
Clases particulares
Autor
Chaotic Soul
Lecturas
2,1M
Capítulos
35
Capítulo Uno
RILEY
—¡Por Dios, que pare ese ruido! —exclamé con los ojos aún cerrados.
Intenté apagar mi escandaloso teléfono, pero se me resbaló al suelo.
—Fantástico.
Me quité la manta de encima y recogí el teléfono. Tenía una pequeña grieta y el nombre de mi mejor amiga en la pantalla.
—¡Lucy! ¡Es domingo! —le grité al aparato. No me hacía ni pizca de gracia que me despertaran, y menos los domingos.
—¡Buenos días a ti también! —respondió ella, sin sonar muy contenta.
Puse los ojos en blanco.
—Esto más vale que sea importante —bostecé, tumbándome de nuevo en la cama y apartando mi melena castaña de la cara.
—Las clases empiezan mañana y ahora somos seniors. Tenemos que ir de compras, Ri.
—Querrás decir que tú tienes que ir de compras —repliqué, intentando volver a acurrucarme bajo la manta.
—Riley Adams, levántate ya. Estaré ahí en quince minutos para llevarte al centro comercial —colgó antes de que pudiera decir ni pío.
Adoraba a Lucy, pero a veces podía ser un verdadero grano en el culo.
Después de refunfuñar un rato, me levanté de la cama y me di una ducha rápida.
Me puse mis vaqueros rotos y mi sudadera favorita de Gryffindor, luego me recogí el pelo en un moño antes de bajar. Mi padre estaba en el sofá leyendo el periódico.
—Vaya, estás despierta temprano. Es domingo, ¿no? —preguntó, mirando por encima de sus gafas para comprobar la fecha en el periódico.
—Lucy me obliga a ir de compras —dije, cogiendo un bol y cereales de la cocina.
—Pero eso es bueno, ¿no? Podrías usar algo de ropa nueva —alcanzó su cartera para darme dinero.
—No voy a comprar nada para mí, papá. ¿Y qué tiene de malo mi ropa? —dije, mirando mi sudadera y vaqueros.
—Nada, cariño, pero si quieres ropa nueva, pídeme dinero. No tengas reparo en pedirlo —me dedicó una sonrisa amable.
Suspiré, llevando mi bol de cereales hacia él.
—Lo sé, papá, pero estoy bien así.
—De acuerdo, entonces. Voy a la tienda a comprar para la cena. Cierra con llave antes de irte, ¿vale? —me besó en la frente y se levantó para irse.
—Vale.
Éramos solo mi padre y yo. Mi madre no estaba en el panorama.
Ella y mi padre se divorciaron cuando yo tenía cinco años. Lo dejó por otro hombre. No hablábamos con ella, y ella tampoco intentaba ponerse en contacto con nosotros.
Mi padre era carpintero. Ganaba un dinero decente, pero no siempre suficiente, así que yo trabajaba a tiempo parcial en una biblioteca cerca del instituto.
A papá no le hacía mucha gracia que trabajara y estudiara a la vez, pero lo había convencido.
Podía ser muy cabezota cuando me lo proponía.
Nos las apañábamos para pagar las facturas, pero me preocupaba la universidad. Era una estudiante del montón, así que no podía conseguir becas.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando alguien llamó a la puerta.
—¡Ya voy! —dije, dejando mis cereales a medio comer en la mesa y corriendo a abrir.
La abrí para encontrarme con mi mejor y única amiga, Lucy Wilson.
Era muy diferente a mí.
Guapa. Inteligente. Rica.
Todos los chicos del instituto babeaban por ella. A veces me preguntaba por qué se juntaba con alguien como yo.
Nunca presumía de su dinero, a diferencia de otras chicas ricas. Esa era una de las razones por las que me caía tan bien. Éramos amigas desde primero de primaria.
—¿Lista para irnos? —preguntó alegremente, agitando sus llaves del coche frente a mí.
Cerré la puerta con llave.
—Sí, pero ¿por qué no debería matarte ahora mismo?
