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El aullido del Alfa Libro 3

Autor
Bianca Alejandra
Lecturas
16.9K
Capítulos
30
Autor
Bianca Alejandra
Lecturas
16.9K
Capítulos
30
🐺Paranormal🐺Hombres lobo y cambiaformas💘Compañeros predestinados🎭Drama👩‍❤️‍👨Compañero predestinado🌛Dioses y diosas🧙‍♂️Paranormal y fantasía💪🏻Machos alfa

En un mundo donde las manadas de hombres lobo luchan por el poder y la supervivencia, el amor de Lyla y Sebastian se pone a prueba con intrigas políticas, tradiciones ancestrales y fuerzas sobrenaturales. Al convertirse en Guardiana de la Luna para salvar a su manada, Lyla enfrenta peligrosos desafíos, incluyendo un laberinto mortal y un Cardenal corrupto. Con el apoyo de su compañero Sebastian y nuevos aliados, Lyla deberá recorrer un camino traicionero para proteger a sus seres queridos y enfrentarse a la mismísima Diosa Luna.

Apareados al fin

LYLA

No puedo creer que esto esté sucediendo.
El Sacerdote de la Luna presidía la ceremonia, su voz de barítono repasaba uno a uno los antiguos ritos. Pero, sinceramente, no podía oírlos.
El mundo que me rodeaba se desvaneció.
No vi los hermosos adornos que Teresa había colocado en el granero.
No me di cuenta de la multitud de amigos y familiares que me observaban con ojos llorosos.
Apenas recordaba mi propio nombre.
Todo lo que vi fue a mi compañero de pie ante mí, con sus hermosos ojos llenos de amor. Aquel magnífico hombre era mío y sólo mío.
—¿Lyla? —me preguntó el sacerdote.
Parpadeé, saliendo de mi trance. Me di cuenta de que el clérigo estaba esperando que dijera algo.
—Eh…. Sí, quiero.
Se escucharon risas entre la multitud.
—Tus votos —dijo suavemente, sonriendo.
Oh.
Noté que mi cara ardía. Respiré profundamente.
No arruines esto, Lyla.
—No se me dan muy bien estas cosas... hablar en público y todo eso —expliqué. Le miré y sonreí—. Pero supongo que tendré que acostumbrarme, ahora que voy a ser la Luna de la Jauría Real.
Sebastian me guiñó un ojo, y las mariposas revolotearon en mi estómago.
Solía sentirme insegura sobre lo que quería, pero al estar allí, frente a él, no tuve ninguna duda de que había tomado la decisión correcta.
Por fin, mi cabeza y mi corazón habían conectado.
—Antes de conocerte, era una chica normal. No había nada especial en mí. Me mantenía al margen... leía mis libros... mis amigos me hacían salir a la fuerza.
Dirigí una mirada a Teresa y ella me lanzó un beso mientras la multitud se reía. Caspian estaba de pie junto a ella, con una sonrisa genuina en su rostro. Parecía muy feliz por mí, y aquello me tranquilizó.
—Pero me mostraste un mundo completamente nuevo, Sebastian —entrelacé mis dedos con los suyos—. Desde que te conocí he descubierto mucho sobre mí misma. Hemos soportado la angustia y el dolor. Hemos navegado por noches oscuras y sin luna.
Parpadeé para no llorar.
—Eres la luz que me guía. Me has mostrado que puedo ser fuerte. Me has mostrado que puedo ser valiente... y... —respiré profundamente y con dificultad—. Me has demostrado que soy digna de ser amado. Mi corazón es para ti y sólo para ti.
Sebastian me sonrió y vi que sus ojos se empañaban de lágrimas por primera vez. Mi corazón se sintió tan lleno que estaba segura de que iba a estallar.
El sacerdote se volvió hacia Sebastian.
—Tengo fama de ser un poco impulsivo —comenzó.
Me reí, y nuestras familias también se rieron.
—Me frustro fácilmente. Me rijo por mis emociones. Me lanzo hacia adelante de forma temeraria, normalmente para disgusto de mi fiel Consejo.
Oímos a Tiberio y Cayo aclararse la garganta, y una gran sonrisa se dibujó en la cara de Sebastian.
—Pero tú me haces mejor —dijo—. Eres mi suave brisa de verano. Eres las flores silvestres que florecen en primavera. Conectas con mi alma tan ciertamente como que la luna sostiene el suave choque de las olas en la orilla. Te quiero, Lyla. Siempre te he amado y siempre te amaré.
Lágrimas de felicidad se derramaron por mis mejillas. No pude contenerlas más.
—Tú, Lyla, ¿tomas a Sebastian como tu compañero eternamente, de igual manera que la luna pende por siempre jamás en nuestro cielo?
—Sí, lo tomo —dije.
—¿Prometes, Sebastian, ¿prometes mantener este vínculo, incluso en las noches más oscuras?
—Lo prometo —afirmó.
—Entonces, bajo la mirada de la Diosa de la Luna, os declaro compañeros.
Sebastian tomó mi cara entre sus manos y me besó.
Su beso fue una promesa de futuro.
Su beso fue como volver a casa.
Sólo cuando nos separamos oí los vítores y aplausos de nuestra familia y amigos. Las cosas no podían ser más perfectas.
—Supongo que ahora soy tu Luna —conjeturé.
—Todavía no —guiñó un ojo y se inclinó para susurrarme al oído—. Aún tenemos que consumar nuestro vínculo.
Sentí que mi núcleo se contraía de deseo.
Me apunto a una noche salvaje...

