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Sneeze Fart Shift Libro 2

Autor
Elizabeth Gordon
Lecturas
16.3K
Capítulos
61
Autor
Elizabeth Gordon
Lecturas
16.3K
Capítulos
61
😱Suspense🧛🏻Vampiros💪🏻Protector🐺Hombres lobo y cambiaformas🧙‍♂️Paranormal y fantasía💪Mujeres valientes⚔️Acción y aventura👑Realeza y aristócratas🧑🏽‍🦳Diferencia de edad🧌Monstruos👩🏻‍🍼Madres🧙‍♀️Magos y brujas👻Fantasmas🐺Paranormal

Silverdale se siente mal, y no de una manera que pueda ignorarse. Los fantasmas vagan libremente, los susurros resuenan en los espacios vacíos y los ghouls que antes mantenían a raya a los espíritus han desaparecido. A medida que los intrusos invisibles se vuelven más audaces, le corresponde a Anna descubrir qué sucedió y detener el encantamiento antes de que el pueblo sea invadido. Extraños encuentros y peligros invisibles ponen a prueba su determinación a cada paso, obligándola a confiar en sus instintos cuando la lógica falla. Con Silverdale al borde del caos, Anna corre contra fuerzas que no puede ver para proteger a un pueblo que se niega a permanecer en silencio... o a salvo.

