
Formación de la Victoria
Autor
A. Duncan
Lecturas
2,6M
Capítulos
32
Capítulo 1.
WHITLEY
—No sé por qué pensé que esto era una buena idea —reflexiono mientras conduzco—. Seguramente fue la voz desesperada de mi hermano lo que me convenció de cruzar el país en coche para pasar el verano con él. Es lo único que me mantiene al volante, esperando que ya no falte mucho.
Mi hermano y yo somos uña y carne desde pequeños. Solo nos llevamos año y medio. También tenemos una hermana dos años menor. Nuestros padres nos tuvieron uno detrás de otro.
Además, nos parecemos un montón. Mamá siempre decía que los genes de papá eran fuertes porque los tres hijos somos su viva imagen. Con nuestro pelo castaño claro, reflejos rojizos y ojos verde intenso, se nota a la legua que somos familia. En el colegio nos llamaban los trillizos Barrington.
Kendrick y yo acabamos el instituto casi a la vez y los dos fuimos a la Universidad de Alabama. Él era el mariscal de campo del equipo de fútbol americano y yo animadora. Nuestra familia siempre ha estado metida en el deporte. Nuestra hermana pequeña, Devyn, jugaba al tenis y competía en natación.
Cuando Kendrick tuvo la edad, se presentó al draft de la NFL. Lo eligieron en primera ronda, dejándome a mí seguir su sueño de jugar al fútbol profesional. Después de graduarme, me mudé a NYU en Nueva York para hacer un máster.
Acababa de terminar el posgrado, con un máster en literatura inglesa y comunicación, y quería tomarme un respiro. Cuando Kendrick me pidió pasar el verano con él en California antes de ponerme en serio a buscar trabajo, me lancé a la carretera pensando que conducir por todo el país sería divertido.
Sí, alguien debería haberme dicho que cogiera un avión. Solo de pensar en volver conduciendo me entran sudores. Estoy planteándome dejar el coche y volver volando.
Mientras conduzco por Los Ángeles, por fin llego a la dirección que me dio mi hermano. Es una casa enorme y blanca con un camino de entrada larguísimo.
Madre mía.
En la entrada, el guardia de seguridad me para.
—Nombre, cariño.
—Eh... Whitley Barrington.
—Sí. El Sr. Kendrick quería que aparcaras en el garaje cuando llegaras. Está al final del camino. Alguien estará allí para indicarte dónde ir.
Conduzco hacia donde me señala, viendo un montón de coches aparcados por todas partes. Parece que mi hermano está de fiesta, como de costumbre. Cuando llego al final del camino, otro hombre de traje negro me indica el garaje.
Espero a que se abran las puertas y entro. Después de apagar el motor, salgo estirándome hasta que me crujen los huesos. El hombre se acerca y me cierra la puerta.
—¿La señorita Barrington, supongo?
—Sí.
—Puede entrar a la casa por la puerta lateral —dice señalándola—. Yo puedo llevarle las maletas.
—Gracias —le doy mis llaves—. Están en el maletero.
Asiente y pulsa el botón para abrirlo. Me dirijo a la puerta lateral. Ya se oye la música a todo volumen a través de las gruesas paredes. Abro la puerta y entro en lo que parece ser un cuarto de servicio.
¿Para qué necesitas un cuarto de servicio en Los Ángeles?
Sigo adelante y entro en una cocina enorme. Cuando digo enorme, me refiero a que esta cocina es más grande que todo mi piso en Nueva York.
Me encanta la isla de mármol blanco y azul donde cabría toda nuestra familia extendida. La nevera es de acero inoxidable, como todos los electrodomésticos, y más grande que cualquiera que haya visto antes. ¿Cómo se llena algo tan grande de comida?
Toda la pared del fondo no es más que enormes paneles de cristal. Parece que se deslizan hacia atrás y toda la pared se abre al patio y la piscina exterior.
—Pareces perdida.
Me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con una mujer que parece una Barbie. La rubia es flaquísima y lleva un top sin tirantes y unos shorts de deporte. Me mira de arriba abajo como si estuviera sucia con mis shorts cortados y camiseta de tirantes, el pelo recogido en un moño desaliñado.
