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El aullido del Alfa Libro 4

Autor
Bianca Alejandra
Lecturas
19.3K
Capítulos
30
Autor
Bianca Alejandra
Lecturas
19.3K
Capítulos
30
🐺Paranormal🐺Hombres lobo y cambiaformas💘Compañeros predestinados🎭Drama👩‍❤️‍👨Compañero predestinado🧙‍♂️Paranormal y fantasía💪Mujeres valientes🧙‍♀️Magos y brujas

En un mundo donde los mestizos y las brujas sufren una persecución implacable, el desafío de Lyla Green en un festival desencadena una serie de eventos que la arrastran a un peligroso juego de poder y supervivencia. Despojada de su rango y obligada a asumir el papel de guardia personal de la Diosa Luna, Lyla debe navegar aguas políticas traicioneras, proteger a sus seres queridos y descubrir oscuros secretos que podrían cambiarlo todo. Mientras se forjan alianzas y los enemigos se acercan, el valor y la determinación de Lyla se pondrán a prueba como nunca antes.

Una cuestión de destino

LYLA

—¡Lyla Green! Acércate al Consejo —ordenó el cardenal Mercer mientras me miraba desde el estrado.
Caminé lentamente por la extensa sala de la basílica, donde Mercer, la Diosa de la Luna y todo el Consejo Sagrado estaban sentados por encima de mí en una sola fila.
Me coloqué delante de ellos, lista para enfrentarme a mi castigo.
Había causado un gran revuelo dentro de la Iglesia con mi exhibición en el festival, y nadie estaba contento con ello.
—Se te acusa de blasfemia, insubordinación y comportamiento perturbador —dijo Mercer, con las comisuras de la boca crispadas mientras contenía una sonrisa.
Así que... tal vez revuelo era decir poco.
Dudé que algún miembro del clero se fuese a mostrar comprensivo conmigo, teniendo en cuenta las miradas que me dirigieron.
La Diosa de la Luna tenía una expresión estoica e impenetrable.
—Has avergonzado a la Iglesia y a la Diosa con tu arrebato en el festival, interrumpiendo una tradición sagrada —me espetó Mercer desde lo alto. Como miembro de la Guardia de la Santa Luna, este comportamiento es inaceptable. ¿Qué tienes que decir sobre tus acciones?
¿Qué tenía que decir en mi defensa?
Haría bien en elegir mis palabras con cuidado...
Porque lo que dijera decidiría mi destino.
VARIAS HORAS ANTES
Mientras Sebastian golpeteaba impacientemente con sus garras la mesa de la cocina de sus dependencias, percibí que se estaba gestando una discusión.
Después del eclipse, estaba de baja temporal de mi puesto de Guardiana de la Luna hasta que la corte marcial programada con la Diosa de la Luna emitiera un veredicto.
Había provocado una gran conmoción y había echado a perder el posible la Diosa.
Algo que Sebastian no tuvo problema en recordarme...
—Sólo digo que, si querías poner fin a la tradición, seguro que había una forma más diplomática de hacerlo —me reprochó por enésima vez.
—Deja de llamarlo tradición —respondí, molesta—. Era algo vil y bárbaro. Una tortura pública.
Comprendí su frustración conmigo. Por fin habíamos garantizado la seguridad para nuestra manada, aunque nos la habían arrebatado casi inmediatamente.
Pero no podía quedarme de brazos cruzados mientras Adele era vilmente humillada por diversión.
—La Diosa de la Luna parecía una persona razonable cuando hablé con ella —dije, masajeando los hombros de Sebastian, tratando de aliviar su tensión—. Tal vez pueda llegar a ella. No sabemos con certeza si va a faltar a su palabra.
—Lyla, tendremos suerte si no nos echan de esta ciudad con embadurnados con alquitrán y plumas —replicó, con un gruñido grave.
—Bueno, no he terminado de luchar —dije con determinación—. Encontraré una manera de salir de esto.
Sebastian suspiró, sabiendo que no me echaría atrás. Me agarró la mano y la apretó.
—Encontraremos la manera de superarlo —dijo, con admiración en su voz—. Puede que seas impulsiva y testaruda, pero sé que tomaste tu decisión por la bondad de tu corazón, y nunca te lo reprocharía.
—Sebastian… —murmuré. Le rodeé con mis brazos y enterré mi cara en su pecho—. Tengo mucha suerte de tenerte como compañero.
—Estamos juntos en esto —aseguró, frotando ligeramente mi espalda—. Por siempre y para siempre.
Como dijo Sebastian, mi decisión de proteger a Adele había sido de corazón. Y sabía que era lo correcto.
Si tuviera la oportunidad de volver atrás y hacerlo de forma diferente... no cambiaría nada.
Adele merecía los mismos derechos que los demás.
Todos los mestizos los merecían.
Había expresado mi opinión de manera muy pública.
Y me mantenía firme en mis convicciones.

