Galatea Logo
ListasAsistencia
Hombres lobo y cambiaformas
Mafia
Romance multimillonario
Romance con un acosador
Romance lento
De enemigos a amantes
Romance paranormal
Compañeros predestinados
Historias deportivas
Libros en universidades
Segundas oportunidades
Ver todas las categorías
Valorada con 4,6 en la App Store
Condiciones de usoPrivacidadDerecho de desistimientoAviso legal
Galatea on FacebookGalatea on InstagramGalatea on TikTok
Cover image for El arreglo del fuera de juego

El arreglo del fuera de juego

Autor
Jane Anne
Lecturas
17.1K
Capítulos
41
Autor
Jane Anne
Lecturas
17.1K
Capítulos
41
🧶BDSM🏈Historias deportivas🌼Virgen💔Romance prohibido🏃🏿‍♂️Atletas🏙️Contemporáneo💪🏻Protector💪🏻Machos alfa💪Mujeres valientes🥵Erótica🧑🏽‍🦳Diferencia de edad💄Aventura de una noche👯Gemelos🖤Oscuro

Una pasión prohibida. Una identidad falsa. Una noche que lo cambia todo.

Lacey Whitaker siempre ha vivido a la sombra de su hermano gemelo, Levi Whitaker, el jugador estrella y chico dorado de los Chicago Kings. Como su asistente personal, su vida gira en torno a agendas, asientos a pie de campo y mantenerse invisible. Hasta que, en una noche impulsiva, contrata a un acompañante para perder finalmente su virginidad… y termina en la habitación de hotel equivocada.

Él no debía ser él.

Kaid Jackson —implacable, atractivo y el recién nombrado entrenador jefe de los Kings— nunca esperó que la tímida pelirroja que llamó a su puerta fuera alguien más que su habitual distracción nocturna. Cuando ella se marchó antes del amanecer, pensó que era solo otro hermoso secreto. Hasta que entró en la reunión del equipo… como la hermana de su jugador estrella.

Aterrorizado por la verdad y atrapado en una red de mentiras, Kaid toma una decisión de último segundo: fingir que la historia del acompañante es real. Que está disponible para… acuerdos extracurriculares. Solo por esta vez. Solo para ella. Solo negocios.

Pero a medida que su escandaloso «acuerdo fuera de juego» se profundiza, también lo hace la pasión —y el peligro de ser descubiertos—. Especialmente cuando la línea entre el entrenamiento y el deseo comienza a borrarse.

Si Levi se entera, las carreras podrían arruinarse. Los corazones podrían romperse.

Y Kaid podría perder el único juego que realmente ha querido ganar.