Capítulo 1: El embrujo de Silverdale

LIBRO 2: ESTORNUDO, PEDO, CAMBIO LIBRO 2

Edwin esperaba agazapado debajo de la cama de Cassie Roberts, una niña de ocho años que había perdido a su abuela hacía apenas unos días. La abuela de Cassie había adorado a la pequeña y no confiaba en dejar su preciado legado en manos de, según sus propias palabras, su hijo tontaina y su nuera incompetente.
La abuela de Cassie era astuta y difícil de controlar. A menudo, cuando los espectros no lograban convencer a las almas de cruzar al otro lado, se veían obligados a recurrir a otras tácticas, como las trampas.
Por eso, Edwin había decidido meterse debajo de la cama de la niña, sabiendo que ningún abuelo podía resistirse a vigilar a sus nietos mientras estaban tranquilos, porque los niños humanos parecían menos demoniacos cuando descansaban.
Aunque esta era la mejor forma de atrapar a abuelas tercas, a veces tenía sus inconvenientes. Los niños se guiaban solo por el instinto y aún no habían aprendido a creer que sus miedos eran tonterías, así que cuando sentían una presencia debajo de su cama, no dudaban en llamar a sus padres para que confirmaran sus sospechas.
Esto a menudo obligaba a Edwin a hacer cosas vergonzosas, como esconderse en el armario o meterse en el baúl de los juguetes, lo que provocaba miedos irracionales en los niños, que terminaban convencidos de que un monstruo vivía en su armario y de que sus juguetes tenían vida propia.
Por desgracia para Edwin, Cassie era una niña inteligente y curiosa a la que no le preocupaban emociones tontas como el miedo. Cuando la casa quedó en silencio y sus padres se fueron a dormir, se asomó por el borde de la cama, apartó las sábanas que colgaban y ocultaban a Edwin, y susurró: «Bu».
Edwin se echó hacia atrás, asustado por la cara distorsionada que lo miraba. Su primer impulso fue huir, pero entonces se recompuso al darse cuenta de que era la cara de la niña observándolo boca abajo.
«Deberías estar dormida», le regañó. «Tu madre se va a enfadar mucho si descubre que sigues despierta».
La amenaza de una madre enfadada no disuadió a Cassie, que siguió mirándolo fijamente, lo cual Edwin encontraba inquietante porque la niña se negaba a parpadear. «¿Qué haces debajo de mi cama?», preguntó.
A Edwin nunca lo habían confrontado así, y su mente buscó desesperadamente una explicación que satisficiera a la niña y la convenciera de volver a la cama. No se le ocurrió nada.
Edwin supuso que no estaba tratando con una niña de ocho años cualquiera. Había oído hablar de su tipo por otros espectros; era una de esas niñas que señalaban los fallos en los cuentos de hadas y corregían a los adultos.
Estos niños veían el engaño de inmediato y se lo tomaban como algo personal cuando los adultos intentaban engañarlos. Edwin decidió que lo mejor sería ser sincero.
«Estoy esperando a tu abuela», le dijo.
Los grandes ojos marrones de Cassie se iluminaron. «Yo también», exclamó. «Viene a verme todas las noches, ¿sabes?».
«Sí, estoy aquí para intentar corregir eso», explicó Edwin.
Cassie frunció el ceño, y por un momento Edwin pensó que iba a avergonzarlo por intentar llevarse a su abuela, pero entonces Cassie lo sorprendió susurrando: «¿Quién más está ahí abajo contigo?».
Edwin se quedó desconcertado por la pregunta, pero justo entonces el polvo bajo la cama se agitó, y antes de que tuviera tiempo de reaccionar, algo le agarró la pierna y le dio un buen tirón.
Cassie rodó hacia el otro lado de la cama, esperando que el espectro y su amigo aparecieran por allí, pero parecía como si se hubieran esfumado.
***
Al otro lado del pueblo, en una zona donde las mujeres respetables no se aventuraban (a menos que fueran bien disfrazadas) y los hombres humanos solo visitaban al amparo de la noche, Edna estaba montando la última exhibición en su tienda, Edna's Exotic Emporium.
«Por favor, déjame salir», suplicó una voz incorpórea. «Prometo que me portaré bien».
«Ricky, pagaste por cuatro horas y tu tiempo aún no ha terminado», respondió Edna.
«¿Podrías al menos apretar más las prensas?», se atrevió a pedir Ricky. «Todavía puedo mover un poco la cabeza».
Edna respiró hondo. Ricky tenía la costumbre de ser difícil, y quizás lo habría vetado del local si no fuera su mejor cliente. «Enseguida voy», dijo con una voz empalagosa que le advertía que no la pusiera a prueba.
Se apartó y observó la tienda, intentando decidir dónde colocaría su nuevo producto, cuando Ricky volvió a gritar: «Ayúdame», suplicó. «¡Que alguien me ayude!».
Molesta, Edna fue pisando fuerte hasta la trastienda, donde había inmovilizado a Ricky sobre una mesa con prensas de tornillo. Le había cubierto la cabeza con una capucha negra para no tener que ver las muecas grotescas que hacía mientras lo ataba.
«Gracias», exclamó él desde la capucha mientras ella apretaba los tornillos en sus sienes y ajustaba los de las muñecas y los tobillos por si acaso.
«Listo», dijo Edna cuando terminó los ajustes. «Ahora déjame en paz para que pueda terminar de colocar la mercancía».
«No me estaría quejando para nada si me hubieras colgado de las tripas como te pedí», protestó Ricky.
Edna puso los ojos en blanco y se llevó las manos a las caderas. «Ya te lo dije, si quieres que te cuelguen de las tripas, tendrás que hacerlo tú solito».
Ricky estaba a punto de responder cuando sonó la campana que avisaba a Edna de que un cliente había entrado en la tienda. «Enseguida estoy con usted», llamó con dulzura, y se volvió hacia Ricky. «Puede que sea uno de los maridos del sector humano, así que necesito que te calles».
«¿Por qué no van a terapia de pareja?», preguntó Ricky.
«Yo no me meto en esas cuestiones», replicó Edna con desdén. «Además, si todo el mundo se dedicara a resolver sus problemas matrimoniales, Edna's Exotic Emporium se quedaría sin negocio».
«Bueno, si lo pones así...», empezó Ricky, pero Edna lo cortó.
«Tú cállate y no asustes al cliente», le advirtió mientras salía por la puerta y la cerraba tras de sí.
Edna se ahuecó su nube de pelo blanco como la nieve y se recolocó las gafas de pasta mientras volvía a la sala de exposición. «Bienvenido a Edna's Exotic Emporium. Tenemos todo lo que necesita para pasar una buena noche», recitó de carrerilla.
Esperó. Normalmente, en ese momento, un cliente sobresaltado soltaba el producto que estaba probando, o un cliente avergonzado intentaba escabullirse entre las sombras, pero lo único que la recibió fue el silencio.
Edna dio una vuelta por la sala, segura de que encontraría alguna figura encapuchada merodeando, pero la tienda parecía vacía.
«La maldita campana de la puerta debe estar rota otra vez», supuso, caminando hacia la escalera de caracol que subía al apartamento donde vivía con su marido, Chad, que en ese momento se estaba aseando después de una larga noche de caza.
«Chad, cariño, creo que la campana de la puerta se ha vuelto a romper», gritó.
De pronto, recibió un azote certero en el trasero. Se rio, creyendo que su marido se había acercado por detrás sin que lo oyera, pero cuando se giró, no había ni un alma a la vista.
«¿Chad?», llamó de nuevo, esta vez con duda.
«Bajo en un minuto, mi amor». Su voz llegó desde el piso de arriba. «Estaba dándome un buen restregón».
Edna se frotó el trasero e hizo todo lo posible por convencerse de que la palmada había sido solo su imaginación, pero entonces un látigo chasqueó junto a su oreja.
Se giró y vio que el látigo restallaba en el aire, aunque quién lo controlaba era un misterio, ya que flotaba solo, sin que nadie lo sujetara.
Edna abrió la boca para protestar, pero una mordaza de bola voló de repente para silenciarla. Edna llevó las manos hacia atrás, intentando defenderse de su atacante antes de que pudiera abrochar las correas del todo, pero no había manos que agarrar.
Sin previo aviso, un par de esposas se cerraron alrededor de sus muñecas, atrapándole las manos detrás de la cabeza. Antes de que pudiera liberarse, una fuerza poderosa la empujó hacia atrás y no se detuvo hasta que cayó de trasero en un columpio diseñado para placeres sexuales.
Edna logró soltarse de las esposas que le sujetaban las manos, pero el columpio empezó a balancearse con violencia. Tuvo que agarrarse con fuerza o saldría disparada por el escaparate de cristal de la tienda, tintado para evitar mirones indeseados desde fuera.
Edna no fue la única habitante de Silverdale que tuvo inconvenientes esa noche. Casi todas las calles se vieron afectadas, y, a vista de pájaro, se podían ver luces parpadeando y sistemas de riego encendiéndose de forma errática, amenazando con inundar los jardines.
Si alguien con esa vista de pájaro también tuviera buen oído, podría escuchar los gritos de los vecinos mientras intentaban salvar su cubertería esquivando ollas y sartenes que volaban por sus casas.

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