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Una propuesta inmoral Libro 2

Autor
S. S. Sahoo
Lecturas
1.5M
Capítulos
31
Autor
S. S. Sahoo
Lecturas
1.5M
Capítulos
31
😱Suspense🌼Virgen💍Matrimonio concertado🎭Drama☯️Opuestos que se atraen🏙️Contemporáneo💪🏻Protector💰Multimillonarios💪🏻Machos alfa😊Suave🖤Oscuro🤑Multimillonarios🔒Proximidad forzada

Tras sobrevivir a un desgarrador accidente aéreo, Xavier y Angela deben enfrentar mucho más que su recuperación física. La amnesia de Angela y los sentimientos sin resolver de Xavier dan pie a un tumultuoso camino de redescubrimiento y reconciliación. Mientras lidian con las complejidades de su tormentoso matrimonio, deben afrontar traiciones pasadas, peligrosos secretos y un implacable adversario. ¿Lograrán reconstruir su relación, o las sombras de su pasado los separarán para siempre?

Abre los ojos

BRAD

Fuego.
Naufragio.
Escombros.
No podía apartar los ojos de la pantalla. Por fin habían encontrado los restos del avión, pero aún no se sabía nada de los supervivientes.
No tenía ni idea de si mi hijo y mi nuera estaban vivos o...
No podía permitirme pensar en esa palabra. Me negaba a decir esa palabra en voz alta. La misma palabra que la gente usaba cuando hablaban de mi esposa. Mi amada Amelia.
Pensar que, además de perderla a ella, podría perder también a la única familia que me quedaba era demasiado para un anciano.
Las voces de la televisión se negaban a darme paz.
—Información de última hora. Hemos sabido que hay varias víctimas del accidente del avión que sobrevolaba el Caribe. Aún no se sabe nada de la suerte del multimillonario Xavier Knight ni de su nueva esposa, Angela Knight...
Cogí el mando a distancia y silencié la voz. Ver cómo mi vida se desmoronaba era una cosa, pero ¿tener que escucharlo?
—Todo esto es culpa tuya —me susurré entre dientes apretados—. Si no les hubieras obligado a irse de luna de miel...
Las lágrimas me escocían los ojos. Lancé el mando a distancia contra la pared, disfrutando del sonido al abrirse y de ver salir volando las pilas. Me sentía bien destruyendo algo ahora mismo.
Pero en el fondo, sabía que ese disfrute duraría poco.
¿Cómo iba a seguir adelante? ¿Cómo iba a perdonarme si mis peores temores se hacían realidad?
De repente, mi móvil me zumbó en mi bolsillo y me apresuré a sacarlo, con las manos temblorosas. Sabía que, de un solo golpe, mi vida, mi dinastía, mi futuro tal y como siempre lo había imaginado, podría desaparecer.
Pero al recibir los mensajes de mi leal ayudante, Ron, mis ojos se abrieron de par en par con incredulidad.
Ron
¡¡¡Jefe!!!
Ron
Acabo de hablar con las autoridades haitianas...
Ron
No te lo vas a creer
Brad
¿Qué ocurre?
Brad
¡Por Dios, Ron!
Brad
DÍMELO
Ron
¡¡¡Están vivos!!!
Ron
Xavier y Angela
Ron
Ambos están vivos
Ron
Están siendo trasladados a Miami ahora mismo
Brad
¿Están bien?
Ron
Solo con algunas heridas leves. Algo de pérdida de sangre y deshidratación
Ron
Pero van a estar bien
Brad
¿Estás SEGURO?
Brad
¿Estás completamente seguro?
Brad
No puedo soportar otro desengaño, Ron
Brad
Necesito pruebas
Ron
Lo sé, jefe
Ron
Estoy seguro. Acabo de recibir esta foto
Ron
[archivo adjunto: Episode31_Content2_hands@2x.png]
Esas manos. El anillo de boda en el dedo de la chica. Reconocería ese anillo en cualquier parte del mundo. Después de todo, el anillo de Angela había pertenecido a mi Amelia.
Era verdad. Ron tenía razón. Realmente estaban vivos.
Ron
Eso es desde dentro del helicóptero
Ron
Les dijeron que nada de fotos de caras por si esto se filtraba
Ron
Pero estoy seguro de que podrás saber si son ellos...
Brad
Prepara mi avión, Ron
Brad
Quiero reunirme con ellos en Miami
Ron
¡En seguida, jefe!
Cogí rápidamente mis cosas y salí corriendo de mi despacho, intentando contener las lágrimas de alivio. Normalmente, intentaría evitar mostrar cualquier ápice de emoción delante de mis empleados.
Pero hoy no era un día normal.
Sentí que todos me miraban mientras corría hacia el ascensor. Sentí su compasión, su preocupación, su angustia, pero no sabían lo que yo sabía: que Xavier y Angela estaban a salvo.
No lo creería hasta que los viera con mis propios ojos, pero mi corazón me decía que era verdad.
Amelia, pensé. Tendrás que esperar un poco más, mi amor. A tu hijo y a tu nuera les queda mucha vida por vivir.