SEBASTIAN

Crucé con Lyla el umbral de la casa de la jauría con Lyla en bazos y cerré la puerta de una patada tras de mí.
Nuestra ceremonia de apareamiento había sido mágica. Habíamos bailado, comido y bebido toda la noche con nuestros familiares y amigos más cercanos.
Pero ahora es el momento de estar solos.
Acosté a Lyla en nuestra cama, con pétalos de flores silvestres esparcidos sobre las sábanas. Las velas ya ardían a baja altura a nuestro alrededor, proporcionando un suave e íntimo resplandor.
Lyla parecía una diosa con su vestido, que hacía de ella la viva imagen de la elegancia y la pureza.
Y no puedo esperar a que se lo quite.
Me sonrió tímidamente mientras movía las pestañas.
—Entonces, Alfa Sebastian... ¿qué pasa ahora? —preguntó inocentemente.
Me arrastré por la cama hacia ella y pasé mis manos por sus pantorrillas, subiendo la falda de su vestido.
Se mordió el labio mientras recorría con mis dedos sus cremosos muslos.
—Ahora, mi Luna, tenemos un deber sagrado que cumplir —expliqué. Le planté besos a lo largo de la pierna—. Tenemos que completar nuestra unión a los ojos de la Diosa de la Luna.
Estaba encima de ella, con nuestros labios separados por centímetros. Ella me miró, con los ojos brillando a la luz de las velas.
—Entonces, ¿a qué esperas? —preguntó. Me rodeó el cuello con sus brazos—. Apresúrate y complétame.
Hice que mis labios cayeran sobre los suyos, y nuestra pasión se encendió como un incendio.
Ansias reprimidas durante meses se liberaron de golpe mientras nuestras lenguas luchaban por el dominio. Ella desgarró mi esmoquin y yo rasgué su vestido.
Estaba mareado por el deseo. Borracho de lujuria. Mi apetito por Lyla era incontenible. Y, con la forma en que ella apretaba sus caderas contra las mías,... no hacía sino avivar las llamas.
Finalmente le quité el vestido y me tomé un momento para admirar su cuerpo. Mis ojos se impregnaron del sudor de su cuello, de la turgencia de sus pechos perfectos, de la curva de su cintura...
—Qué hermosura.