Capítulo 1: No me llames nena

LACEY

El ascensor del hotel parecía tardar una eternidad esta noche.
Por lógica, sabía que se movía a su velocidad normal. Había tomado este ascensor cien veces en los últimos dos años, desde que mi hermano gemelo fue reclutado por los Chicago Kings justo después de la universidad y se convirtió en un jugador de fútbol algo famoso. Empezamos a quedarnos aquí la noche antes de los grandes partidos en casa; una tradición para unirnos que él había decidido que era necesaria.
Yo era su asistente personal —de mala gana, pero necesitaba el dinero—, así que también me quedaba. Mi hermano era, para decirlo suavemente, un imbécil. Si siquiera sospechara que yo andaba a escondidas por el hotel a estas horas, le daría un infarto y luego me arrastraría a un largo sermón sobre cómo estaba saboteando su estado mental antes de un partido. Aunque no podía culparlo del todo por su gran ego.
Nuestros padres habían rezado mucho por tener un niño y, cuando lo tuvieron, lo mimaron y le consintieron todo hasta convertirlo en un mocoso perezoso y engreído.
Yo fui la gemela sorpresa, la que se quedaba atrás, tolerada cuando convenía y útil solo cuando me necesitaban. Como cuando me hicieron su asistente; o como esta noche, obligándome a quedarme en este hotel aunque tenía un loft perfectamente decente a veinte minutos de aquí.
Al menos me habían dado una bonita habitación esta noche, aunque no iba a usarla.
Me dirigía a los pisos superiores, los de las habitaciones caras, en los que Levi solía quedarse. Como dije, había estado mucho en este ascensor.
Pero esta noche, los veinte pisos entre el vestíbulo y mi destino parecían no tener fin, probablemente porque iba a conocer a un extraño; un extraño al que le estaba pagando para follarme.
Solté una exhalación temblorosa que casi se convirtió en un jadeo. De verdad estaba haciendo esto, había contratado a un acompañante masculino. Claramente estaba loca, pues esta era la idea más absurda que había tenido en mi vida. Y en mis veinticuatro años de ideas absurdas... eso era mucho decir.
No solo por el hecho de que lo estuviera haciendo, sino de que lo estuviera haciendo aquí, en el mismo hotel donde se alojaba mi hermano sobreprotector y con toda la plantilla de los Kings muy cerca.
Si no me moría de vergüenza esta noche, Levi terminaría el trabajo cuando se enterara.
El ascensor por fin se detuvo y las puertas brillantes se deslizaron para abrirse.
Salí a la gruesa alfombra del pasillo, intentando evitar que mis piernas temblaran. Mi reflejo en el espejo de enfrente llamó mi atención; dudé un momento, y de repente me quedé clavada en el suelo.
Yo no era muy llamativa. Levi, egoísta hasta en el útero, se había llevado el gen atlético y el del atractivo.
Él era alto y ancho, con ojos azules penetrantes, abundante cabello cobrizo, facciones marcadas y un bronceado que brillaba bajo las luces del estadio; los fans se volvían locos por él. Yo era baja, pálida, pecosa y pelirroja. Lo único que compartíamos eran los ojos, pero los míos eran tan desteñidos que prácticamente parecían grises.
Me sacudí esos pensamientos y obligué a mis piernas a moverse hacia la habitación 2013. No importaba cómo me viera. Había hecho un esfuerzo: maquillaje ligero, cabello alisado y un suave vestido de verano rosa que se ajustaba a mi pequeña figura e insinuaba unas curvas que apenas tenía.
Pero un acompañante masculino no estaba allí para evaluar mi belleza ni le importaba si yo era elegante o sexy; a él le pagaban, así que la atracción no era un factor en la ecuación.
Esto era una transacción, pura y dura. Ese pensamiento me dio la fuerza para tocar a la puerta.
Llegaba unos minutos tarde, pero todavía dentro de un margen razonable, por lo que me quedé de piedra cuando la puerta se abrió de golpe y un hombre me gruñó.
Gruñó. Como... literalmente gruñó, y luego dijo con voz ronca: «Llegas tarde. Entra y ponte de rodillas, nena».
Me quedé paralizada, atónita. Las palabras. El tono. La pura audacia.
Era alto, musculoso, de cabello negro y ondulado y ojos color avellana bordeados de algo peligroso. También estaba sin camisa, con una toalla alrededor del cuello que revelaba unos abdominales esculpidos. Llevaba unos pantalones de pijama muy bajos en la cadera y un tatuaje se curvaba sobre uno de sus bíceps, con un símbolo que no reconocí.
El aroma a jabón limpio y a algo innatamente masculino me golpeó como un camión, haciéndome tragar saliva por una oleada de nervios.
Parecía mucho más peligroso de lo que esperaba, y también mayor; al menos de unos treinta y tantos largos.
El servicio que había reservado hacía una hora —con mi mejor amiga riéndose a mi lado hasta que se dio cuenta de que hablaba en serio— prometía profesionalismo, discreción, y a un chico de mi edad que fuera de hablar suave, encantador y paciente.
Este hombre no era nada de eso. «¿Me has oído, nena?», preguntó, mientras sus ojos me recorrían lentamente. «No eres lo que esperaba... pero puedo trabajar con ello».
Frunció levemente el ceño, como si algo no encajara, pero le restó importancia.
Mi voz por fin regresó. «No me llames nena, y no me voy a poner de rodillas por ti».
Parpadeó, aunque su sonrisa no llegó a vacilar. «Vale. Tú mandas esta noche. Lo pillo».
«Así es», dije, irguiéndome un poco más. «Así que apártate».
Todavía con un ligero aspecto de desconcierto, dio un paso atrás para dejarme entrar. La habitación estaba a media luz; una sola lámpara iluminaba la esquina junto a la cama y, con las cortinas de suelo a techo abiertas, la luz de la luna bañaba la alfombra con suaves sombras.
Intenté procesar que había llegado el momento; esta era la habitación, el lugar donde perdería mi virginidad. Y, aunque mi cerebro lógico lo aceptaba, el resto de mi ser gritaba que me diera la vuelta y saliera corriendo.
«¿Te ofrezco una bebida?», preguntó el hombre, apareciendo detrás de mí y deslizando una mano bajo mi cabello.
Casi salto en el aire del susto, pero me las arreglé para dar un paso adelante con calma y darme la vuelta. «No, gracias», dije. «Quiero tener la cabeza despejada para esto».
Todavía sonaba demasiado educada, demasiado tensa. Relájate, Lacey. Es una bebida, no burundanga.
Sonrió levemente, con los ojos recorriéndome de nuevo. «¿Cuántos años tienes?»
Parpadeé; eso estaba en el formulario que había llenado. «Veinticuatro», dije.
Frunció el ceño, probablemente preguntándose por qué una joven de veinticuatro años seguía siendo virgen, o tal vez escaneándome en busca de defectos.
No le di la oportunidad. «¿Cómo te llamas?»
Se encogió de hombros y cruzó hacia la mesita, bebiendo a sorbos algo de color ámbar y ahumado. «¿De verdad necesitamos nombres esta noche, nena?»
Me tensé. «Tal vez sí quiero una bebida después de todo».
Estaba a diez segundos —y a un «nena» más— de marcharme, pero había llegado muy lejos; no me iba a rajar solo porque él no encajara con el escolta sofisticado y encantador que había imaginado.
Tal vez el servicio había notado lo nerviosa que estaba y pensó que enviar a alguien... más asertivo... garantizaría que yo siguiera adelante. No tenían de qué preocuparse, lo iba a hacer.
Pero mañana les enviaría un correo electrónico en tono muy enérgico. Tomé la bebida de su mano con los dedos temblando solo un poco, y di un sorbo. Me quemó, pero no demasiado; era más bien como miel que me calentaba por dentro y me daba firmeza.
«¿Mejor?», preguntó, todavía mirándome como si yo fuera un rompecabezas.
«Sí». Tomé otro sorbo y dije con firmeza: «No me llames nena».
Inclinó la cabeza. «Entonces, ¿cómo debería llamarte?»
Dudé un momento. «Puedes llamarme Rose».
El nombre se sentía extraño en mi boca; era mi apodo de la infancia, uno que odiaba, pero era el que había usado para hacer la reserva. Realmente no era yo.
Lacey Whitaker —tímida, virginal, y rayando en el TOC— no pertenecía a este lugar. ¿Pero Rose? Rose sí podía.
«Rose», repitió, apartándome el cabello del hombro. «Me gusta. Bonita y delicada. Como tú».
Debería haberle dicho que dejara de tocarme, pues los acompañantes debían preguntar antes de iniciar el contacto; eso también estaba en el formulario. ¿Acaso seguía alguna regla? Ignoré el cosquilleo en mi estómago. «¿Cómo te llamo a ti?»
Se inclinó más cerca, con sus labios rozando mi oreja. «Llámame como quieras, Rose, pero grítalo bien fuerte cuando te corras debajo de mí».
Luego deslizó su mano debajo de mi vestido, cubriendo mi intimidad, y sus ojos se clavaron en los míos. «Vamos a empezar, ¿de acuerdo?»
Tragué saliva. Este hombre no solo rompía las reglas, sino que les sacaba el dedo medio y sonreía con malicia mientras lo hacía.

