Me dejaste - Portada del libro

Me dejaste

Kachi Okwesa

Capítulo Cinco

Coral

UNA SEMANA DESPUÉS

Coral estaba por fin en el avión rumbo a Ámsterdam, para poder empezar de nuevo su vida, para poder olvidarse de Nikolai, para poder tener a su bebé en paz y luego darle una buena vida que esperaba poder permitirse pronto.

Se quedó dormida en el avión. Cuando se despertó, miró al cielo oscuro diciéndose a sí misma que no lloraría. Se disponían a aterrizar, así que se abrochó el cinturón y apagó el móvil.

Cuando el avión se detuvo, se puso a buscar su maleta entre los compartimentos que hay sobre los asientos. Tras varios minutos de búsqueda, la localizó y se dirigió hacia la salida para encontrar a su nuevo compañero de piso. Estaba junto al ascensor con un cartel que ponía su nombre.

Coral aceleró el paso y cuando llegó hasta él le dio un golpecito. —Hola, soy Coral, la amiga de Mery.

Se dio la vuelta y la miró. Estaba buenísimo. Tenía unos preciosos y profundos ojos marrones y una hermosa estructura facial.

—¿Has terminado de mirarme? —le preguntó, cogiendo su maleta y sonriendo de oreja a oreja.

—No.

—Soy gay —dijo sin rodeos.

—Ahora sí he terminado.

—Seguramente, mi prima no debe haberte contado mucho de mí. Llevo media hora esperando.

—Lo siento, estaba buscando mi maleta.

—Vale, estás perdonada. Sígueme.

—¿Podemos coger el autobús?

—Tengo coche.

—Genial —dijo, poniendo los ojos en blanco.

—Vaya, cuanta emoción —dijo sarcásticamente y empezó a caminar hacia el aparcamiento.

—Necesito que sepas que estoy embarazada.

—¿Qué? ¿Por qué Mery omitiría una información tan importante? Lo siento, tienes que volver. No puedo cuidar de ti.

—¡¿En serio?!

—Por supuesto que no. —Le abrió la puerta del coche.

Coral murmuró: —Idiota.

***

—Bienvenidos a mi humilde morada —exclamó el tipo, del que aún no había oído el nombre, cuando llegaron a una casa de ladrillo rojo.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

—Landon. A su servicio, señora.

—Eres muy raro.

—Me lo dicen mucho, porque mi apellido es raro.

—¿Cómo? —preguntó.

—Weird, me llamo Landon Weird.

—Vale... —Se interrumpió—. Espero que te cases pronto y te cambies el apellido.

—Lo que tú digas, estúpida.

Landon abrió la puerta y ella sonrió. Se veía a sí misma formando una hermosa familia en esta hermosa casa.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

—Adelante.

Coral entró en la casa y la puerta se cerró tras ella. El olor a rosas mezclado con un ligero toque de pollo frito le llegó a la nariz. Landon subió su maleta y luego volvió a bajar.

—Siéntate. Siéntete como en casa, mi casa es tu casa.

—Gracias.

—De nada. ¿Eres española?

—Sí.

—No tienes acento.

—Créeme, sólo intento seguirte el ritmo —dijo con un marcado acento español.

—Ahí está. Estas son mis reglas: no rompas mis cosas a menos que estés enfadada conmigo, mantente alejada de mis barritas de proteínas, mis barritas energéticas, mis barritas bajas en grasa y mi barrita bebibles durante al menos nueve meses.

—No irrumpas en mi habitación porque podría estar haciendo algo que te marcará de por vida, nada de enfurruñarse, esta es una zona feliz, no lo arruines con las hormonas del embarazo.

—Pregunta antes de usar mis cosas y cómete todo lo que te ofrezca para mantener a salvo al bebé, ¿me explico?

—Perfectamente.

—¿De cuánto estás?

—Dos meses.

—Vale, entonces te llevaremos mañana a que te hagan un escáner del bebé.

—Te refieres a una ecografía, ¿verdad?

—Sí, eso. Ve a refrescarte. Tu habitación es la que dejé abierta. Hazme un favor y baja a cenar a las nueve.

—De acuerdo.

Coral subió las escaleras y se desnudó. Se dio una ducha rápida y se puso ropa cómoda.

***

—Estoy nervioso —dijo Landon, temblando en su asiento, moviendo los dedos nerviosamente y mordiéndose el labio.

—¿Por qué estás nervioso? Es mi ecografía.

—Lo sé. Es sólo que es tan surrealista… ya sabes, nunca pensé que estaría en este tipo de sala de espera del hospital.

Coral le dio una palmadita en el hombro. —Estoy segura de que lo harás bien.

—No, tengo aichmofobia que significa miedo a los objetos punzantes, ergo esa aguja que tiene en la mano, me voy a desmayar.

—Landon relájate. Pronto será mi turno.

Y tal y como había previsto, su nombre fue el siguiente en sonar. Landon y ella entraron en la habitación, con paredes blancas, un monitor, una cama y un poco de frío.

—Bien, tu nombre es Coral Carter, ¿verdad?

—Esa soy yo.

—Bien. Ahora túmbate en la cama y súbete la camiseta para que podamos empezar el escáner. Coral hizo lo que le pidieron y se puso a esperar pacientemente.

—¿De cuánto estás?

—Dos meses.

—Así está bien. —La doctora usó sus manos enguantadas para palpar el estómago de Coral.

—¿Haces ejercicio, Coral?

—No.

—Vale, ¿y qué hay de la comida? ¿Sigues alguna dieta? ¿Eres vegetariana?

—No, como de todo.

La doctora extendió un gel frío y transparente sobre el vientre de Coral haciéndola estremecerse.

—¿Está frío?

—Sí, un poco.

Empezó a explorar al bebé. —¿Ves esa manchita de ahí?

—Ajá.

—Bueno, ese es tu bebé.

—Vaya, es superpequeño.

—Lo sé. ¿Quieres una foto?

—Sí, por favor.

La doctora le dio un pañuelo para que se limpiara el gel y se marchó.

Al ver la pequeña vida que crecía en su interior le dieron ganas de llorar por Nikolai: iba a perderse ver crecer a su hijo.

Claro, era su culpa, pero realmente pensar en eso le rompía el corazón. Tal vez debería llamarlo y decírselo. Quizás entonces él la aceptaría de vuelta.

—Coral, tengo la foto. Volvamos a casa.

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