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La Marcada

Autor
K. Dillon
Lecturas
510K
Capítulos
48
Autor
K. Dillon
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48
😱Suspense🐺Hombres lobo y cambiaformas🙅Pareja no deseada👩‍❤️‍👨Compañero predestinado🐺Licántropos💘Compañeros predestinados💪🏻Protector🧙‍♂️Paranormal y fantasía💪🏻Machos alfa💪Mujeres valientes🥵Erótica⚔️Acción y aventura🧙‍♀️Magos y brujas🐺Paranormal

Willow ha pasado su vida siendo subestimada, y está muy cansada de ello. Pequeña, ruidosa e incapaz de transformarse, difícilmente encaja en la imagen del poder, especialmente tras mudarse al territorio de la manada Lycan más fuerte de Inglaterra. La vida bajo el mando de un Alpha frío y autoritario es cualquier cosa menos fácil, particularmente cuando él no tiene paciencia para el caos, la debilidad o las lenguas afiladas. Resulta que Willow es las tres cosas, y se niega a doblegarse ante nadie. Su choque de voluntades desata una tensión que ninguno de los dos espera, y el aire entre ellos se vuelve eléctrico mientras el peligro se acecha cada vez más cerca. A medida que las sombras se ciernen y las lealtades se ponen a prueba, algo poderoso se agita donde la rebeldía se encuentra con el deseo. ¿Podrá el caos convertirse en fuerza?

Capítulo 1: La chica que no podía transformarse

WILLOW-ROSE

El cielo sobre Inglaterra estaba gris. Era un cielo pesado y bajo, como si no se hubiera decidido entre llover o simplemente cubrirlo todo de silencio. Hacía juego perfectamente con el frío y antiguo castillo de piedra que se alzaba a lo lejos.
«Qué lugar tan alegre», dije en voz baja, acomodándome en el asiento mientras el auto reducía la velocidad.
«No empieces, cariño». Mi mamá sonrió con dulzura y me apartó un mechón de pelo de la cara. «Al menos veamos cómo es la casa por dentro antes de que empieces a burlarte del territorio del rey licántropo».
Mi papá soltó una carcajada desde el asiento delantero. «Para ser justos, no le falta razón. Este lugar es... bastante intenso».
Intenso era una buena forma de llamarlo. Oscuro, melancólico y aterrador, esas palabras también le quedaban bien.
Nuestro chofer era un guerrero rígido y silencioso llamado Maddox. Cuando atravesó las altas puertas de hierro, la realidad de la situación me golpeó de lleno: esto era verdad. No se trataba de unas vacaciones ni de una visita corta. Nos estábamos mudando a su territorio.
Nos mudábamos al territorio de Leo Damaris. El rey alfa de los licántropos.
Yo no sabía mucho de él. Solo conocía lo que había escuchado en historias y rumores a escondidas. Decían que era poderoso. Decían que no perdonaba a nadie. Se comentaba que la gente hacía una reverencia cuando él entraba a un cuarto. Y que nadie tenía la valentía de mirarlo a los ojos por mucho tiempo.
También se decía que había matado a su propio tío a los dieciséis años para quedarse con el trono.
Casi nada.
«Willow», dijo mi mamá con cariño, estirando la mano para tomar la mía. «Todo va a salir bien».
Le dediqué una pequeña sonrisa, escondiendo cómo se me retorcía el estómago por culpa de los nervios. «Lo sé. Estoy bien».
No lo estaba. Pero era muy buena fingiendo que sí.
El auto dobló por un camino más pequeño que se alejaba del castillo principal. Había filas ordenadas de casas de piedra escondidas bajo pinos inmensos. Había enredaderas que trepaban por las paredes y las chimeneas. Un cuervo negro y grande nos miró desde una cerca, como si nos tuviera bronca.
«Aquí es donde viven los miembros del consejo», comentó papá, dándose la vuelta un poco. «Nos asignaron una casa justo al lado del Alto Guardián Caelan Idris».
