
Su Amante Peludo
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Capítulo 1
VALERY
Por fin terminé mis deberes. Cierro el libro y me estiro. Me tomó más tiempo del que pensaba y, al mirar por la ventana, veo que ya está oscureciendo.
Me levanto de mi escritorio y me pongo el abrigo, lista para dar mi paseo nocturno. Está haciendo frío. Se acerca el otoño y no quiero arriesgarme a pescar un resfriado. No ahora que estoy tan cerca de graduarme.
Salgo, cierro la puerta con llave detrás de mí y camino a paso ligero hacia el bosque cercano. La brisa del atardecer es muy refrescante y me sorprendo a mí misma sonriendo.
Cuanto más me adentro en el bosque, más capta mi oído un sonido lejano y débil.
Al principio, no estoy segura de qué es, pero mientras más me acerco, más suena como un llanto. ¿Es un animal?
Me preocupa que lo que sea que esté ahí pueda estar herido, así que corro hacia el origen del ruido.
A medida que me acerco a lo que sea que hace el ruido, se vuelve más claro. Suena como un lobo. Me sorprende, porque, aunque sé que andan por aquí, no suelen acercarse tanto.
Sin importarme que pueda estar en peligro, corro más rápido. Siempre he sentido debilidad por los animales, en especial por los lobos, y las posibles consecuencias mortales de mis acciones ni siquiera se forman por completo en mi mente mientras esquivo ramas y raíces.
Por fin, veo a un lobo joven echado en el suelo.
Me detengo para recuperar el aliento. No quiero asustarlo y he estudiado lo suficiente para saber lo peligroso que puede ser un animal herido. Lentamente, camino hacia el lobo, intentando demostrarle que no le haré daño. Él levanta la cabeza y me mira mostrando los dientes.
Rápidamente bajo la cabeza y me quedo inmóvil. Cálmate, Valery. No le demuestres miedo. Tú aprendiste cómo acercarte a los animales.
Con una voz suave y tranquilizadora, temblando solo un poco por mi temor, empiezo a hablar. «Por favor, no te asustes. Quiero ayudarte.»
El corazón me late con furia en el pecho. ¡Esto es muy peligroso, Valery! ¡Pero no me importa! No soporto ver sufrir a un animal.
«Por favor. Debes sentir mucho dolor. Déjame ayudarte.»
Lo miro a los ojos y le sonrío con dulzura. Después de un rato, deja de gruñir y baja la cabeza, pero sus ojos atentos siguen fijos en mí. Suspiro aliviada y sigo caminando despacio hacia él.
En cuanto lo alcanzo, me arrodillo y lo miro. Su pelaje plateado está salpicado de manchas rojo carmesí. Debe tener una herida en algún lado.
Lo miro a los ojos, que brillan dorados bajo la luz de la luna. Son fascinantes...
Sacudo la cabeza para despejarme y estiro la mano con suavidad para tocarle la pata, revisando su pulso. Vuelvo a mirarlo a los ojos y contengo la respiración. Si se lanzara sobre mí ahora, no habría nada que yo pudiera hacer, y me pregunto cuánto tiempo le tomaría a alguien encontrar mi cuerpo.
Pero, aunque sigue alerta, no se mueve. Parece confiar en mí.
«Tu pulso es débil. ¿Qué pasó? ¿Te peleaste? ¿Dónde estás herido?»
Mantengo un monólogo constante, asegurándome de que mi voz siga calmada y suave mientras reviso su cuerpo, intentando encontrar la lesión. Él se mueve un poco y yo doy un brinco; cierro los ojos con fuerza mientras espero sentir sus dientes afilados clavarse en alguna parte de mi cuerpo. Como no pasa nada, abro los ojos y veo que ha dejado su estómago al descubierto. Suelto un jadeo al ver la herida que tiene ahí.
Rápidamente, me quito el abrigo y la blusa, temblando por el aire helado, y uso mi blusa para detener el sangrado. Él llora, empujando su hocico contra mi costado.
Asombrada por su comportamiento, le acaricio la pata antes de volver al trabajo. «Siento mucho si te duele. Solo aguanta un poco más, ¿de acuerdo?»
Siento su respiración en mi piel, calentándome un poco mientras sigo haciendo presión en su estómago.
Después de unos minutos, me hago hacia atrás, soltando un suspiro de alivio.
«Dejó de sangrar, pero sería mejor si lo limpiara.» Me muerdo el labio inferior y miro en dirección a la casa. Lo más probable es que, si regreso a buscar cosas para curarlo, él ya no esté cuando yo vuelva. Pero tal vez podría hacer que me acompañara. «¿Puedes caminar?»
Le acaricio la cabeza y sus ojos parpadean. Intenta levantarse y, aunque quiero ayudarlo, dejo que lo haga solo. No sé si está herido en otra parte y no quiero que piense que soy muy brusca.
Una vez que se pone de pie, recojo mi blusa ensangrentada y le pongo mi abrigo sobre el lomo con movimientos pausados.