Descubre Galatea

El amor viaja al oeste, Libro 1: Rumbo al oesteEl Primero en SurgirPlacer y negociosPropiedad de los alfas, relato corto: Una Navidad de Hombres LoboPrivilegio Abogado-Cliente

Últimas publicaciones

Una unión peligrosa libro 2Enamorada de la mafia Libro 3Enamorada de la mafia Libro 2Una segunda oportunidadLa Manada de Ridge Mountain Libro 5: La Profecía

Listas de lectura

Ver todo

Sumérgete en colecciones de libros de romance seleccionados por nuestra comunidad de lectores.

Los mejores

por Susan lake

14 libros

Volvería a leer ❤️

por zulymar_pty

12 libros

Para leer

por mad 12

63 libros

Mi lista Mad12

por mad 12

80 libros

Libros leidos

por Biandra Pérez

22 libros

Relaciones complejas

por Ana Cabrera+López

162 libros

LEER 📚

por Mira Lumina

69 libros

Leídos buenos

por Kari77

68 libros

Dragones y demonios

por Ana Cabrera+López

21 libros

Libros que valen la pena leer 😋

por Miry amor

62 libros

Para leer

por Hezabel

46 libros

Historias leidas

por libertad

77 libros

Fantástico

por mcmg70

37 libros

Biblioteca

por Jelisesa

129 libros

Hombres lobo

por Ana Cabrera+López

153 libros