«Él era muy amigo del alfa anterior», agregó mamá. «Al parecer, pidió que nos alojaran cerca de él».
El auto se detuvo.
La casa era preciosa, con un estilo antiguo y un aire un poco espeluznante. Era de piedra y estaba cubierta de enredaderas. Las ventanas tenían persianas de color verde oscuro. De la chimenea salía un hilo de humo.
Antes de que yo pudiera abrir mi puerta, papá ya se había bajado. Rodeó el auto para abrirle la puerta a mamá, como hacía siempre. Ella salió dando una risa alegre. Su larga trenza se movió por su espalda cuando se acercó para darle un beso en la mejilla.
«Sigue siendo un encanto, doctor Vale», bromeó ella.
«Sigue siendo preciosa, señora Vale», le susurró él.
Se amaban con locura. Y yo no cambiaría eso por nada del mundo.
Salí al aire helado y me cerré bien la chaqueta. Mis botas crujieron sobre las piedritas mientras miraba a mi alrededor. Había otras casas en la calle. Todas eran grandes y daban un poco de miedo. Parecía el escenario de un cuento de hadas, justo antes de que apareciera el monstruo.
Desde algún lugar profundo del bosque, detrás de las casas, se escuchó el aullido grave y lejano de un animal.
Me quedé congelada.
Ese sonido tenía algo que no era solo animal. Sonaba... muy controlado. Parecía hecho a propósito para recordarle a todo el mundo quién mandaba ahí.
«¿Ese fue...», empecé a decir.
«Sí», respondió mi papá en voz baja. «Ese debe ser el alfa».
Mi corazón dio un salto traicionero. Tragué saliva y traté de calmarme.
«Bueno», dije tratando de sonar lo más relajada posible, «se lo nota muy simpático».
***
Por dentro, la casa era más acogedora de lo que esperaba. Tenía paredes de piedra, vigas de madera en el techo y una chimenea que ya estaba encendida en la sala principal. Alguien había pasado antes a dejarla lista. Sin embargo, seguía teniendo ese olorcito a encierro, como a madera vieja y misterios escondidos.
«Me pido la habitación más grande», anuncié en voz alta mientras pisaba las escaleras, que crujían a cada paso.
«Te vas a quedar en el ático si sigues con esa actitud», me contestó papá desde abajo.
Sonreí y seguí subiendo. En el segundo piso había tres cuartos y un pasillo largo. Desde las ventanas del pasillo se podía ver el bosque espeso que había detrás de la casa. Todas las habitaciones eran lindas, con ese estilo de cabaña de bruja antigua. Tenían camas con dosel, bañeras con patas y pisos de madera que hacían ruido.
La última habitación, al fondo del pasillo, era la más pequeña pero tenía la mejor vista. Sus ventanas altas daban a los árboles y había un pequeño escritorio en un rincón.
«Me quedo con esta», susurré para mí misma.
No era la más grande, pero se sentía... como el lugar correcto. Parecía el cuarto de alguien a quien no le importaba no encajar del todo. Como me pasaba a mí.
Abrí el ropero. Era muy viejo, obviamente, y olía un poquito a cedro. Empecé a colgar un poco de ropa, solo para sentir que vivía ahí y no en el decorado de una película de terror antigua.
El aroma conocido de mi suéter, a la lavanda de los cajones de mi mamá, me dio una punzada de tristeza en el pecho. En Nueva York, mi cuarto era súper chico. Apenas cabían una cama individual y una biblioteca. Era un lugar tranquilo. Yo estaba sola. Nunca invitaba a nadie, y tampoco nadie me pedía venir. La manada de lobos había sido educada conmigo, es cierto, pero nunca cariñosa.
Nadie quería ser el mejor amigo de la chica que no podía convertirse en loba.
Ya me había acostumbrado a fingir que no me importaba. Ponía mi mejor sonrisa. Me reía demasiado fuerte. Hablaba de cosas alegres para que nadie notara la tristeza que llevaba por dentro. Y funcionaba. Casi siempre.
