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Mason Libro 2

Autor
Zainab Sambo
Lecturas
17.9K
Capítulos
32
Autor
Zainab Sambo
Lecturas
17.9K
Capítulos
32
🤑Multimillonarios💪🏻Protector🎭Drama🏙️Contemporáneo💰Multimillonarios💪🏻Machos alfa

Mason Campbell, un poderoso multimillonario, esconde peligrosos secretos que podrían destruir a su familia. Cuando su esposa, Lauren, empieza a notar a hombres extraños vigilándola y recibe amenazas de chantaje de su padre, del que está distanciada, sus vidas se hunden en una red de engaños y peligro. Mientras Mason y Lauren enfrentan amenazas por todos lados, deberán confiar en su amor y su confianza mutua para proteger a su familia y descubrir la verdad detrás de las siniestras fuerzas en juego.

Prólogo

Libro 2: Rey Intrépido

Después de que se descubrieran revelaciones impactantes sobre su familia y de que toda su vida diera un vuelco, Lauren pensó que todo había terminado para ella. Así habría ocurrido, de no ser por el multimillonario amor de su vida, Mason Campbell. Ahora, sin embargo, las cosas no podrían ir mejor... excepto por el hecho de que unos misteriosos hombres la siguen constantemente. Lo que no sabe es que Mason está luchando por ella contra un poder siniestro y que hará todo lo posible por protegerla.
—Ya viene.
Los susurros se extendían por el edificio, los corazones se aceleraban y el calzado hacía un leve ruido contra el suelo de mármol al añadir más ritmo a sus pasos.
El ascensor abrió sus puertas y sus ocupantes se dispersaron rápidamente, corriendo a sus respectivos escritorios y oficinas.
Un zapato pulido salió de la cabina. Vestido con un traje azul marino, rebosante de donaire y poder: allí estaba Mason Campbell.
Su rostro cuadrado se mostraba inexpresivo, sus suaves labios formaban una línea firme y su cabello oscuro estaba recogido. Los ojos plateados, misteriosos y mortíferos, brillaban contra el rostro esculpido.
Mason Campbell.
Multimillonario.
Omnipotente. Inteligente. Adorado.
Y ocupado.
Llevaba un año siendo noticia. Sus conexiones con personajes poderosos le habían hecho intocable. El público confiaba en él. Los medios de comunicación no dejaban de alabarle.
Era el campeón de los desvalidos.
Tres años antes había ampliado su negocio, aventurándose en diferentes campos, y recientemente había empezado a financiar proyectos tecnológicos, muchos de los cuales habían alcanzado el éxito.
Era la primera vez en dos años que aceptaba ser entrevistado.
La reportera, Cynthia Wayne, estaba sentada en el borde de una silla en la zona de recepción, observando los elegantes trajes blancos y negros que se paseaban por la oficina, las mujeres con sus ropas de diseño y sus bolsos que atendían llamadas de todo tipo.
Todos trabajaban en una sincronización absolutamente perfecta.
Era la primera vez que veía a Mason Campbell, saliendo del ascensor con una comitiva de hombres de negocios detrás de él. Dejó escapar un suspiro. Era realmente lo que todos decían que era.
A la edad de treinta y seis años, su seguridad y la atención que suscitaba eran extraordinarias.
Pasó por delante de ella con la fuerza de un huracán y desapareció en el interior de su despacho, dejándola temblando y preguntándose si podría entrevistarle sin farfullar lamentablemente.
Un hombre, que parecía ser el ayudante de Campbell, dejó la puerta del despacho ligeramente entreabierta al entrar, y Cynthia se inclinó hacia delante, esforzándose por escuchar lo que se discutía dentro.
—Señor, su cita de las diez le está esperando. Tiene cinco minutos, como usted pidió.
Cynthia se esforzó por escuchar la respuesta, pero no pudo captar nada.
—Obtendremos una copia de la entrevista y la revisaremos antes de que la publiquen. Sí, señor Campbell —dijo el asistente. Salió del despacho e inclinó la cabeza en su dirección antes de llamarla hacia la puerta—. No olvide que la entrevista es de cinco minutos. El señor Campbell tiene asuntos más urgentes.
Cynthia emitió un nervioso graznido de agradecimiento mientras agarraba su bolso y entraba antes de cerrar la puerta. Todo en el despacho era de cristal y suelos de piedra. Sus paredes tenían exquisitos cuadros colgados, perfectamente ordenados.
—Señorita Wayne —escuchó. Una voz suave atrajo su atención hacia el hombre sentado en una enorme silla de cuero hecha para reyes.
Ocupaba toda la estancia.
Su traje de mil libras y su reloj no eran nada comparados con el hombre en sí. Tanto ojos grises intensos y brillantes como sus rasgos eran oscuros y vivos.
No había duda de que aquel hombre podía doblegar a cualquiera a voluntad.
El señor Campbell se levantó y adelantó su gran mano, mientras ella deslizaba sus dedos en su duro agarre.
