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Persiguiendo a Kiarra

Gatita

Kiarra

—Alf... —Sam empezó a hablar pero se cortó con una tos y se puso más erguido—. Ejem, Aidan. Me alegro de verte. ¿Qué puedo ofrecerte? —No estaba prestando mucha atención a Sam.
No podía concentrarme en nada más que en la agradable sensación de hormigueo que sentía en todo el cuerpo cuando quien estaba detrás de mí se acercaba.
Vale, Kiarra, contrólate. Miré a Sam, que seguía mirando a la persona detrás de mí, el tal Aidan.
Cuando no hubo respuesta de la persona detrás de mí, giré lentamente la cabeza para ver quién demonios era el que claramente no entendía los límites personales.
Pero sobre todo era para ver quién era el causante de la sensación de hormigueo y lo que vi hizo que el corazón me diera un vuelco.
Ante mí estaba lo que sólo podía describirse como un dios griego. Un Adonis, un supermodelo, el equivalente humano del sexo.
Eso ni siquiera tenía sentido, pero mi cerebro se apagó por un momento para admirar la creación que tenía ante mí.
Era alto, mucho más alto que yo, pues yo sólo medía 1,65, así que eso no solía ser difícil. Pero este tipo debía de medir al menos 1,90 y además de la altura era musculoso.
No el tipo de músculo de culturista grande, pero incluso a través de la camisa oscura que llevaba se podían ver los abdominales y la estructura muscular. La parte superior de sus brazos era grande y tonificada.
Pero su cara fue lo que realmente me llamó la atención. Era un pedazo de hombre jodidamente magnífico. Su cara era definitivamente la de un hombre con una mandíbula afilada que probablemente podría cortar piedra.
Estaba cubierta de una ligera y sexy barba incipiente y eso, unido a la nariz ligeramente torcida que parecía haber sido rota unas cuantas veces, gritaba sexo y pura masculinidad.
Pero aunque su cara y su cuerpo eran una obra maestra en sí mismos, y definitivamente no ayudaba que la camisa que llevaba pareciera haber sido vertida sobre él, eso no fue lo que me dejó sin aliento.
No, fueron los ojos azules como el hielo, que me miraban. Eran tan intensos, y el pelo oscuro que caía delante de ellos no hacía nada para protegerme de su intensa mirada.
Me miró y fue como si no hubiera nadie más en la habitación. Todo lo demás desaparecía y sólo estábamos nosotros. Como si no importara nadie más en el mundo que nosotros.
Ese era el tipo de mirada que me dirigía. Y aunque me atravesó y me calentó en todos los lugares correctos, también me asustó mucho.
Nunca había querido que un hombre me mirara de esa manera, era aterrador. Gritaba compromiso y yo no estaba para esa mierda. Así que las paredes se levantaron y lo hicieron rápidamente.
Habíamos estado mirándonos fijamente durante lo que me pareció años cuando oí que alguien tosía detrás de nosotros.
De alguna manera me sacó del trance en el que nos habían metido, así que respiré hondo y me volví hacia Sam. Tenía que acabar con todo y rápido.
—En serio, Sam, ¿qué cojones pasa con la gente de este pueblo y con las miradas? ¿No tenéis algún hobby o alguna mierda? Cualquiera diría que no han visto a una chica en su vida. —Me reí y traté de sonar dura, aunque probablemente soné un poco jadeante.
Volví a llevarme la botella de cerveza a los labios y di un gran trago para intentar saciar la repentina sed que sentía y, dado que había dejado mi vagina en suspenso los ´¨ltimos días, la cerveza tendría que ayudar a mantener la sed bajo control.
Miré a Sam y me esforcé por ignorar el ardor que sentía en la nuca, pero me distraía mucho.
Sam tenía los ojos del tamaño de platillos y no me respondió al principio, pero después de unos segundos de silencio volvió a toser y me envió una pequeña sonrisa.
—Como dije, princesa, no estamos acostumbrados a la gente nueva en este pueblo. —Le sonreí a él y a su nuevo mote para mí, pero no contesté porque el ardor no cesaba.