«Vamos. No vivo muy lejos de aquí. Tengo cosas con las que puedo curarte.»
Sonrío cuando parece entender lo que quiero y empieza a caminar, y juntos, caminamos lentamente hacia casa; el lobo, poniendo una pata delante de la otra con cuidado, y yo, temblando por el frío. Él llora a mi lado.
«Sé que duele. Lo siento. Ya casi llegamos. Resiste un poquito más.»
Estornudo al sentir un escalofrío recorrer mi cuerpo, y me detengo por un segundo. El lobo vuelve a llorar y frota su cabeza contra mi costado. Aunque está herido, su pelaje se siente muy cálido contra mi piel helada. Le acaricio la cabeza y me río por lo bajo.
«¿Estás preocupado por mí? No lo estés. Estoy bien. De verdad.»
Él sigue frotando su cabeza contra mi piel por un rato más, y luego seguimos caminando.
No tardamos mucho en llegar a casa. Agradezco que se haya desplomado tan cerca. Si hubiera estado más lejos, tal vez no lo habría encontrado, y hago una mueca de dolor al pensar en él allá afuera, solo y herido.
Abro la cerradura, entro y luego le sostengo la puerta para que pase. Ni siquiera lo duda antes de entrar detrás de mí y caminar hacia la sala principal.
«Espera aquí. Voy a buscar unas cosas.»
Cierro la puerta con llave, me muevo alrededor del lobo con cuidado y voy al baño a buscar el botiquín médico, un poco de agua tibia y un trapo.
Cuando regreso con mi paciente, él se ha acostado en la alfombra de la sala. En cuanto me nota, se pone de lado para que yo pueda acceder a su estómago.
«Gracias. Ahora, por favor, no te muevas. Tengo que limpiar y desinfectar esto. Va a doler, pero intentaré ser lo más rápida posible, ¿está bien?»
Sonrío y él baja la cabeza hasta el suelo, cerrando los ojos. Asiento para mí misma y mojo el trapo en el agua tibia antes de limpiar la tierra alrededor de la herida. Su precioso pelaje plateado... Está arruinado. Trato de limpiar la zona lo mejor posible y frunzo el ceño.
«Esto es lo mejor que puedo limpiarte por ahora. Tu pelaje es tan bonito. En cuanto te recuperes, te voy a dar un baño, grandulón.»
Mientras le acaricio la cabeza, él suelta un gruñido agradable y yo suelto una risita. Hace que mi cuerpo sienta un hormigueo raro.
«Muy bien. Ahora viene la parte difícil. Esto va a arder. ¿Estás listo?»
Lo miro a sus ojos dorados, preocupada, y él vuelve a cerrar los ojos. «De acuerdo, allá voy.» Echo un poco de desinfectante en un trapo limpio y le limpio la herida.
Él gruñe fuerte y se estremece, pero no intenta lastimarme.
«Lo estás haciendo muy bien», le digo. «Solo quédate quieto un ratito más.»
Sigo elogiándolo con calma mientras le limpio la herida y, por fin, termino. Tomo un poco de material para vendajes y lo ato todo junto para que sea lo bastante grande para él.
«¡Ya está! No es perfecto, pero servirá por ahora. Mañana voy a conseguir unas vendas de tu tamaño. Nunca esperé tener un invitado tan grande, así que te pido disculpas.»
Me río un poco y me dejo caer de espaldas sobre la alfombra, permitiéndome al fin respirar más tranquila. El hecho de que este lobo sea tan dócil me hace preguntarme si ha estado cerca de humanos antes. No ha hecho ningún movimiento en mi contra, y me sorprende lo cómoda que me siento en su presencia.
Suspiro y me muevo para quedar acostada frente a él, mirándolo a sus hermosos ojos dorados. Sonrío mientras le acaricio el pelaje de la cabeza.
«Fuiste muy valiente. Espero que te quedes por unos días. Sé que tu lugar es allá afuera, pero por favor, quédate hasta que tu herida sane, ¿sí?»
Cierro los ojos y niego con la cabeza. ¡Le estoy suplicando a un animal salvaje! Él ni siquiera me entiende. Se me forman lágrimas en los ojos y él gime. Lo miro para asegurarme de que esté bien, y juraría que veo que sus ojos se vuelven azules por un segundo. Me apoyo en un codo y lo miro a los ojos una vez más. Tienen el mismo tono dorado que he visto todo este tiempo. Debo haberlo imaginado.
Él se acerca un poco más a mí y empuja su hocico contra mi pecho.
«¡Ah! ¿Qué estás haciendo?»
Su aliento cálido me hace cosquillas y él me lame la piel.
Suelto una risita y le acaricio la cabeza de nuevo mientras siento que su respiración calienta mi piel y calma mis nervios. «¿Eso es un sí a que te quedarás?»
Maldición, debo estar loca para tener a un lobo en mi casa. E incluso acurrucarme con él. Pero, por alguna razón, no tengo miedo.















































