
Un disparo en la oscuridad: La protegida
Autor
B. E. Harmel
Lecturas
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Capítulos
39
Capítulo 1
KATE
Me desperté con el sonido de unos cristales rompiéndose.
Luego escuché gritos. Algo pesado se estrelló contra el suelo. Por un instante, no recordaba dónde estaba.
El techo que tenía encima de mí era bajo y de madera, y mi mano rozó una colcha que olía a lavanda. Era mi antigua habitación. Estaba en casa de mis padres, la que está en el campo, donde había venido para pasar el fin de semana de mi cumpleaños.
No estaba en mi apartamento de Washington D.C. No estaba en la ciudad, con su tráfico constante y sus sirenas. Estaba en casa.
Esperaba sentir el olor a café flotando en el aire y disfrutar de la tranquilidad de siempre: los pájaros en la ventana y el tictac del viejo reloj del pasillo. Esperaba comer tortitas y probar uno de los cafés experimentales de mi padre. Eran las rutinas por las que siempre me prometía a mí misma que volvería.
Pero eso era mentira. La culpa me revolvía el estómago.
Les había dicho que tenía demasiado trabajo en el bufete de abogados en el que trabajaba y que no podía tener el fin de semana libre. Pero ahora, tumbada aquí, me daba cuenta de lo mucho que echaba de menos todo esto. Y entonces, volví a escuchar el ruido.
Hubo otro estruendo, esta vez más fuerte. Eran voces de hombres: graves, rápidas y enfadadas.
Todo mi cuerpo se tensó. Mi cerebro intentó encontrar una explicación.
¿Ladrones? ¿Vecinos? No. Mis padres vivían a kilómetros de cualquier otra persona.
El corazón me latía con tanta fuerza que me dolía. El instinto que me ayudó a sobrevivir a la facultad de derecho —lógica primero, pánico después— entró en acción. Me incorporé de la cama; sentía el pulso latiendo en mi garganta.
La casa era demasiado grande y antigua. Cada sonido resonaba con eco. Intenté convencerme de que no era nada, que tal vez a mi padre se le había caído algo, pero en el fondo sabía que algo malo estaba pasando.
Me deslicé fuera de la cama y mis pies descalzos tocaron la fría madera del suelo. Me acerqué sigilosamente a la puerta. Cada listón de madera crujía bajo mis pies, como si me advirtiera que no me moviera, que me quedara donde estaba. No hice caso.
El pasillo estaba a oscuras, salvo por un tenue resplandor que venía de la planta baja. La casa olía a café y a aceite para armas —la mezcla de olores particular de mi padre— pero también percibí un olor fuerte y metálico. Me asomé a la barandilla del entresuelo.
Mi padre estaba en el salón, todavía en pijama, con las manos en alto frente a tres hombres armados. Se me cortó la respiración. Se movió sin dudarlo: desarmó a uno y empujó a otro contra la pared, como si su cuerpo actuara por instinto.
Mi padre. El mismo hombre que decía que solo se dedicaba a «hacer papeleo». Todo mi ser quería correr a ayudarlo, pero la razón se impuso al miedo.
Él estaba entrenado para esto. Yo no. Mi único trabajo era sobrevivir.
—¡Al suelo! —gritó. Pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ellos.
Apareció un cuarto hombre, con una pistola en la mano. Mi padre se giró justo a tiempo para ver el destello de un silenciador.
—No lo mates, idiota —espetó una mujer desde atrás—. Los necesitamos vivos —Su voz sonaba fría y cortante.
El pánico me recorrió la espalda. Intenté luchar contra la adrenalina para poder pensar con claridad. Quería gritar, pero algo me decía que no lo hiciera.
Todavía no. Entonces vi a mi madre.
Salió corriendo del pasillo, descalza y furiosa, blandiendo una lámpara como si fuera un arma. Luchó con uñas y dientes, y por un segundo creí que podría ganar. Pero eran demasiados.
Cuando la tiraron al suelo y la golpearon, me mordí el nudillo para no gritar.
—¿Hay alguien más en la casa? —preguntó un hombre de forma brusca.
Se me heló la sangre.
—No lo sé. Revisad arriba —ordenó la mujer.
Venían hacia aquí. Sentía un miedo terrible zumbando en mis oídos. El corazón me latía tan fuerte que creí que iban a escucharlo.
Piensa, Kate.
La habitación de mis padres. Había un arma en la mesita de noche, pero tardaría demasiado en llegar hasta allí. Su despacho... los archivos. Tal vez eso era lo que buscaba esta gente.
Ambos habían servido en el ejército. Tal vez eran archivos militares, algo por lo que valiera la pena matar. Mis pensamientos se dividieron en dos y, por un segundo de vértigo, me quedé paralizada.