Una vez que él se sentó de nuevo con una pose de seguridad que sólo adquieren los hombres poderosos, ella se adelantó y se sentó en una de las sillas frente a su gran escritorio de madera oscura.
La energía en la sala era fuerte y zumbaba.
—Señor Campbell, muchas gracias por dar a The Midnight Hour esta oportunidad de entrevistarle. Sé que a muchos reporteros les gustaría estar en mi posición ahora mismo.
—Mmm... —Mason su reloj, haciéndola tragar saliva cuando habló—. Por favor, proceda, señorita Wayne.
Cynthia cogió su grabadora con manos temblorosas y pulsó el botón rojo, intentando parecer profesional.
—Industrias Campbell siempre ha sido una empresa tecnológica, pero en pocos años se ha aventurado en los sectores médico, automovilístico y de marketing, y he oído que tiene previsto abrir centros turísticos en Inglaterra, Emiratos Árabes Unidos y Australia. ¿Cómo se sintió al llegar al punto en el que se encuentra hoy su negocio?
El entrevistado entrelazó sus manos.
—Siempre me he tenido que dar las gracias a mí mismo porque he conseguido lo que nadie suele a mi edad. Tenga por seguro que trabajo duro, muy duro, para conseguirlo. Tomo decisiones basadas en la lógica y los hechos. No espero a que algo suceda: hago que suceda. Cuando empecé con Industrias Campbell hace varios años y la empresa floreció, sentí que había logrado lo que siempre había querido. Pero ahora, el éxito de mis proyectos se ha convertido en algo ordinario.
—¿Cómo maneja este pequeño imperio? —preguntó la reportera, nerviosa—. Tienen sucursales en veintiocho países, más de doscientas mil personas empleadas, y la ampliación continúa.
—Empleo a las personas más capacitadas y competentes que se encargan del trabajo que no es necesario que yo realice —señaló. No reaccionó a ninguna de las preguntas. Su voz se volvía más fría, más tranquila, cada vez que respondía—. Intervengo cuando es absolutamente necesario; pero, aparte de eso, me mantengo centrado en Industrias Campbell.
—¿Ha oído lo que la gente dice de usted? Que debe de ser el hombre más afortunado del mundo.
Mason levantó una ceja.
—No se trata sólo de suerte, señorita Wayne —hizo una pausa y la miró fijamente—. Tiene que ver con la gente con la que te relacionas. La clave es emplear a las personas adecuadas y darles el control de tu empresa. Sin el equipo adecuado, seguro que hay grietas.
Ella asintió en señal de comprensión.
—Recientemente ha sido portada de la revista Forbes, que le cataloga como el octavo hombre más rico del mundo sin contar la herencia de su familia. ¿Qué consejo puede dar a otros que esperan estar en su lugar algún día?
—Trabaja duro. Piensa mucho. La gente siempre dice que cometer errores te ayudará a crecer, o que es una lección que puedes corregir. Yo no creo en eso. No creo en desviarse de un camino. Cuando cometa un error, voy a seguir el mismo proceso una y otra vez hasta que lo obligue a convertirse en un éxito. Soy un hombre obstinado, señorita Wayne, y los hombres que son obstinados siempre estarán acompañados por el éxito.
Una sonrisa de cariño apareció en su rostro, una que no era recíproca. Era cierto lo que todos decían; Mason Campbell no creía en nadie más que en sí mismo.
Su máxima confianza en sus capacidades le hacía merecedor del derecho a estar donde estaba en aquel momento.
Había un tema en el que la periodista quería profundizar, algo que todo el mundo se preguntaba. Para ser un hombre que siempre había estado en el ojo público, era poco lo que se sabía de él y de las decisiones que tomaba.
—Perdone que le pregunte esto, pero su padre murió el año pasado y usted encargó la edificación de un orfanato en su nombre y el de su hermano...
Un duro muro le cubrió la cara.—
Señorita Wayne, voy a ser muy directo con usted —sus palabras cayeron como granadas sin seguro—. Odio a los periodistas. Siempre creyéndose con derecho a saber y ser parte de todo. Hacerme preguntas personales sólo va a conseguir que usted y su empresa entren en la lista negra. No querrá que eso ocurra, ¿verdad?
Los ojos de Wayne se abrieron al límite de su capacidad.
—Lo siento, señor Campbell. No sabía.... —vaciló. Su garganta se cerró mientras su corazón intentaba encontrar una escalera para salir de su pecho—. Por favor, no...
Mason hizo un gesto con la mano, con el rostro perfectamente tallado.
—No hay nada que no se pueda perdonar con una simple disculpa —comentó. Miró su Rolex—. Creo que su tiempo se ha acabado, señorita Wayne.
No podía creer que ya hubieran pasado cinco minutos, pero ¿quién era ella para objetar? Cynthia se levantó de su asiento y guardó la grabadora en su bolso, enfrentándose a él una vez más mientras ofrecía su mano para estrechar la suya.
—Gracias por su tiempo, señor Campbell.
Miró la mano tendida ante él, pero no hizo ademán de estrecharla.