Venga ya, Barbie. ¡Acabo de cruzar el país en coche! ¡Dame un respiro!
—¿Perdona? —pregunto.
—Si buscas un bar de pueblo, hay uno a unos cinco kilómetros por la carretera. Esta es la casa de Kendrick Barrington. Está claro que tú no pintas nada aquí. ¿Cómo has conseguido pasar la seguridad?
—¿Sabes dónde está ese tal Kendrick? Soy nueva en la ciudad.
Sus ojos se abren como platos, seguramente pensando que me largaré en cuanto Kendrick se entere de que no pinto nada aquí.
—Está junto a la mesa de beer pong. Por allí —dice, señalando.
—Gracias...
—Brittany. Soy la novia de Kendrick —dice orgullosa.
—Cómo no. Disculpa... eh... Brittany —me dirijo hacia la mesa de beer pong, con Brittany pisándome los talones. No me gusta el nombre Brittany. No tengo nada contra las Brittanys del mundo, pero he tenido malas experiencias con las que he conocido.
Veo a Kendrick en la mesa, con la pelota en la mano mientras mira hacia arriba. Sonríe de oreja a oreja y deja caer la pelota de ping-pong. Brittany está justo detrás de mí con una mirada de suficiencia, esperando que me echen.
—¡Hostia! ¡Por fin has llegado! —dice. Luego pone las manos alrededor de la boca y grita por encima de la música—. ¡Gabriel! ¡Es hora del smash and bash!
Ay, no.
Se me había olvidado. Gabriel Underwood, el mejor amigo de Kendrick, fue traspasado a California y ahora están en el mismo equipo. Siempre me cayó bien, pero nunca me ha visto como nada más que la hermana de su mejor amigo. Es una pena. Apuesto a que podríamos haber hecho buena pareja, dentro y fuera de la cama.
Oigo lo que suena como un trueno bajando las escaleras detrás de mí y un golpe seco cuando Gabriel aterriza abajo.
—¡Abrid paso, gente! ¡Voy a entrar! —grita.
Miro a Barbie Malibú.
—Ay, madre. Puede que tuvieras razón, Barbie. No pinto nada aquí.
—Me llamo Brittany. Empiezo a pensar que conoces a Kendrick, pero yo soy su novia. Ni se te ocurra intentar liarte con él.
—¡Venga ya! ¿Cuánto te decoloras realmente ese pelo? ¡Aparta! ¡Tengo que largarme de aquí!
Cuando me doy la vuelta para salir corriendo, mi hermano me agarra por detrás y Gabriel me agarra por delante para el smash and bash. Me aprietan entre ellos en un abrazo de oso que hace que sienta que los ojos se me van a salir de las órbitas.
—Ya era hora de que llegaras, Whit. Me alegro tanto de que estés aquí. Echaba de menos a mi hermanita —dice Kendrick, apretándome más fuerte.
—Kendrick, no... puedo... respirar.
—Qué pena. Aún no hemos llegado a la parte del bash.
A estas alturas, alguien ha bajado la música y todo el mundo está mirando. Noto que Gabriel me levanta y me golpea contra el suelo. Él siempre hace la parte del bash, pero nunca me deja caer demasiado fuerte. Sin embargo, esta vez, se me pone la piel de gallina cuando Gabriel se cierne sobre mí, mirándome de arriba abajo. Se inclina hacia adelante y me susurra al oído.
—Joder, Whit. Como te pongas más guapa, voy a tener que hacerte mía.
¿Qué demonios?
Me ayuda a levantarme y Kendrick me toma en sus brazos.
—¡Atención todos! ¡Os presento a mi hermana, Whitley Barrington! ¡Como alguien la toque, es hombre muerto!
Le doy un codazo a Kendrick en el estómago y él levanta las manos.
—¡Vale! ¡Como alguien la toque sin mi permiso, es hombre muerto!
Por alguna razón, miro hacia atrás hacia Gabriel. Me está mirando fijamente. Tiene esa mirada en los ojos que no acabo de entender. Algo en mi interior me dice que este va a ser un verano muy interesante.














