LYLA

Me derretí bajo la mirada ardiente de Sebastian.
Era el momento de entregarnos por fin el uno al otro, de dárnoslo todo.
No sentía miedo. Lo único que quería era que me marcara. Quería que por fin nos convirtiéramos en uno.
Podía sentir mi lujuria goteando por mis muslos.
Me agaché y sostuve su polla entre mis manos, sintiendo su peso.
¿Se supone que esta cosa enorme cabe dentro de mí?
Guié su hombría hacia mi sexo, masajeándosela arriba y abajo. Su verga se frotó contra mi clítoris, volviéndome loca.
—Joder, Lyla —gimió, con voz ronca. Aquel sonido me puso la piel de gallina. Le miré fijamente, y el amor y el deseo que vi en sus ojos se reflejaron en los míos.
—Estoy listo —le avisé.
Sebastian asintió y me envolvió por completo con sus brazos, abrazándome fuertemente. Nunca me había sentido más segura.
Los labios de Sebastian tocaron ligeramente mi hombro, luego sentí sus dientes clavarse en mi piel justo cuando su ariete se hundió en mi sexo.
Y lentamente, muy lentamente, nos convertimos en uno.
El dolor se disparó hacia mi interior e irradió por todo mi cuerpo. Grité, las lágrimas brotaron de mis ojos.
Sebastian sacó sus dientes de mi hombro.
—¿Estás bien? —se inquietó. Asentí, tranquilizándole.
—Dame un segundo —pedí. Cerré los ojos y respiré profundamente, concentrándome en la sensación de los brazos de Sebastian a mi alrededor. En su calor y su amor envolviéndome.
Nuestros corazones empezaron a latir como uno solo, y el dolor se desvaneció lentamente.
—Sigue y no pares —le incité.
Sebastian comenzó a mover sus caderas hacia adelante y hacia atrás, y cada vaivén me hacía ver estrellas.
—¡Oh, Diosa! —clamé cuando su miembro alcanzó un punto de mi interior que ni siquiera sabía que existía.
Mis labios hinchados ciñeron su pene, y él gruñó, profunda y guturalmente en mi oído.
—Hazlo otra vez —dijo con voz tensa.
Obedecí, y sentí cómo se retorcía dentro de mí, haciéndome jadear.
Sebastian aceleró su ritmo, sus embestidas cada vez eran más rápidas. Nos acompasamos, nuestros cuerpos se movían como uno solo.
Me aferré a los músculos de su espalda, saboreando la sensación de su peso encima de mí.
Me levanté y le mordí el hombro, y él gritó de placer.
Ambos habíamos dejado nuestras huellas, y parecía que nuestra conexión se había intensificado aún más.
La presión aumentaba dentro de mi núcleo, un orgasmo descomunal que seguía acumulándose con cada empuje de la enorme polla de Sebastian.
Respiré entrecortadamente.
Estaba tan mareada que pensé que me iba a desmayar.
Rodeé a Sebastian con mis brazos y mis piernas mientras me penetraba, y apenas tuve tiempo de prepararme para llegar al límite.
—¡Sebastian! —gemí—. Creo... creo que voy a...
—¡Córrete para mí! —me ordenó, y su voz profunda hizo que me desbordara.
Sollocé mientras me corría, mi coño se convulsionaba y se apretaba alrededor de la polla de Sebastian. Pulsiones de intenso placer se extendieron hasta el extremo de mis pies y manos, y hasta la zona más alejada de mi cráneo.
Sebastian gruñó cuando se corrió, y sentí su semilla caliente derramarse en lo más profundo de mi ser.
La sensación fue suficiente para hacerme gritar en otro orgasmo.
Nos desplomamos en un batiburrillo de miembros sudados y enredados.
Estaba tan perdida en el resplandor que no sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él.
Sebastian me abrazó imposiblemente cerca, y yo me acurruqué en su pecho.
—Ha sido... —sacudí la cabeza, sin aliento ni palabras.
—Estoy de acuerdo.
Nos reímos y el momento no pudo ser más perfecto.
—¿Qué se siente al ser oficialmente la Luna de la Jauría Real?
—Es alucinante —confirmé, y me acurruqué más cerca de él. Comencé a trazar pequeños círculos en su pecho con mi dedo. noté que se ponía rígido y sonreí pegada su piel—. Pero no estoy segura de haberme hecho una idea todavía...
Mis dedos recorrieron sus abdominales, trazando la cincelada línea en uve de su pelvis...
—¿Puedes mostrarme de nuevo lo que es ser tu Luna? —ronroneé. Agarré su polla, ya dura como una roca, y la acaricié en toda su longitud—. No sé si lo he pillado la primera vez...
Sebastian me colocó encima de él, con una sonrisa diabólica en los labios.
—Entonces supongo que tendremos que repasarlo de nuevo —comentó. Me estrujó el culo, haciéndome chillar—. Tantas veces como sea necesario.
Hubo un repentino destello de luz brillante a los pies de la cama. Me sorprendió que Sebastian nos diera la vuelta para que yo estuviera debajo de él.
Se puso inmediatamente en posición de defensa, con las garras asomando.
¿Nos atacan?
Pero al mirar a mi alrededor no vi a ningún rebelde o bruja atacando. De hecho, lo único que había allí era un pequeño sobre cubierto de filigranas de platino a los pies de la cama.
Los ojos de Sebastian se abrieron con sorpresa al descubrirlo. Se inclinó y cogió el sobre, leyendo rápidamente el mensaje que contenía.
Su expresión se volvió cada vez más oscura a medida que leía, y mi corazón empezó a latir con fuerza mientras la ansiedad aumentaba en mi interior.
—¿Qué es? —pregunté.
Sebastian no sólo parecía enfadado.
Parecía furioso.
—Te han convocado a la Ciudad Santa —anunció en voz baja.
¡¿Cómo?!
—¿Quién? —quise saber.
Los intensos ojos de Sebastian se posaron en los míos.
—La mismísima Diosa de la Luna...

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