—Le saludé cuando entró porque pensé que podía confiar en usted, señorita Wayne. No voy a volver a estrecharla porque esas preguntas no fueron las que usted le presentó a mi asistente. Que tenga un buen día —le dijo mientras volvía a mirar su ordenador, dejándola temblando.
La puerta se cerró.
Tres segundos después, la puerta se abrió de nuevo. Mason levantó la cabeza de su ordenador y posó sus ojos grises en el hombre que tenía delante, que miró brevemente detrás de su hombro hacia la puerta.
—Pensé que ésta iba a salir con lágrimas en los ojos.
—Me he vuelto más amable —Mason volvió a mirar su ordenador mientras escribía un correo electrónico importante.
Gale ocupó la silla que la reportera había dejado libre, cruzando su pierna sobre la otra.
—¿Es eso lo que te dices a ti mismo en el espejo? —resopló—. Ayer mismo casi hiciste que la pobre Wendy se echara a llorar porque se olvidó de abrocharse la camisa.
—Lo cual era muy inaceptable y había que decirlo. ¿Qué me importa cómo lo recibió?
Un silbido se escapó de la boca de Gale.
—¿Cómo se las arregla Lauren contigo? —soltó en voz baja, medio divertido y medio incrédulo. Mason clavó los ojos en su amigo, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es sencillo. Un vaso de whisky suaviza las cosas —informó con descaro.
Sofocando una carcajada ante la réplica, Gale sacudió la cabeza.
—Entonces, ¿la has convertido en alcohólica?.
—No del todo.
—¿Me lo vas a contar?
—Cuando sea asunto tuyo, tal vez —respondió Mason, apoyando las manos sobre su escritorio. Enviando a su amigo una mirada sombría, la diversión que tenía en su rostro unos segundos antes se vio truncada—. ¿Lo has conseguido?.
—Por supuesto —Gale sacó un sobre de su americana y lo deslizó por el escritorio. Mason pinchó el sobre con un bolígrafo para mantenerlo en su sitio—. En el mismo lugar que los otros. Hice que unos cuantos hombres revolvieran la calle, pero no encontraron a nadie.
—No me extraña —anunció Mason secamente. Tomó el sobre negro en la mano y giró su silla para mirar el retrato que tenía detrás.
Poniéndose en pie, descolgó el cuadro, revelando una caja fuerte oculta. Introdujo el código de cinco dígitos. Lo que había dentro de la caja fuerte eran docenas de sobres, exactamente iguales que el que tenía en sus manos, del que se separó arrojándolo dentro.
Colocó el retrato en su sitio y volvió a su asiento.
—¿Crees que es prudente? ¿Ocultárselo a Lauren?
—Es por su propio bien —los labios de Mason se aplanaron en una línea dura.
—En realidad, son de ella.
Los ojos de Mason eran brillantes y afilados.
—Lo que es suyo es mío, y lo que es mío es suyo. Así es como funciona el matrimonio, Gale; cosa que sabrías si sentases la cabeza y dejases de comportarte como un adolescente.
—Estás desviando el tema —Gale frunció el ceño, ligeramente divertido—. No es propio de ti, Mason.
—Estoy frustrado y prefiero no hablar de ello.
Hubo un silencio amenazante, el despacho se llenó de una terrible tensión, el aire mismo parecía crepitar con la amenaza de violencia que no se proyectaba entre ellos, sino que estaba relacionada con el secreto que habían jurado guardar.
Gale observó la estancia y luego giró la cabeza para mirar a su amigo.
—No me gusta ocultarle esto —admitió solemnemente, pasándose los dedos por el pelo—. Si ella se entera, mis problemas serían tan graves como los tuyos. Creo que deberías contárselo.
Inclinándose hacia delante, Mason golpeó con un puño cerrado la madera de su escritorio.
—Esto sería lo último que le diría a Lauren, y no intentarás decir ni una palabra al respecto. No obstante, Gale, si siguieras insistiendo, me vería obligado a limitar tu tiempo con mi esposa —señaló, con un ceño negro en el rostro—. De hecho, me encargaría de que vuestros caminos no se cruzaran.
—Muy bien, muy bien. Ya has dicho lo que querías. Pero cuando todo esto te explote en la cara, no digas que no te lo advertí. Si hay algo que Lauren odia es que le ocultes algo.
—Gracias por recordarme lo que no le gusta a mi mujer —replicó Mason echando humo, con ojos decididamente desagradables.
Mason no estaba preocupado.
Rara vez se preocupaba. Esta era una de aquellas veces en las que estaba seguro de que las probabilidades estaban a su favor. Le ocultaría aquel asunto a Lauren como lo había hecho durante los últimos meses.
Cualquier cosa para asegurar que la pequeña burbuja de felicidad en la que se encontraba no estallara. No quería arrastrarla de nuevo al mismo lugar en el que había estado hace tres años.
Nunca más.
Era su obligación protegerla.
Si tenía que destruir a alguien en su camino para asegurar su felicidad, lo haría. Sin dudarlo. Sin pensarlo dos veces. Sin arrepentimientos.

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