
Los jinetes de Tyr 2: Sabueso del Infierno
Autor
Adelina Jaden
Lecturas
775K
Capítulos
40
Oraciones respondidas
Libro 2: Sabueso del infierno
Iris
Rebuscar entre la basura no es lo peor que he hecho. He pasado por situaciones más duras por un simple trozo de pan. No me avergüenza hurgar entre los desperdicios.
Al menos, soy libre, estoy sola y relativamente a salvo.
—¡Eh, chica! —Una voz me sobresalta.
Una mujer negra está en la puerta trasera de un edificio, con una bolsa marrón en la mano. Me ajusto la capucha y echo un vistazo alrededor por si hubiera peligro.
—Anda, toma esto.
Me ofrece la bolsa. La miro con recelo, como si fuera a estallar. Tiene manchas de grasa, lo que significa que hay comida dentro.
Pero no sé qué querrá a cambio.
—No tengo todo el día, niña. Coge la comida.
Me acerco despacio, mirando a todos lados. Agarro la bolsa y me voy a un rincón seguro para comer lo que hay dentro. El día es radiante y soleado, pero mi vida es oscura y triste.
Apenas recuerdo cuando no era así. Sólo quiero seguir con vida. Necesito encontrar la manera de conseguir comida y un sitio donde dormir.
No duraré mucho en la calle. Pronto alguien se dará cuenta de que estoy sola y de que soy vulnerable. Que soy una chica.
Entonces, tendré que salir corriendo otra vez, si tengo la suerte de escapar.
Este pensamiento me aterra. Toco el destornillador en el bolsillo de mi sudadera. No me rendiré sin pelear.
No moriré sin más. Tengo que vivir. Ella querría que viviera.
El problema es que no puedo conseguir cualquier trabajo. Los trabajos piden nombres y papeles, que no tengo. Y prefiero vivir en la calle que arriesgarme a que me descubran.
—¡Maldita sea! —Una voz cercana me sobresalta nuevamente.
Dejo de pensar. Hay un Prius blanco con el capó levantado junto a la carretera. Una mujer está mirando el motor.
—¡Joder! ¡Mierda! —sigue maldiciendo.
Me acerco, sin saber si debería ayudar. Parece muy enfadada. Pero este no es un buen sitio para que una mujer con un Prius blanco se quede tirada.
Respiro hondo, me ajusto la capucha y me acerco a ella. Siempre me han gustado los coches averiados. Pensar en estar bajo el capó, arreglando un problema, me tranquiliza.
—Eh... —digo.
Eso es todo lo que hace falta. La mujer se endereza. Es alta, aunque cualquiera más alto que un niño me parece alto. Su largo cabello negro cae sobre sus hombros.
Se gira hacia mí con ojos verdes, examinándome rápidamente. Si llevara traje, pensaría que es una empresaria. Pero su camisa gris suelta, sus mallas negras y sus zapatos cómodos sugieren otra cosa.
Tal vez sea la hija de una empresaria. Pero la forma en que me mira me dice que no es una niña rica perdida en la parte equivocada de la ciudad.
—Eh... ¿Puedo ayudar? —pregunto.
—Si sabes de coches, quizás. —Su voz es firme, pero no desagradable.
Miro alrededor, sintiéndome, de repente, tonta. Esto podría ser una trampa. Me inclino para ayudar, me golpean en la cabeza y acabo de vuelta en el lugar horrible del que tanto me esforcé por escapar.
—Está bien —dice la mujer—. Probablemente, yo tampoco ayudaría ni a mi propia madre en este barrio.
Sonríe y rodea su coche. Se estira por la ventanilla para coger su teléfono que se está cargando. Exhalo y miro el motor.
Hay muchas cosas en el mundo que no entiendo, y aún más que no quiero entender. Pero entiendo de motores. Desde pequeñas batidoras hasta grandes camiones, sé cómo funcionan las cosas.
Y cuando no lo sé, aprendo rápido. Aparto los recuerdos de cómo aprendí esto y me concentro en el motor.
—¡Contesta! —dice la mujer en voz baja mientras trabajo.
—¡Pruébalo! —le grito.
Parece sorprendida, pero deja de usar su teléfono. Se mete en el coche y presiona el botón de arranque. El motor arranca.
Sale del coche, sonriendo.
—¡Gracias! —dice—. Ya tengo suficientes problemas por elegir un Prius con mi novi... ¡Vaya! Supongo que debería decir «con mi prometido».
Sonríe para sí misma y sacude la cabeza. Me doy la vuelta para irme lo más rápido posible. Escuchar sobre las vidas normales de otras personas no es algo que me guste.
—¡Disculpa! —me llama.
Me giro despacio, aún tratando de ocultar mi rostro. No confío en nadie. Estoy mejor sola.
Que los demás vivan sus vidas, se comprometan, se casen. Yo no quiero nada de eso.
—¿Eres buena con los motores? —pregunta.
Asiento.
—¿Estás buscando trabajo?
Frunzo el ceño. He oído hablar de gente que reza, pero nunca creí que alguien respondiera. Nadie ha respondido nunca a mis oraciones.
Ni ahora, ni nunca. He rezado pidiendo ayuda, pidiendo la muerte. Nadie me ayudó jamás. Dudo de que alguien vaya a empezar ahora.
No digo nada. La mujer me mira, luego levanta una ceja como si hubiera tomado una decisión. Se mueve hacia el asiento del conductor y busca en su bolso.
Saca un bolígrafo y papel y escribe algo.
—Hay un taller aquí. —Me da un trozo de papel con una dirección—. Si buscas trabajo, ve allí y di que te envía Ava.
—Es... ¿es un tipo de trabajo que…? —Me detengo—. ¿Que pagaría en efectivo?
—Pagan en efectivo, pagan bien y hacen pocas preguntas. —Sus hermosos ojos se entrecierran.
No es una empresaria, ni una niña rica. Hay algo en ella, algo casi peligroso.
Debería haberlo visto antes. Es una mujer que lleva el peligro como si fuera parte de ella.
Fue el Prius lo que me engañó. Pero ahora, mientras me mira, su rostro es suave y amistoso.
Sólo asiento. Me guardo el papel en el bolsillo y me voy.












