XAVIER

Sentía los párpados como si estuvieran hechos de cemento. No había forma de poder moverlos.
Una parte de mí sabía que tendría que abrir los ojos en algún momento, pero la oscuridad era tan relajante ahora mismo... Después de toda esa dura luz, ese sol implacable, ese breve tiempo que ella y yo habíamos compartido en la isla...
Angela.
Ahora lo recordaba. A Angela. Cuidándome, alimentándome, curándome las heridas. La chica a la que había insultado constantemente, la chica a la que había llamado puta cazafortunas, la chica con la que estaba casado.
Mi esposa.
Abrí un ojo. Luego el otro. Todo a mi alrededor estaba borroso, pero podía distinguir vagamente el frío y estéril entorno de una habitación de hospital.
Por un segundo, quise cerrar los ojos de nuevo y volver a la oscuridad, estaba muy cansado, pero entonces volví a pensar en Angela.
Necesitaba verla. Necesitaba estar seguro de que ella también estaba bien. Que estaba a mi lado, pero cuando giré la cabeza, la cama del hospital junto a la mía estaba vacía.
¡¿Dónde estaba?!
—Enfermera... —grité—. ¡¡¡ENFERMERA!!!
Sentía la garganta reseca, como si alguien me hubiera echado arena en ella, pero nada de eso importaba ahora. Tenía que encontrarla.
Una enfermera con bastantes kilos de más y el ceño fruncido entró con una tablet y empezó a comprobar mis constantes vitales. Ni siquiera me miró a los ojos.
—¿Dónde está? —pregunté.
Pero la enfermera no me oyó o no le importó. Me di cuenta de que tenía un auricular puesto y el otro le colgaba del pecho, sonaba REM. ¿Quién escuchaba todavía REM?
—Te he hecho una pregunta —dije, cada vez más molesto—. ¡¿Dónde demonios está?!
La enfermera finalmente me miró a los ojos y se encogió de hombros. No podía creer el atrevimiento de aquella zorra. Sentí que la ira me subía por el pecho, me subía por el cuello y me enrojecía las mejillas.
¿Esta maldita gorda tiene idea de a quién está tratando? Soy el maldito Xavier Knight. ¡Debería tener diez enfermeras atendiéndome a la vez!
Evidentemente, nadie le había comunicado a la enfermera lo importante que era yo, porque empezó a caminar hacia la puerta.
—¡EY! —grité, y ella finalmente se volvió hacia mí—. Mi esposa. Angela Knight.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó fríamente.
—¿Ella...? —empecé y me detuve en seco.
De repente me resultaba difícil pronunciar palabra. La emoción, el cariño, esos sentimientos extraños me tenían asfixiado. Aún no sabía si había conseguido sobrevivir.
—Por favor —dije, aunque no estaba acostumbrado a usar esa palabra—. Solo quiero saber si está bien.
Algo cambió en los ojos de la enfermera. Tal vez un atisbo de compasión. Luego asintió. —Está al final del pasillo. No se preocupe.
Luego salió, dejándome solo. Respiré aliviado, agradecido.
No sabía en qué momento Angela se había convertido en alguien a quien había dejado de odiar, pero ahora todo parecía diferente.
La forma en que me había mirado con esos brillantes ojos azules. Ese pelo rubio alborotado. Ese cuerpo perfecto descendiendo en el agua...
¿Qué demonios?
¿Estaba fantaseando con Angela ahora?
Tal vez simplemente había sufrido una conmoción cerebral y todo esto pasaría cuando me recuperara. Habíamos vuelto al mundo real, y eso significaba que tendríamos que continuar con nuestras rutinas, y yo tendría que aprender a odiarla de nuevo.
¿Verdad?
De alguna manera, ahora, no estaba tan seguro.
***
—¡Xavier!
Unas horas más tarde, la puerta de mi habitación del hospital se abrió de golpe y mi padre entró corriendo. Nunca lo había visto tan... desaliñado.
Su pelo, habitualmente peinado, sobresalía en distintas direcciones. Su traje Brioni hecho a medida, parecía como si hubiera estado metido en una batidora. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, nada que ver con los ojos claros y duros del director general al que siempre había respetado y temido.
—¿Papá? —pregunté, sorprendido—. Estás hecho una mierda. ¿Te encuentras bien?
—¿Estoy...?
Papá sacudió la cabeza, me agarró del hombro y sonrió, pero la sonrisa parecía llena de dolor.
—Pensé que te había perdido, Xavier. Pensé...
—Eh, no ha pasado nada, viejo —dije, sintiéndome ligeramente incómodo.
No me gustaba ver cómo alguien tan poderoso se ponía de rodillas. La única vez en mi vida que había visto a mi padre actuar así fue cuando murió mamá.