Entonces, la voz de mi madre resonó en mi cabeza, tranquila y clara: ~No seas tonta, no entres en pánico. Sé rápida.
Pánico~. Esa palabra encendió una bombilla en mi cabeza y, de repente, recordé una vieja nana que solía cantarme cuando tenía miedo. Su voz afloró en mi memoria, suave pero firme:
~Cuando caigan las sombras y el miedo se apodere de ti, entra en la habitación y cierra la puerta con llave. Cuando el peligro llame, no hagas ningún ruido, la habitación del pánico te mantendrá a salvo y escondida.
La habitación del pánico~. Teníamos una, escondida detrás de la despensa. Pero yo estaba en el piso de arriba.
Estarían en las escaleras en cuestión de segundos. Tenía que moverme y rápido. Mi mente iba a mil por hora.
La cocina era un callejón sin salida; intentar llegar hasta allí significaba toparme de frente con ellos. Entonces me acordé del pequeño montacargas para la comida. Pequeño. Viejo. Ruidoso.
Pero bajaba desde el segundo piso hasta la cocina. Si cabía dentro, podría bajar sin ser vista. Me puse en marcha.
Me temblaba todo el cuerpo, pero ahora pensaba con claridad. Me arrastré sigilosamente al final del entresuelo, encontré la compuerta del montacargas, la abrí y me metí dentro a gatas. Mis rodillas golpearon la madera.
Era un espacio muy estrecho. El aire frío. Había polvo por todas partes.
Presioné la palanca. La máquina chirrió como si llevara años sin moverse, y el fuerte ruido resonó por toda la casa.
—¡Están arriba! —gritó alguien.
Mierda. La caja dio una sacudida, y me mordí la lengua para no gritar.
Me obligué a respirar de forma constante, incluso cuando escuché el fuerte ruido de unas botas subiendo. El montacargas bajó a trompicones, más lento que un caracol. El miedo se transformó en otra cosa: en algo claro y enfocado.
Podía escucharlo todo: las pisadas fuertes, las órdenes gritadas, los latidos de mi corazón sincronizándose con el chirrido del metal. Cuando llegué abajo, me sangraban las palmas de las manos de tanto agarrarme a los laterales del montacarga. Ahora ellos estaban arriba.
Era mi única oportunidad. Salí a gatas y corrí a toda velocidad hacia la cocina. Atravesé la despensa a toda prisa, tirando al suelo tarros y botes de especias que se hicieron añicos. Detrás de ellos me esperaba el panel de madera oculto.
Me temblaban las manos demasiado para agarrarlo bien, pero de alguna manera logré abrirlo de un tirón. Había otra puerta, esta vez de metal. Tenía un teclado numérico.
Mi mente buscó desesperadamente la siguiente estrofa de la nana. No era solo una canción; era una contraseña. Me vi a mí misma con cinco años, tambaleándome en una silla mientras mi padre señalaba las letras pegadas en la nevera.
—Vamos, mi pequeña Katie —decía él, muy sonriente—. Cántala con nosotros. Más alto esta vez.
Entonces mi madre se unía, con su voz suave:
~—B de barco, que navega por el mar, E de elefante, enorme sin dudar. C de coche, que te lleva a tu hogar, dos y tres, sola no vas a estar.
La melodía resonó en mi cabeza, tan vívida que casi me dolió. Me ardían los ojos mientras tecleaba el código. Me temblaban tanto las manos que a duras penas lograba pulsar los botones. B. E. C. 2. 3.~
Marqué la secuencia, medio rezando, medio recordando. La cerradura hizo un pequeño ruido al abrirse. Me deslicé hacia el interior, cerré la puerta de golpe y por fin me permití respirar.
La habitación del pánico se cerró a mis espaldas con un ruido sordo y rotundo. Durante unos segundos, me quedé allí de pie, pegada a la fría pared y con el pecho agitado. Miré a mi alrededor.
Cuatro paredes de acero. Un cojín fino en el suelo. Una pequeña pantalla frente a mí, brillando con una luz débil.
Debajo, en el panel de control, había un botón rojo y una nota con una caligrafía que me sabía de memoria. Pulsa, Kate. Era la letra de mi madre.
Sentí que algo se rompía en mi interior. Apreté el botón. La pantalla parpadeó y se encendió; una luz azul atravesó la oscuridad.
Aparecieron unas palabras en la pantalla:
La solicitud de redención, mi pequeña Katie, se ha completado con éxito.
—¿Qué demonios significa esto? —susurré con apenas un hilo de voz.
La pantalla se actualizó. Y vi sus rostros mirándome fijamente.











