—Porque me quieres, nena —me guiñó un ojo y se metió en su coche. Yo me subí al asiento del copiloto.
—Te odio, Wilson. Me debes una gorda —dije, acomodándome en el asiento. Pronto estábamos en marcha.
—Deja de quejarte, Ri. Será divertido.
—Divertido para ti. Un rollo para mí.
—Vamos a comprarte algo de ropa nueva también. Algo sexy y provocativo. Es el último año, Ri, y sigues siendo virgen —dijo la última parte en voz baja.
Fruncí el ceño.
—¿Acaso parece que me importe? —me encogí de hombros.
Me ignoró.
—Pero a mí sí me importa, y como tu mejor amiga, es mi trabajo asegurarme de que consigas novio este año. Vas a tener sexo antes de que nos vayamos a la universidad.
Eso era fácil de decir para ella. Estaba saliendo con Andrew Simmon. Él estaba en el equipo de natación y era perfecto. Llevaban juntos casi un año.
—Tengo cosas más importantes de las que preocuparme, Lu —dije en voz baja.
Ella suspiró ruidosamente.
—Ya te lo he dicho, mis padres pagarán tu universidad, nena. Puedes devolvérselo cuando puedas.
Negué con la cabeza enérgicamente.
—¡Ni hablar! Te lo he dicho mil veces, no estoy de acuerdo con eso. Puedo encontrar la forma de ganar dinero extra y ahorrar para la universidad.
Miré por la ventana.
—Eres más terca que una mula —dijo ella.
Pero yo ya estaba pensando en otras cosas.
***
—¿Qué tal esta? —preguntó Lucy, saliendo del probador con una falda morada.
—¡Puaj! Ni de coña —dije. Ella me miró enfadada.
Llevábamos horas en este tira y afloja. Al final, compró el vestido que había elegido primero.
—¿Con quién estás mensajeándote? —pregunté, con mi estómago rugiendo mientras caminábamos hacia McDonald's.
—Andrew. Ha vuelto de su viaje y no veo la hora de verlo —dijo, sonando muy feliz. No pude evitar sonreír al ver lo emocionada que estaba. Hacían una pareja muy mona.
La idea de tener novio me picaba la curiosidad a veces. No era completamente aburrida. Había tenido una cita o dos, pero no habían salido bien.
No era el tipo de chica que solía gustar a los chicos. Era del tipo empollona, siempre con sudaderas y ropa holgada. Pero honestamente, estaba bien con eso.
Quería que un chico me gustara por quien era. No quería cambiarme solo para conseguir novio.
—¡Eh, Adams! ¿Todavía no puedes permitirte comprar en el centro comercial?
La voz era familiar y molesta. Me di la vuelta para ver una cara irritantemente perfecta, una cara que realmente me sacaba de quicio.
¡Tristan-maldito-Harris!
Capitán del equipo de fútbol.
Popular.
Guapo.
Molesto.
Engreído.
Más chulo que un ocho.
Lo odiaba a muerte. Nuestra pelea comenzó en séptimo grado cuando empezó a meterse conmigo sin ton ni son. Solo había ido a peor desde entonces.
Todos los chicos populares necesitaban a alguien con quien meterse, para demostrar lo geniales que eran, y parecía que yo era la víctima elegida por Tristan.
—Lárgate, Tristan. Déjala en paz —le dijo Lucy. Pero él solo se rió con sus amigos mientras seguían caminando hacia nosotras.
—Siempre es divertido, Adams. No puedo esperar para molestarte en el instituto mañana —sonrió maliciosamente, y yo le enseñé el dedo corazón mientras pasaba con sus estúpidos amigos.
—Dios, no soporto a ese imbécil —dije.
Lucy me rodeó los hombros con el brazo.
—No dejes que te amargue, nena. Solo un año más.
—Sí. Vamos a casa. Ya se me ha quitado el hambre —dije, sintiéndome desanimada. La arrastré hacia la salida.













