—Xavier —dijo, tomando asiento junto a mi cama, con los ojos llorosos—. Cuando salieron las noticias del accidente, dijeron que había habido víctimas y...
—¿Quién? —pregunté, repentinamente tenso—. ¿Quién murió?
Mi padre miró a un lado, entristecido. —El piloto, Jim.
Conocía a Jim casi de toda mi vida. Nos había llevado a mi padre y a mí alrededor del mundo más veces de las que podía contar.
—Vaya —dije, sorprendido por lo abatido que me sentía—. ¿Alguien ha hablado con su familia?
Mi padre asintió solemnemente. —Sí, nos pusimos en contacto con ellos y les ofrecimos una generosa compensación, aunque sabemos que eso no va a sustituir la perdida.
—Está bien —dije, pero no era así como me sentía. De hecho me encontraba más mal que bien.
—Estoy muy agradecido, hijo —volvió a decir mi padre—. Después de lo de tu madre, la idea de perderte a ti también... no hubiera podido soportarlo.
La enormidad de lo que había vivido, las noches sin dormir, el terror y la angustia, finalmente me golpearon. A pesar de lo mal que lo habíamos pasado Angela y yo en la isla, al menos habíamos estado juntos.
No había zona gris. O sobrevivíamos o moríamos, pero para mi padre, cada segundo que pasaba sin saber qué nos había pasado debía de haber sido una maldita agonía.
Le cogí la mano, por fin, aunque me resultaba extraño ser tan sentimental.
—Estoy bien, papá. Todo está bien.
Asintió, enjugándose una lágrima. Luego miró a su alrededor, frunciendo el ceño. —¿Dónde está Angela?
***
Cuando la enfermera, con la misma actitud malhumorada de siempre, accedió por fin a dejarme salir de la habitación con mi padre para ir a visitar a Angela, nos acercamos lentamente a su habitación del hospital.
Aún me dolían las heridas de los brazos y tenía que tener cuidado de no forzar demasiado el cuerpo. Mi padre me apretó suavemente la mano y, abriendo la puerta, me condujo hacia la habitación.
Allí estaba ella. Silenciosa y quieta como la mismísima Bella Durmiente.
Mi mujer.
Angela Knight.
La extraña chica que siempre había creído que era un demonio, pero que, en realidad, era un ángel disfrazado. Mi padre sacudió la cabeza, mirándola.
—Es tan hermosa y pura, Xavier —dijo—. No solo de apariencia. De alma. ¿No lo ves?
Nunca había sido capaz de entender lo que mi padre veía en Angela hasta ahora. Viéndola tumbada, con el pecho subiendo y bajando, los ojos cerrados... sentí que me invadía una extraña sensación.
Al principio, pensé que, una vez que volviéramos al mundo real, todo volvería a la normalidad. Pero ahora, al mirarla, me estaba dando cuenta de que eso iba a ser imposible.
Lo que habíamos compartido en la isla había sido tan primitivo, tan crudo, tan real, y ya no había vuelta atrás.
—Lo veo, papá —admití—. No creo que hubiera sobrevivido sin ella.
—¿Ella te salvó?
En más de un sentido, pensé. En lugar de eso, me limité a asentir. Luego me acerqué lentamente a su cama y me senté a su lado, agarrando su mano fría.
¿Cuándo se despertaría? ¿Y qué pensaría al mirarme ahora?
¿Me vería como un monstruo por todas las formas horribles en las que la había tratado? ¿O me vería como alguien diferente?
Como el hombre que realmente era bajo esta piel endurecida.
—Despierta, Angela —le supliqué—. Abre los ojos.
Pero sus ojos permanecían cerrados. Por un segundo, se me pasó por la cabeza la idea más estúpida del mundo. Que tendría que besarla para devolverle la vida. Como en ese estúpido cuento de hadas.
Sí. Estaba definitivamente conmocionado.
Me agaché y apreté suavemente su mano. Parecía tan delicada, tan vulnerable...
Empezó a agitarse ante mi contacto y el corazón me dio un vuelco en el pecho.
Abrió los ojos y sus brillantes iris azules se clavaron en los míos.
—Estás despierta —dije, con voz suave.
Angela miró a su alrededor y pude ver cómo se apoderaba de ella la confusión.
—Ya estás a salvo —le aseguré.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz temblorosa.
Algo en su voz me hizo preocuparme. Parecía aterrorizada.
—Angela, estamos en un hospital. No pasa nada.
Bajó la mirada y vio que su mano estaba junto a la mía. Me soltó la mano y se la llevó al pecho, tratando de apartarse de mí.
—¿Angela...? —Me di cuenta de que algo malo estaba pasando.
Pero para lo que dijo a continuación nunca podría haber estado preparado.
—Quién... —respiró hondo, tratando de calmarse—. ¿Quién eres tú?

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