Alguien tocó a la puerta de la entrada, en la planta baja.
«¡Yo voy!», grité antes de que los demás reaccionaran. Bajé las escaleras saltando de a dos escalones.
Cuando abrí, me encontré con dos chicas paradas en el porche de piedra. Eran idénticas, como solo pueden serlo las gemelas, pero transmitían una energía totalmente distinta.
La de la izquierda llevaba sus largas trenzas recogidas en una corona perfecta. Tenía puestos unos jeans oscuros y una chaqueta de cuello alto. Me miraba con unos ojos vivos e inteligentes.
La otra llevaba las trenzas sueltas, cayéndole por la espalda. Vestía un suéter largo color vino sobre una falda suelta. Ella ya me estaba sonriendo como si fuéramos amigas de toda la vida.
«Tú debes ser Willow-Rose», dijo la chica sonriente.
«Yo soy Reya», siguió hablando sin dejarme contestar. Dio un paso adelante y me tomó del brazo como si nos conociéramos de siempre. «Y esta es mi gemela, Meena. Vivimos en la casa de al lado. Eres más linda de lo que me imaginaba».
«Reya», dijo Meena con calma. «La acabas de conocer hace cinco segundos».
«Bueno, presentía que iba a ser un encanto. Y ahora confirmo que tenía razón».
Parpadeé sorprendida. «¿Hola?»
Reya me guiñó un ojo. «Vamos. Te vamos a dar el recorrido de bienvenida».
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, ya me estaban arrastrando suavemente hacia afuera. Miré hacia mi casa con cara de auxilio. Mi mamá se asomó por la esquina y me levantó el pulgar en señal de aprobación.
«Buena suerte», moduló con los labios, sin hacer ruido.
Pasamos por su casa. Era del mismo estilo que la nuestra, pero con detalles más alegres. Tenía plantas en macetas, adornos que sonaban con el viento y faroles con luces que parecían mágicas. Caminamos hacia un senderito que se metía más en los terrenos.
«Este lugar es demasiado», dije, mirando los árboles inmensos y las zonas oscuras. «Parece Hogwarts pero con lobos enojados».
«Ay, corazón», dijo Reya. «Espera a que el alfa te mire como si fueras un bicho raro».
«Él no es tan malo», murmuró Meena. «Solo es... muy intenso».
«Intenso como la lava de un volcán».
«¿Ya lo conocieron?», pregunté como si nada, fingiendo que no me moría de los nervios por dentro.
«Una vez», contó Reya. «Me preguntó si estaba perdida. Le dije que no. Aunque sí, estaba perdidísima».
Me solté a reír. Muy fuerte. Qué vergüenza.
Las dos se giraron para mirarme.
«Ya me caes bien», dijo Reya, dándome un empujoncito. «Te ríes con ganas».
«Gracias. La mayoría dice que me río muy fuerte».
«Sí es fuerte», respondió Meena con una pequeña sonrisa. «Pero también es una risa sincera».
***
Dimos la vuelta por un jardín y terminamos en la orilla de un campo enorme. Era un espacio abierto y grande donde los guerreros estaban practicando combate. Estaban sin camisa, algo que Reya no pasó por alto. Otros cuantos caminaban vigilando con una agilidad peligrosa.
Un hombre en particular nos vio y entrecerró los ojos. Era alto y corpulento, con el pelo rubio y corto. Su mirada se clavó en mí.
«Ese es Jason Hobbs», susurró Meena. «Es el beta. Aléjate de él a menos que te guste que te miren feo».
«Tomaré nota», murmuré.
En mi antigua casa, la gente también evitaba mirarme, pero por otros motivos. Por incomodidad o por lástima. Aquí, me miraban con desconfianza.
Sin embargo, mientras caminábamos de vuelta hacia la casa, sentí que algo cambiaba en el ambiente. Había una tensión que no sabía explicar. Como si el viento hubiera cambiado de rumbo o como si alguien nos estuviera vigilando desde las sombras.
Levanté la vista hacia el imponente castillo de piedra en lo alto de la colina.
