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Salvaje Libro 3

Autor
Kristen Mullings
Lecturas
18.2K
Capítulos
30
Autor
Kristen Mullings
Lecturas
18.2K
Capítulos
30
🧶BDSM🥵Erótica🎭Drama🏙️Contemporáneo💰Multimillonarios🖤Oscuro

En un torbellino de pasión, peligro e intriga, "¡Kaboom!" narra las tumultuosas vidas de Roman y Sage mientras se abren paso en un mundo de crimen, traición y amor. Desde la tensión del arresto domiciliario de Roman hasta las amenazas explosivas que los persiguen por varios continentes, su travesía es una búsqueda incesante de seguridad y justicia. Al descubrir oscuros secretos y enfrentar peligros mortales, su vínculo se pone a prueba de maneras que jamás imaginaron. ¿Sobrevivirá su amor al caos, o las sombras de su pasado terminarán por consumirlos?

¡BUM!

SAGE

Me quedé desnuda en el ático de Roman viendo cómo el sol se hundía en el lago Michigan a través de las puertas de cristal que daban al balcón.
Echaba de menos las vistas de Berlín. La catedral de Berlín. El Spree. Incluso la torre de televisión.
Pero como dijo una vez una mujer sabia, no hay lugar como el hogar.
Hice girar la copa de vino en mi mano y le di un sorbo lento. El tinto añejo despertó mis papilas gustativas.
—¿A qué sabe? —La voz hambrienta de Roman ronroneó detrás de mí.
Sumergí la nariz en el vaso y tomé otro sorbo, deteniéndome en el rico y complejo aroma.
—Roble. Frambuesa. Y... um... —Me aferré a la última esencia escurridiza—. ¿Azúcar moreno?
—Estás adquiriendo un buen paladar, Kätzchen.
Sonreí. —Lo dices como si tuvieras algo que ver con ello. Siempre he tenido buen gusto.
—Quizás —admitió Roman. Incluso después de tantos meses juntos, su áspero acento alemán me hizo sentir un cosquilleo en la espalda.
Y ese no era el único lugar en el que sentía un cosquilleo...
—¿A qué sabes tú? —le contesté, con el corazón latiendo más rápido.
—Hmmmmm...
Oí el crujido del suelo detrás de mí cuando Roman dejó su copa de vino. Su aliento caliente recorrió mi espalda...
¿Qué está tramando?
De repente, su lengua recorrió mi culo desnudo. Me estremecí incontroladamente.
—Es curioso —dijo—. Tu también sabes a azúcar moreno.
Mis ojos se llenaron de indignación.
—¡Racista de mierda…!
Las fuertes manos de Roman se aferraron a mi cintura mientras se introducía en mi coño.
—Mierda... —gimoteé—. Roman...
En el par de años que llevábamos juntos, mi Deidad Alemana y yo habíamos follado en casi todas las posiciones imaginables. Pero pocas cosas me volvían más loca que la forma en que me lo comía. Me lamía como si fuera un postre. Saboreando cada lametón.
Disfrutando..
Entrañable.
Me retorcí de placer, pero su agarre se mantuvo firme mientras su lengua rodeaba mi clítoris cada vez más rápido. Mi coño era un torbellino.
—Ohhhh...Diooos...Romannn...
¡CRAS!
La copa se me resbaló de la mano y se hizo añicos en el suelo de madera, mezclando vino con los jugos que ya había soltado. Roman me estrujaba como a una maldita esponja.
—Klutzy Kätzchen.
Se levantó rápidamente. Sentí su polla rígida y desnuda rozando la parte baja de mi espalda antes de que me levantara en brazos. Lo miré suplicante a sus ojos diabólicos.
—Haz que me corra, amor. Por favor.