SEBASTIAN

Amaría a Lyla sin importar lo que hiciera. Y por mucho que su decisión hubiese puesto a nuestra manada en apuros, la había tomado por las razones correctas.
Aquella integridad era una de las razones por la que la quería tanto.
Pero si la Ciudad Santa nos retiraba el apoyo que acababa de restablecer...
Me estaba quedando sin opciones viables.
No había más justas para que Lyla se probara a sí misma...
No quedaban más favores de la Diosa de la Luna...
Entonces, ¿qué diablos íbamos a hacer?
Desde hacía un tiempo tenía un plan de emergencia, pero era la alternativa nuclear, lo que significa que realmente no quería recurrir a él.
Lo más hondo del pozo.
El último recurso sin lugar a dudas.
Mi tío Arthur.
Había animosidad entre nosotros... desde que podía recordar.
Mis padres y Arthur habían cortado sus lazos hacía una eternidad, y, en consecuencia, yo también.
El tío Arthur era un mentiroso...
Un estafador...
Un sucio y podrido canalla.
La oveja negra de la familia.
Y un capullo integral.
Pero también era asquerosamente rico.
Y daba la casualidad de que una de sus propiedades no estaba lejos de allí, en Mónaco. El hogar de los más ricos entre los ricos.
Mónaco estaba en la Costa Azul, por lo que tener un encuentro cara a cara no resultaría imposible, pero el problema sería conseguir que aceptara vernos.
Esperaba no tener que llegara aquel extremo, pero si lo hacía...
No sería fácil.

CASPIAN

Los últimos días habían sido especialmente duros para Adele. El abuso público a manos del cardenal Mercer la había sacudido hasta el fondo.
A pesar de lo afectada que estaba, todavía se esperaba de ella que se presentara a trabajar, o sería despedida.
Y demostró lo resistente y admirable que era al ser capaz de entrar en la basílica de nuevo con la cabeza alta y hacer su trabajo.
Pero aquello no significaba que estuviera feliz...
Después de lo ocurrido en el festival, no quería perderla de vista ni un momento.
Así que me pasaba los días contemplando a Adele en secreto mientras trabajaba.
Cada vez que un noble le hablaba con desprecio, o un miembro del clero la trataba como una mierda, tenía que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para saltar y darles su merecido.
Pero sabía que Adele odiaba la violencia.
Y también sabía que ella no habría querido que interviniera.
De todas formas no podía... hacerlo pondría en riesgo nuestra relación.
Por el momento, lo único que podía hacer era mirar y aguardar mi hora.
Y hablando de horas...
Miré mi reloj de pulsera y se me salieron los ojos de las órbitas al darme cuenta de lo tarde que era.
¡Joder! Si no me voy ahora, Adele llegará a casa antes que yo y tendré que dar explicaciones.
Solía venir a mis aposentos cuando salía del trabajo, así que tenía que llegar antes.
Por suerte, mis heridas del Ring de Combate se habían curado por fin; ya no necesitaba las muletas, pero aún no estaba recuperado al cien por cien.
Llegué a mi casa justo antes de que Adele llamara a la puerta. Me apresuré a abrir, jadeando y sin aliento.
—Hola, cariño —dije, llevándome la mano al costado y respirando con dificultad.
—¿Estás bien? —preguntó. Me dedicó una sonrisa cómplice y entró—. Pareces un poco cansado.
—Oh, yo... sólo estaba haciendo ejercicio —expliqué.
—Caspian... sé que me has estado siguiendo durante mis horas de trabajo —dijo, sentándose en la cama y sonriendo.
—¿Tú... lo sabías? —pregunté, boquiabierto.
—Te quiero, pero no eres tan sigiloso como crees —dijo riendo—. La sutileza no es uno de tus puntos fuertes.
—¿Estás enfadada? —tanteé, sentándome a su lado.
—No, de hecho te lo agradezco —respondió ella, apoyando su cabeza en mi hombro—. Saber que me proteges me hace sentir segura. Sólo quiero que tengas cuidado. Si la persona equivocada se enterara de lo nuestro...
—Eso no sucederá —dije, abrazándola con fuerza—. No dejaré que nadie nos separe.
Besé a mi compañera apasionadamente, sintiendo un amor febril por ella. Era la persona más importante del mundo para mí, y nunca dejaría que le hicieran daño.
Adele se tumbó en la cama y mi cuerpo la siguió. Me rodeó la cintura con las piernas.
Metí la mano por debajo de su falda y ella soltó un pequeño gemido cuando le bajé las bragas y mis dedos se deslizaron dentro de ella.
Puede que a mi compañera no le impresionara mi sigilo, pero sabía que tenía otras habilidades que la cautivarían.
Me metí por debajo de su falda y separé sus piernas, sumergiendo mi lengua en su húmedo y cálido sexo.
Sabía a miel y lavanda.
Tan suntuoso y dulce.
La saboreé con cada movimiento de mi lengua. Sus gemidos se volvieron incontrolables.
No tenía suficiente.
Me quité los pantalones y presioné mi polla contra su coño mientras sus garras se clavaban en mi espalda.
Al principio estaba prieta, pero después de que se relajó, la llené con mi hombría completamente.
Entré y salí lentamente.
—Qué... grande —gimió.
Noté cómo se corría mientras yo entraba y salía con mayor intensidad.
—Caspian... ¡Oh, Diosa ¡SÍ!
Oírla gritar mi nombre me hizo sentir como un rey.
Y me iba a asegurar de que ella sintiera mi cetro mientras pudiera aguantar...
Finalmente, los gemidos de mi compañera y la expresión de éxtasis en su rostro me llevaron al límite.
Me salí, pero cuando estaba a punto de correrme en las sábanas, Adele me agarró la polla y la dirigió a sus pechos.
—Te quiero por encima de mí —me animó.
Cualquier cosa por ti, mi reina.
Observó con cariño cómo me corría, mi semilla cayendo en cascada por su suave pecho.
Me derrumbé junto a ella, exhausto.
—Tienes la resistencia de diez lobos —aseguró, con el mismo aspecto de agotamiento.
Le besé la frente y se acurrucó contra mi cuerpo. —Te quiero —susurré.
—Yo también —respondió ella—. Sólo deseo que no tengamos que ocultarlo.
Mientras la miraba fijamente a los ojos, me imaginaba cómo podía ser nuestro futuro.
Uno en que no tuviéramos que ocultar nuestro amor.
—Tal vez pueda llevarte lejos de aquí. De vuelta a mi manada. Donde las leyes no importan. En la Manada de la Luna Azul tenemos nuestras propias normas —dije, emocionándome ante la perspectiva de llevar a mi nueva compañera a casa conmigo.
—Vaya… —Adele suspiró y me estrechó la mano—. Eso suena bien.
Pero no había vibración en su voz...
En su lugar, detecté una pizca de tristeza.