Seguía sin haber señales del alfa.
Pero yo podía sentir su presencia. Como una tormenta a punto de estallar detrás de las nubes.
Y algo dentro de mí, muy en el fondo, sintió que él estaba prestando atención.
Más tarde esa misma noche, mi mamá prendió unas velas. Yo ya me había puesto unos calcetines suavecitos y estaba muy concentrada mirando mi cuaderno de dibujos. En eso, tocaron a la puerta principal.
Mi papá abrió.
«Caelan», saludó de forma amigable.
Me asomé por el pasillo y vi a un hombre alto en la entrada. Tenía la piel oscura. Su cabello gris y largo estaba trenzado y atado hacia atrás con una cinta de cuero. Llevaba un abrigo de lana oscura sobre lo que parecía una camisa de combate. Tenía la pinta de un hombre que podría acabar contigo con una sola mano... pero que preferiría prestarte su abrigo si tenías frío.
«Buenas noches», saludó el hombre, asintiendo con la cabeza de forma educada hacia mi mamá y hacia mí. «Espero no estar interrumpiendo».
«Para nada», respondió mi mamá. Dio un paso adelante y le tendió la mano. «Soy Mara Vale».
Él inclinó la cabeza en señal de respeto. «Caelan Idris. Es un placer conocerla».
«Pase, por favor», invitó papá.
«No me voy a quedar mucho», dijo Caelan, aunque de todos modos entró. Echó un vistazo rápido a la chimenea, a las cajas sin desempacar y al perchero lleno de abrigos. «Solo vine a preguntarles si les gustaría venir a cenar conmigo y con mis hijas. Reya no me lo perdonaría si dejo que cenen fideos solos en su primera noche aquí».
«Nos encantaría», aceptó mi madre de inmediato.
Yo asentí con una sonrisa. «Me parece que Reya ya nos organizó los próximos cinco fines de semana».
«Así es ella siempre», comentó Caelan con una ligerísima sonrisa. «Salió igualita a su madre».
Se hizo un silencio en la sala.
Noté cómo la expresión de mi padre se suavizaba. Era esa tristeza silenciosa de alguien que entiende el dolor ajeno porque también lo sintió.
«Tengo entendido que tu trabajo es... asombroso», le dijo Caelan a mi papá luego de una pausa. «Y eso es muy raro, incluso entre los licántropos».
Papá bajó la vista, siendo modesto como de costumbre. «Hago lo que puedo».
«Ojalá te hubiéramos tenido aquí hace muchos años».
Mi mamá apoyó su mano con cariño sobre la de mi padre.
Caelan asintió una vez y luego se volvió hacia mí. «Y tú debes ser Willow-Rose. Me enteré que ya te adueñaste de la mejor habitación de la casa».
«Obvio», contesté alegremente. «Soy fanática de la luz natural».
Y, para mi sorpresa, él se rió. No fue una carcajada, pero se rió. «Vas a ser muy popular en este lugar».
«Esas son palabras mayores», dije en un susurro, para que casi no me escuchara.
«Suelo decir cosas así. Y a veces hasta resultan ciertas».
***
La cena en la casa de los Idris fue cálida y un poco alborotada. Había olor a madera vieja, luz de velas, comida riquísima y risas por todos lados. Reya me pasaba los platos más rápido de lo que yo podía agarrarlos. Meena me hacía preguntas muy precisas sobre Nueva York, como si me estuviera analizando. Y Caelan... Caelan observaba todo.
Pero no de una forma que diera miedo. Más bien, parecía notar esos pequeños detalles que a los demás se les escapaban.
«¿Te gusta dibujar?», me preguntó de repente, con su voz grave.
Parpadeé sorprendida. «Sí. ¿Cómo lo...?»
«Estabas mirando la curva de tu cuchara como si quisieras aprendértela de memoria».
Me puse roja. «Bueno, no es tan raro».
Él esbozó una sonrisa. «Las mejores personas suelen ser un poco raras».
