
La Reina Zafiro
Autor
Silver Taurus
Lecturas
1,4M
Capítulos
95
Capítulo 1.
Blanco
Rojo
Silencio
La noche ha caído, y el bosque está cubierto de nieve. Justo delante de mí, hay un rastro de sangre, pero no tengo ni idea de quién puede ser.
De repente, oigo un grito. ¿Será alguien pidiendo socorro?
Echo a correr, tratando de localizar el origen del sonido, pero la oscuridad es tan densa que no veo nada. Alguien necesita que le eche una mano.
Por favor, que alguien me despierte. No puedo hacerlo por mí mismo. ¿Qué demonios está pasando? ¿Dónde me encuentro?
AMILIA
Un golpecito en la puerta me hace gruñir mientras me revuelvo en la cama. Otra noche sin pegar ojo. El sueño parecía tan real que aún me siento intranquila.
Me recuesto de nuevo y aparto el pelo de la cara. Miro al techo de mi cuarto, decorado con nubes y pajaritos.
El relojón de la esquina hace tic-tac.
Con desgana, echo un vistazo a mi habitación hecha un desastre. Hay ropa tirada por todos lados, armas sobre la mesa y sangre —mi cena de anoche que ni toqué.
Se me olvidó otra vez.
Los sueños me quitan el apetito. Cada vez que tengo uno de esos, me despierto asustada, sudando como un pollo y con un nudo en el estómago.
Las últimas dos semanas he soñado con alguien pidiendo auxilio.
Me recuerdan a lo que viví y a él, esa persona que no quiero recordar pero que también echo de menos.
Otro toque en la puerta interrumpe mis pensamientos.
—¿Su Majestad? —dice alguien.
Miro hacia la puerta. Me dan ganas de seguir durmiendo; el entrenamiento de anoche me dejó molida. Tengo moretones por todas partes del ejercicio; parezco un dálmata.
Además, me muero de hambre, y cuando eso pasa, tardo más en curarme. Tengo que levantarme. Mientras lo hago, alguien entra en mi cuarto sin pedir permiso.
—Buenos días, Su Majestad.
—¿Qué quieres? —pregunto apretando los puños sobre las sábanas.
La persona bajita, regordeta y pelirroja frente a mí es Antonia, la ayudante de mi abuelo —una mujer pesada y desagradecida. Esta tía es más fea que un pie.
—Disculpe la molestia, pero su abuelo la espera en el comedor para desayunar —dice.
Me dan ganas de gritarle, pero a mi abuelo no le gusta esperar. Con un suspiro, me doy la vuelta para arreglarme.
***
Diez minutos después, estoy lista con una camiseta, pantalones de chándal, calcetines y el pelo hecho un nido de pájaros. Mi melena es un desastre, pero me da igual.
Mientras camino al comedor, veo a las criadas en sus quehaceres diarios. Algunas friegan el suelo, otras mueven muebles y otras limpian las ventanas.
Hay por lo menos dieciocho criadas en el castillo, lo que me parece muy poco para semejante casoplón.
El castillo es mi hogar donde vivo con mi abuelo, el Anciano Cornelius, y mi hermano, Caspian.
Tenemos algunos guardias que viven cerca del castillo, pero dentro solo estamos nosotros tres, lo que nos convierte en una familia pequeña.
El castillo tiene pinta de antiguo. Grandes lámparas cuelgan de los techos y enormes ventanales crean juegos de colores. La mayoría de los muebles son viejos.
A veces le doy un toque personal al castillo. Tiene diecinueve dormitorios, tres salas de estar, una en cada piso, y tres comedores que usamos.
Tenemos un baño enorme conectado al cuarto de Caspian y al mío.
También hay una biblioteca donde paso mucho tiempo leyendo y estudiando. Tenemos un gimnasio y zonas de entrenamiento para los guardias.
También tenemos una sala de cine y un lugar para probar armas. Hay dos cocinas —una para nosotros y otra para los guardias—, un jardín interior, una sala del trono y un salón de baile para eventos.
El castillo es demasiado grande para nosotros, pero nos gusta; es nuestro hogar.
Aunque somos vampiros viviendo en el siglo XXI, nuestras casas son principalmente castillos y casonas lejos de las ciudades, rodeados solo por la naturaleza.
Mantenemos algunas cosas a la antigua. No, lo mantenemos tradicional.
Abro las puertas del comedor y allí, en la mesa principal, está sentado mi abuelo.
—¿Cuánto más me vas a hacer esperar, Amilia? —dice mi abuelo enfadado.
—Buenos días a ti también, abuelo —contesto de mala gana, luego me siento frente a él.
—Deja de ser maleducada. Tenemos que hablar del Gran Baile —dice mi abuelo, sin dejarme rechistar.
El Gran Baile es una fiesta para vampiros sin compañero, y cada año me invento una excusa para no ir. Y como siempre, sigo sin tener ganas de asistir.
—Amilia, vamos a ir todos, incluida tú. —Mi abuelo me mira, esperando mi reacción.
—No puedo ir —miento.
La verdad es que no quiero ir y no necesito hacerlo. Ya tengo compañero, pero mi abuelo y mi hermano no lo saben. No hace falta; él ya está muerto.
La mandíbula de mi abuelo se tensa mientras agarra su copa de sangre con más fuerza.
—¡Tú! —grita mi abuelo—. Irás aunque no quieras. Caspian irá contigo. Como sabes, él tampoco tiene compañero. Así que será tu acompañante.
Parpadeo, procesando lo que dijo.
—¿Caspian? —Me río—. No pienso ir al dichoso baile, y menos con mi hermano, así que no, gracias.
Sus ojos se vuelven rojos mientras me mira furioso.
Mi abuelo cree que puede obligarme a tener compañero, pero no puede. Y nadie lo hará. No lo permitiré, nunca jamás.
Soy Amilia Vlad, una vampiro de sangre pura. Tengo veintiocho años, soy la princesa del Reino de Constanta y no pienso buscar compañero porque el mío ya está muerto.
Soy la Princesa de los Ojos de Zafiro, y tengo secretos que nadie debería descubrir, aunque eso signifique que tenga que matar a todos los que puedan hacerlo.














