Todavía podía sentir el calor corporal del Sr. Bajabragas cerca de mi espalda y juro que oí un gruñido bajo detrás de mí cuando Sam me llamó princesa. Podía ser que estuviera cachondo, pero vaya bicho raro.
Volví a girar la cabeza hacia atrás y miré al hombre con el ceño fruncido, ignorando el ardor que empezaba en mi estómago y bajaba lentamente hasta mi núcleo.
—¿Puedo ayudarte en algo? ¿O vas a quedarte mirando así toda la noche? —Levanté una ceja y lo miré una vez más, evitando los ojos esta vez.
Sus labios carnosos estaban dibujados en una línea apretada y se podía ver que trataba de contener su ira.
En serio, los labios, la barba incipiente y la mandíbula definida, junto con el pelo castaño oscuro desordenado y los músculos, le daban un aspecto pecaminoso y varonil. Sabía que era bueno en la cama. Dominante y bueno.
Cualquier chica se humedecería con mirarlo. Era lo que me estaba pasando a mí.
Pero lo disimulaba con el ceño fruncido y una mirada insatisfecha. Finalmente rompió la mirada y juro que casi pude ver el vapor saliendo de sus orejas.
—Baja los pies. —Su voz profunda me hizo sentir escalofríos y me hizo apretar los muslos con fuerza, un triste intento de mantener mi coño formalmente redundante bajo control.
¿Cómo diablos el sonido de su voz me ponía tan caliente y molesta? Por no hablar de la humedad. Era vergonzoso.
Mi cuerpo se comportaba como una maldita adolescente, no como la persona de veinticuatro años que era. Sólo con mirarlo me tenía que morder el labio con fuerza para no soltar un gemido accidentalmente al verlo.
Debía de estar perdiendo la cabeza, porque se me olvidó contestar mientras miraba su apuesto rostro y este cambió a una expresión de fastidio.
—Baja. Los. Pies. Princesa. —Esta vez tomé nota de lo que dijo y de la forma en que puso una carga de sarcasmo en el apodo de Sam para mí. Bajé la mirada a mis pies, que seguían colocados en el taburete a mi lado y de repente volví a encontrar mi voz. ¿Cuál era su problema? Puede que fuera mi actitud, pero aún así.
—Lo siento, no puedo. Soy mortalmente alérgica a los capullos y tú debes de ser uno bien grande. Ya noto que se me cierra la garganta sólo con mirarte. —Arrugué la nariz con asco mientras lo miraba directamente a los ojos.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos y juro que el precioso color azul se volvió más oscuro mientras hablaba.
—Combativa. —Se inclinó más cerca y pude oler bien la colonia que usaba. Juro por todos los dioses que han existido que esa cosa fue creada por el diablo para atrapar a las mujeres.
—Pero lo de combativa pierde su intención, cuando puedo oler tu excitación a una milla de distancia, gatita. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento junto a mi oreja cuando bajó la voz y mi estúpido corazón se aceleró, ¿o era mi coño?
Pero por mucha razón que tuviera, la chulería de su voz sacó mis garras.
Así que me incliné hacia atrás y sentí cómo mi espalda se conectaba con su frente. Ignoré el cosquilleo y el calor que sentí en el momento en que nos conectamos.
Me acurruqué un poco en él y suspiré satisfecha por un momento, arrastrándolo, escuchando un pequeño gemido, ¿o era un gruñido?
—Tienes razón. —Empecé en un pequeño y sexy susurro, inclinándome más hacia él. Y justo cuando vi que sus brazos se movían para rodearme, me senté de forma recta, cogí mi cerveza y dije— Lástima que hayas tenido que abrir la boca y arruinarlo —antes de dar un trago a la botella.
»El asiento está ocupado, así que búscate a otra zorra a la que venderle esa mierda, yo no me la creo. —No le devolví la mirada, sino que me centré de nuevo en Sam. Alcancé a ver su rostro furioso en el espejo del bar y sonreí un poco.
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