Me devolvió la mirada con una expresión ilegible y, por un momento, pensé que me esperaba un castigo, y no del tipo que me gustaba.
Pero en lugar de eso, su boca dibujó una sonrisa.
—Solo porque me lo pediste tan amablemente.
Acunándome como a una novia, Roman pasó por encima de los cristales rotos y abrió de un empujón la puerta del balcón. El sol apenas se veía en el horizonte.
—¿Y los vecinos? —pregunté mientras me dejaba en una tumbona. Roman se limitó a reírse, con su cuerpo esculpido brillando en la luz que se desvanecía.
—¿Cuándo nos han importado los vecinos?
Se arrastró sobre mí, mordisqueándome las tetas. Mientras su polla se clavaba en el interior de mis muslos, solo podía pensar en que me llenara.
En lo fuerte que me correría, y en lo fuerte que haría que se corriese...
¡BIP! ¡BIP! ¡BIP! ¡BIP! ¡BIP!
—¡Scheisse!
Mi tigre volvió a convertirse en un gatito mientras ambos mirábamos el voluminoso monitor de plástico que le rodeaba el tobillo.
—Olvídalo, Roman —le rogué—. Solo fóllame.
—¡No puedo olvidarlo, Sage! —se quejó—. ¡Los federales pensarán que estoy tratando de escapar! ¡Joder!
Con un gruñido frustrado, se sentó. El monitor se estaba volviendo loco, la lucecita roja parpadeaba y pitaba sin parar.
Tras su detención en Berlín, Roman fue extraditado a Estados Unidos por el FBI. Estuvo en arresto domiciliario en Chicago durante las semanas previas a su juicio.
Roman se enfrentaba a cargos por complice, por ayudar a Ekko a ocultar las pruebas del asesinato de Tara. Por suerte, el FBI parecía más interesado en inculpar a Ekko. Roman tenía una buena oportunidad de obtener una sentencia reducida si testificaba contra su hermano.
Y después de todo lo que había pasado en Berlín, estaba más que dispuesto a cooperar.
Admiré a Roman por tener la valentía de entregarse, y lo amé aún más por ello. No cualquiera hubiera sido capaz de enfrentarse a un pasado tan oscuro como el suyo.
Y, en el fondo, sabía que lo que le había pasado a Tara no era culpa de Roman.
Era de Ekko.
Y esta vez, ese baboso hijo de puta pagaría por sus crímenes. El FBI se encargaría de ello.
Solo esperaba que Roman no se hundiera con él.
Me senté en la tumbona. Mi valiente novio desnudo golpeaba el monitor, que seguía sonando, como una especie de neandertal.
Mi propio Pedro Picapiedra.
—Tal vez se detenga si volvemos a entrar —sugerí.
—Sí. Tal vez. —Suspiró con fuerza—. Pero ya se me ha cortado el rollo.
—No pasa nada. —Le froté la espalda con ternura, besando su hombro—. Ya me lo compensarás más tarde.
Roman me besó la frente. Se levantó, tirando suavemente de mí para ponerme de pie antes de guiarme hacia el interior.
Una vez más, mis ojos se dirigieron a la puesta de sol. La última franja desapareció bajo el lago, dejando una estela de tenue luz verde.
¡Oh, Dios mío!
—¡¿Has visto eso?! —grité.
—¿Ver qué? —La voz de Roman llegó desde el interior.
—¡El Relámpago Verde! Se supone que da buena suerte.
—Eso es solo un cuento de viejas.
Cuando entré, el monitor de Roman dejó de sonar.
—¿Solo un cuento de viejas? —me burlé, pasando de puntillas alrededor de los cristales rotos, dirigiéndome hacia el montón de ropa que había dejado en el suelo.
Roman sonrió cuando le pasé los calzoncillos.
—Hmmmm —murmuró—. Quizá debería contemplar la puesta de sol más a menudo...