LYLA

Sebastian me acompañó hasta la sala del Consejo, pero no pudo llegar más lejos.
—Me gustaría poder apoyarte ahí dentro —dijo, dándome un fuerte abrazo.
No me sorprendió que Mercer quisiera que me sintiera sola durante mi consejo de guerra, pero sinceramente me alegré de comparecer en solitario.
No quería ver la decepción en la cara de Sebastian si las cosas se torcían.
—Estaré bien —le tranquilicé, separándome de su abrazo—. una botella de vino preparada para mí en casa.
—Estoy contigo, Lyla —dijo cuando dos Guardianes de la Luna abrieron las puertas de la cámara.
Me reconfortó que mi compañero creyera en mí, pero...
¿Lo haría la Diosa de la Luna?
***
¿Qué tienes que decir sobre tus acciones?
La pregunta de Mercer resonó en mi mente.
Yo sabía cuál sería mi respuesta.
—Pido disculpas a la Diosa de la Luna por mi descaro, pero no me arrepiento de mis actos —declaré con firmeza—. Mantengo mi afirmación de que la presunta tradición era bárbara y cruel.
Los miembros del Consejo deliberaron entre ellos mientras los labios de Mercer se curvaban en una sonrisa maligna. Esperaba que yo dijera aquello.
—Has mostrado desprecio por la Iglesia, y ya no te considero apta para servir como Guardián de la Luna. Serás despojada de tu condición y rango de inmediato —anunció. Dos Guardianes de la Luna se acercaron para confiscar mi armadura.
Despojada no sólo de mi rango, sino de mi dignidad.
Así es como seré recordada...
No me honrarán en el Salón de los Héroes.
Ni me homenajearán en el muro de los campeones en el estadio.
No, seré considerada un estigma en la Guardia de la Santa Luna, al igual que mi padre.
—Tu tiempo aquí ha terminado —me espetó Mercer, casi con regocijo—. Recibirás una deshonrosa des...
—¡MUERE, MALDITA IMPOSTORA! ¡NO ERES UNA DIOSA! ¡ERES UNA JODIDA MENTIRA!
Un hombre harapiento y con barba surgió repentinamente de entre las sombras, bajando de las vigas.
Saltó a la barandilla del Santo Emblema que colgaba sobre el consejo, y se deslizó por ella, aterrizando en la plataforma.
Sus ojos estaban llenos de locura; y su voz, de dolor.
Saqué mis garras y me subí al elevado estrado mientras los consejeros se dispersaban gritando.
La Diosa de la Luna intentó correr, pero tropezó con sus elaborados ropajes. Se quedó paralizada cuando el asesino se abalanzó sobre ella, blandiendo una daga de plata.
Sin siquiera pensarlo, yo también me lancé hacia adelante.
Parecía que el tiempo se ralentizaba mientras nos acercábamos a la Diosa, pero la pregunta clave era...
¿Quién la alcanzará primero?

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