Reya se metió en la conversación con la boca llena. «Papá antes tallaba madera. Cuando tenía más tiempo libre y las manos no le dolían».
«¿Tallabas madera?», pregunté, asombrada de verdad.
«Hace tiempo», respondió Caelan. «Hasta que mis obligaciones me llevaron por otro camino».
Sus palabras tenían peso. Había una historia detrás que prefirió guardarse. Pero noté que, de a ratos, se quedaba mirando a mi papá. Lo miraba con un respeto silencioso y con algo más. Tal vez con arrepentimiento.
Más tarde, comimos el postre. Reya nos contó, con mucho drama, la vez que intentó teñirle de violeta las trenzas a Meena y que, por supuesto, salió todo mal. Después de eso, Caelan se levantó de la mesa.
«Mañana te voy a dar un recorrido por la zona», le dijo a mi papá. «Te voy a llevar a conocer el área de los sanadores y la biblioteca principal. Y seguro que para entonces Meena o Reya ya habrán arrastrado a Willow al campo de entrenamiento».
«Ah, yo no entreno», dije como si nada, pinchando un pedacito de zanahoria asada con el tenedor.
Se hizo un silencio total.
Reya dejó de masticar. Meena parpadeó un par de veces. Caelan simplemente me miró. No me juzgaba, pero parecía estar esperando a que dijera el verdadero motivo.
Sentí que ese silencio caía sobre la mesa como si fuera otro plato de comida, pero invisible. Mi mamá se acomodó a mi lado, lista para salir a defenderme. Pero yo le negué suavemente con la cabeza.
Era mejor decir la verdad de una vez y salir del apuro.
«Nunca me he transformado en loba», dije, mirando fijo mi plato. «Ni una sola vez. Simplemente... nunca pasó».
Otra pausa silenciosa.
Me preparé para lo peor. Me esperaba un momento incómodo, miradas raras y sonrisas de compromiso. Allá en casa, ni siquiera la gente más buena sabía cómo manejar esa noticia. Los ponía incómodos. Me ponía incómoda a mí. Me sentía como si fuera un misterio con patas.
Pero aquí, la cosa era distinta...
«Eso explica por qué andas con los hombros tan tensos», comentó Caelan con total tranquilidad, como si hablara del clima.
Parpadeé sorprendida. «¿Qué?»
«Te mueves como alguien que está constantemente a la defensiva. Como si hubieras pasado años preparándote para un ataque... por si las dudas».
Me quedé mirándolo, sin palabras.
Reya se estiró sobre la mesa y me agarró la mano. «¿Y qué importa? Te transformarás cuando sea el momento. O tal vez no. No importa, nosotras te cuidamos las espaldas».
Meena asintió. «Acá no medimos la fuerza de nadie por sus colmillos».
De pronto, sentí un nudo en la garganta.
«Llegué a pensar que estaba rota», confesé en voz baja.
«¿Rota?» Caelan sonó calmado pero firme. «¿O tal vez solo estás esperando el momento indicado?»
No supe qué responderle. De verdad no podía. Sentía el pecho apretado y, de repente, los ojos se me llenaron de lágrimas. Pero logré sonreír. Aunque fuera un poquito.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como un problema que alguien tenía que solucionar.
Me sentía... comprendida.
Reya me apretó la mano con cariño. «Pero te aviso una cosa, Willow. Algunos guerreros de por aquí tienen un olfato muy fino para... bueno, para todo. Huelen la fuerza, la duda y el miedo. No todos quieren hacerte daño, pero ellos solo respetan lo que entienden».
Meena asintió, mirándome muy seria. «A veces les cuesta entender la fuerza silenciosa. Pero que eso no te desanime. No tienes que demostrarles nada a ellos. Ni a nadie».
«Solo a nosotras, obvio», saltó Reya, muy contenta. «Para mañana en el desayuno te exigimos lealtad absoluta y un juramento de hermandad».
Me eché a reír. Fue una risa sincera y tan de golpe que hasta a mí me sorprendió.

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