ROMAN

—Es usted un hombre afortunado, Sr. Heinrich.
—¿Afortunado? —Miré a la agente Marfa al otro lado de la mesa del comedor. La mujer de mejillas sonrosadas parecía más una madre de familia que un federal. Pero tenía la sensación de que su aspecto ocultaba a una detective curtida.
—Me han acusado de ser cómplice de asesinato. Llevo más de un mes preso en mi propia casa. He pasado de ser un exitoso hombre de negocios a un Rottweiler con un collar de choque.
Me subí el bajo de mi pantalón de traje Fendi para mostrarle el monitor del tobillo.
—Por favor, explícame exactamente por qué soy “afortunado”.
Sage me puso la mano en la rodilla, buscando calmarme Prácticamente podía sentir las venas sobresaliendo de mi cuello.
Mi abogado me miró con los ojos muy abiertos al otro lado de la mesa.
Respiré profundamente y me acomodé en mi silla.
Marfa intercambió una mirada con su colega, el agente Simmons, un hombre de ojos férreos que probablemente no había sonreído en su vida.
Los agentes del FBI se habían reunido con Sage y conmigo en el ático para hablar del juicio. Les pregunté si podíamos reunirnos en su oficina con la esperanza de poder respirar aire fresco por el camino, pero los agentes habían insistido en hacerlo en mi elegante prisión.
Y ellos sabían exactamente lo que me estaban haciendo.
No era indigno de su frialdad. Había sido cómplice de un asesinato y aún me sentía responsable de la muerte de Tara.
Pero después de un mes bajo control federal, me sentía inquieto, una emoción que encajaba tanto conmigo como el zumo de naranja y el arsénico.
—Señor Heinrich —continuó Marfa con esa voz lenta y maternal que me volvía loco. —Hemos hablado con nuestros superiores sobre su caso. La información de su testimonio podría encerrar a su hermano durante mucho tiempo. Y Ekko Heinrich no tiene un historial impecable precisamente.
—¿Te refieres a los casos de agresión sexual? —Agarré la mano de Sage, recordando su encuentro con Ekko.
—Entre otros delitos —respondió rápidamente Simmons, intercambiando otra mirada con Marfa—. Digamos que le harías un gran favor al FBI metiéndolo entre rejas. Un favor por el que serías recompensado.
Sage y yo compartimos ahora una mirada.
¿De qué están hablando?
—¿Podrían explicarse mejor? —preguntó mi abogado.
Simmons se dirigió a él. —Su cliente se declara culpable de los cargos que se le imputan por cómplice que podrían encerrarlo con una sentencia mínima, quince años, hasta cadena perpetua...
Inconscientemente le apreté la mano a Sage. Sabía que enfrentarse a mi pasado tendría consecuencias, pero oírlas en voz alta me heló la sangre.
¿Cómo sobreviviría en la cárcel sin mi Kätzchen?
—Sin embargo, en reconocimiento a su testimonio contra Ekko —continuó Simmons—, podríamos arreglar que el señor Heinrich saliera con una sentencia suspendida. Nunca vería la cárcel.
—¿De verdad? —Sage se animó y su dura fachada se resquebrajó de emoción. No pude evitar sentir una chispa de esperanza también.
—Así es —confirmó Marfa—. Queremos a Ekko. No a Roman.
***
Después de nuestra reunión con el FBI, Sage sacó mi Bentley para ir a comprar algo de champán de Binny's. No quería gafar nada, pero Sage insistió.
—Roman —me dijo en el vestíbulo, acariciando mi cara con sus suaves manos—. El FBI básicamente te ha ofrecido tu libertad. No vas a ir a la cárcel. ¡Necesitamos celebrarlo!
Luego me besó la mejilla, y yo vi su hermoso trasero salir disparado por la puerta principal.
Pero ahora, mientras estaba sentado en el salón mirando el lago Michigan, la melancolía se apoderó de mí.
¿Estaba realmente dispuesto a vender a mi propio hermano?
Era una locura sentir una pizca de lealtad hacia Ekko después de todo lo que nos había hecho a mí y a Sage, pero seguía siendo de mi sangre. Lo odiaba a muerte, pero también lo amaba.
