujo su lengua en mi boca, reclamando su dominio inmediatamente.
Trazó las curvas de mi cuerpo con sus enormes dedos, luego me agarró por el culo y me levantó en sus brazos. Después me colocó las piernas alrededor de su cintura y me llevó de vuelta a la segunda clase.
¡No, no, no, no! Esto no era lo que quería. Había pensado que sería un beso rápido en los labios. Había pensado que eso le impediría ahogar al pervertido, y luego me alejaría de él como alma que lleva el diablo.
No había pensado que ese beso me llevaría a mi inminente perdición.
Retiré mis labios de los suyos, esperando que se detuviera y me bajara, pero se limitó a gruñir y a empezar a besarme por el cuello sin dejar de caminar hacia Dios sabe dónde.
—Grayson, ¿qué estás haciendo? ¡Bájame! —dije, empujando sus hombros.
Vaya, ¿este tipo está hecho de acero o algo así?
Ni siquiera se detuvo.
—Compañera. Mía —dijo, y continuó sus besos con la boca abierta por toda mi mandíbula.
Miré por encima de su hombro al hombre «servicial» de antes. Estaba de pie junto a la puerta que conducía a la primera clase, observándonos mientras la gente se agolpaba en torno al cretino que casi había muerto.
—¡Ayúdeme! —le grité.
Se encogió de hombros y me miró como diciendo: ¿Qué quieres que haga yo?.
Quería gritar.
¿Qué demonios estaba pasando? Me había preparado mentalmente para un vuelo largo e incómodo. Pero esto era mucho más que eso...
Grayson me llevó al cuarto de baño del avión y me colocó rápidamente sobre el pequeño lavabo. Se colocó entre mis piernas y me agarró de las caderas.
—Grayson, ¿qué…?
De repente, sus labios volvieron a estar sobre los míos.
Y, oh, Señor, ¡qué gusto daba!
Había algo en Grayson que me hacía perder el control cada vez que me tocaba. Es decir, casi había matado a un hombre y allí estaba yo besándome con él en un baño.
Me metió el labio inferior en la boca y lo chupó. Gemí con fuerza.
—Grayson —gemí.
—Sigue diciendo mi nombre así, nena —gimió él.
Se llevó el lóbulo de mi oreja a la boca y lo mordió suavemente, luego bajó sus labios hasta mi cuello para chuparlo y me dejó varias marcas.
Golpeó sus caderas contra las mías en el punto justo, y yo jadeé y dejé caer la cabeza hacia atrás contra el espejo que había a mi espalda.
Vi las estrellas, pero estrellas de verdad.
—¡Grayson! —grité.
¿Cómo podía hacerme sentir tan bien sin ni siquiera quitarme una sola prenda de ropa? Este hombre tenía que ser una especie de dios del sexo.
Había gente aporreando la puerta, probablemente preocupados por que estuviera a solas con el psicópata que casi había matado al otro tipo...
Pero los dos estábamos demasiado envueltos en nuestras sensaciones de euforia como para prestar atención a nada más.
Sus labios encontraron el punto de mi cuello que había estado besando antes, y mi cuerpo tuvo una convulsión literal mientras lo chupaba y lo lamía.
Me agarró a sus caderas como si fuera un animal en celo...
Hasta que un dolor cegador se disparó por mi cuerpo cuando sus dientes se clavaron de repente en mi cuello.
Grité y traté de apartarlo de mí, pero sus brazos me sujetaron más fuerte contra su pecho.
Justo cuando pensé que me desmayaría del dolor, la sensación se transformó en otra cosa.
Un cálido placer me recorrió todo el cuerpo. Dejé escapar un suspiro de alivio y luego un gemido. Guau, es lo mejor que he sentido en toda mi vida.
Me invadió la repentina necesidad de estar más cerca de Grayson y de no dejar que me abandonara nunca, aunque sus dientes siguieran clavados en mi cuello.
Pasé mis manos por su pecho, por sus hombros y luego por su cuello.
Atraje su pecho hacia el mío y rodeé sus caderas con mis piernas. Mi frente se apoyó en su hombro.
Grayson retiró lentamente sus dientes de mi cuello, lamiendo la herida que acababa de hacerme, y pasó su mano por mi espalda.
Me estremecí. Su tacto me pareció diez veces mejor que antes.
¿Es eso posible?
Me incliné hacia atrás para mirarlo. Sus ojos ya no eran negros.
—Me has mordido —dije. Me pesaban los párpados y la energía empezaba a abandonar mi cuerpo.
Grayson asintió. Su expresión era de dolor.
—Sí, lo siento. Tuve que hacerlo.
Asentí con la cabeza como si lo entendiera, pero en realidad no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando. Me sentía borracha.
—Está bien —balbuceé, acariciando ligeramente su mejilla—. Pero no lo vuelvas a hacer, ¿vale?
—De acuerdo —sonrió.
Le devolví la sonrisa. Le acaricié la cara con las dos manos, aplastando sus mejillas.
—Qué guapo eres. Guapo de verdad...
Se rió. El sonido me hizo feliz.
—Gracias. Me alegro de que pienses así —repuso.
—Me alegro de que te alegres de que lo piense porque lo pienso de verdad. —Solté una risita y le sonreí.
Mi cabeza cayó sobre su cuello.
Decidí que quería seguir besándolo. Apreté mis labios contra su cuello, tratando de moverlos de la misma manera que él lo había hecho contra los míos.
Gimió profundamente.
—No. No, detente, pequeña. No más besos por hoy. —Me apartó de él.
—¿Por qué no? —Hice un mohín.
—Confía en mí, habrá muchos besos más tarde. Necesitas dormir. —Sonrió y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, y luego me pasó el pulgar por el pómulo.
Bostecé al pensar en ello. Dormir. Dormir sonaba bien. No tan bien como besar, pero casi. Asentí y volví a apoyar la cabeza sobre su hombro.
—De acuerdo —dije, acurrucándome en su cuello—. ¿Podemos besarnos cuando me despierte?
—Podemos besarnos todo lo que quieras cuando te despiertes. —Volvió a reírse.
La idea me hizo feliz y suspiré. Bien.
Me rodeó con sus brazos y se frotó la nariz justo donde acababa de morderme. Me estremecí.
Mmm. Eso daba mucho gusto.
—Duérmete, Belle. Yo te cuidaré.
Y por tercera vez durante ese vuelo, me desmayé en los brazos de Grayson.
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