Ugh. La familia es tan jodidamente complicada.
Solo había una opción, por supuesto —para Sage, para mí y para todos los Estados Unidos de América, según Marfa y Simmons—, pero eso no significaba que tuviera que alegrarme por ello.
¡RIIING! RIIING!
Miré mi teléfono.
Huh. Álvaro. ¿Qué quiere ese cubano loco?
Hacía años que no sabía nada de mi viejo amigo. Lo último que supe es que había aceptado una plaza en la embajada del gobierno cubano.
No podía creer que ese estafador de poca monta hubiera logrado algo por sí solo.
¿Que querrá?
Agradeciendo la distracción, cogí la llamada.
—¡Álvaro! —grité en el auricular—. ¡Cuánto tiempo, amigo mío!
—Tu acento sigue siendo una mierda, Román —se rió Álvaro en su familiar tono barítono—. Pero aprecio tu débil intento de hablar español.
—¿A qué debo este placer? La última vez que hablamos, íbamos hasta las cejas de coca en el yate de esa condesa por Saint Croix. ¿Estoy en lo cierto?
—Mi memoria está un poco borrosa de aquellos días, pero eso suena bien. Sin embargo, los tiempos han cambiado, amigo mío.
—En efecto, lo han hecho —dije, y mis ojos se dirigieron al monitor de mi tobillo.
—Hace tiempo que quería llamarte... —La voz de Álvaro se volvió tensa—. Me he enterado de la situación de Berlín. Parece grave.
Mi corazón se hundió. Había intentado mantenerlo en secreto al mundo exterior durante mi arresto domiciliario, pero, sin embargo, la historia había llegado a las noticias internacionales.
Hermanos multimillonarios conspirando para encubrir un asesinato de hace veinte años no era precisamente un titular sutil.
—Lo es —respondí incómodo.
—Bueno, solo quería ofrecerte... Si necesitas algo... lo que sea... tengo muchos amigos que pueden ayudar. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Roman, y siento oír que tienes tantos problemas.
—Oh, bueno... —El ofrecimiento de Álvaro me había pillado desprevenido. Hacía casi una década que no sabía nada de él y ahora, de la nada, estaba dispuesto a ayudarme. Me conmovió.
—Gracias, Álvaro. Te avisaré si necesito algo.
—Por favor, hazlo —dijo mi amigo con seriedad—. Por cierto, voy a volar a Chicago por negocios esta semana. Podríamos ponernos al día. ¿Cuál era ese bar al que solíamos ir en la Costa Dorada? ¿El que tenía todas esas camareras de tetas grandes?
Me reí. —¿Qué tal si vienes a mi casa? Estoy un poco... —me rasqué bajo el monitor del tobillo—, atado en casa.
—Hecho, amigo mío. Hablamos pronto.
—Adiós.
Colgué. Escuchar la voz de Álvaro me levantó el ánimo. Era bueno saber que tenía a alguien más de mi lado.
BZZZ. BZZZ. BZZZ.
Volví a mirar mi teléfono para comprobar algunos mensajes que me habían llegado durante la llamada.
Desconocido
Frena la caída de Ekko
Desconocido
O Sage está muerta
Desconocido
Sé dónde encontrarte

SAGE

¡Roman no va a ir a la cárcel!
La noticia era casi demasiado buena para ser verdad.
En el aparcamiento, esperé a que el aparcacoches me trajera el Bentley. Tenía la misión de encontrar la botella de champán más cara de Binny's y comprar una caja entera. Roman se lo merecía. Estar encerrado en el ático había sido un infierno para él.
Pero pronto celebraríamos nuestra buena suerte.
Follando, por supuesto.
No podía esperar!
Después del intento de esta mañana, estaba a punto de explotar.
Sin embargo, cuando el aparcacoches empezó a acercarse, oí un ruido extraño. Un claro tic-tac que se hacía más fuerte a medida que el coche se acercaba. Como si fuera un temporizador.
Eso es raro. Le hice una revisión la semana pasada.
Con el ceño fruncido, examiné el vehículo que se acercaba. A través del parabrisas, el aparcacoches también tenía una expresión confusa.
TIC... TAC... TIC...
¿Qué diablos es...?
¡BUUUUUUUM!

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