
Vida programada
Autor
Kelsie Tate
Lecturas
1,2M
Capítulos
24
Capítulo 1.
HARRISON
«Por favor... Harrison... Alfa... no hagas esto...»
Harrison se erguía impasible sobre la joven. Sus ojos oscuros reflejaban frialdad. Era alto y fornido, con el cabello negro cayéndole sobre la frente mientras la miraba.
La chica estaba de rodillas en el suelo. Lloraba y le suplicaba que no hiciera lo inevitable. Él ya había tomado su decisión. Ella no daba la talla. Acabaría como la otra chica, rechazada y con el corazón roto.
Harrison tomó aire.
«Yo, el Rey Alfa Harrison Blackwolf, te rechazo, Scarlett Pace, como mi compañera».
La chica soltó un grito ahogado al sentir cómo se rompía el vínculo. El rechazo la hirió como un puñal y se desplomó en el suelo.
Si Harrison sentía algún remordimiento, no lo demostró. Se mantuvo firme, sin pestañear mientras la observaba.
«¿P-pero por qué? —sollozó ella—. Ni siquiera me diste una oportunidad». Todo su cuerpo temblaba entre fuertes sollozos.
«No das la talla para el título. No tienes madera de Reina Luna. Es un papel demasiado exigente para algunas y puedo ver que tú no estás a la altura».
Harrison habló sin emoción, sus palabras cortantes como el hielo.
«Necesito a alguien fuerte, alguien que se valga por sí misma. Necesito una reina».
«Eres un monstruo», susurró ella.
Mientras se alejaba, la oyó romper en llanto nuevamente. Esto le confirmó que había hecho lo correcto al rechazarla. Al igual que con la chica anterior.
No tendremos otra oportunidad, dijo su lobo, Bear, en voz baja. Solo se tiene una segunda oportunidad. Parece que nuestra línea alfa se extinguirá contigo...
Harrison gruñó a su lobo: «Gracias. Eres de gran ayuda».
Caminó por el pasillo y se encontró con su Beta de camino a su despacho. «William, la chica está en mi apartamento. Asegúrate de que recoja sus cosas y sea escoltada fuera de los terrenos de la manada».
William suspiró. «Sí, Alfa».
Harrison notó que era una tarea que William preferiría evitar. Nada era peor que lidiar con una loba con el corazón roto tras ser rechazada.
Entró en su despacho y cerró la puerta. Se dirigió al escritorio y se dejó caer pesadamente en la silla. Apoyó los codos sobre la mesa, frotándose el rostro con las manos.
Era fuerte. Rechazar a una compañera no le afectaba tanto como a otros. Pero no podía negar que era agotador, más mental que físicamente.
Especialmente esta vez, porque acababa de rechazar a su compañera de segunda oportunidad.
«Esto es lo mejor. Ahora podremos encontrar una compañera lo suficientemente fuerte para el puesto. Será más fácil».
¿Qué vas a hacer? ¿Organizar un casting?, dijo Bear con sarcasmo.
«Bueno... podríamos...»
¡ESTABA SIENDO SARCÁSTICO! ¡LO HAS ECHADO TODO A PERDER! ¡AHORA NUNCA TENDREMOS UNA LUNA Y SEREMOS DESAFIADOS!, rugió Bear. Estaba furioso por haber rechazado a una compañera por segunda vez. No habría una tercera oportunidad. Esto era todo.
«Encontraremos a alguien mejor. Alguien que nos dé un heredero», murmuró Harrison antes de comenzar su trabajo del día.
KIERA
. . . . . . . . CUATRO AÑOS DESPUÉS
Kiera entró arrastrando los pies en su diminuto apartamento del sótano, agotada hasta la médula. Arrojó el bolso sobre el desvencijado sofá y se dirigió a la cocina. Se quitó los zapatos de una patada y echó un vistazo al correo.
—Facturas, facturas y más facturas. ¿Es que no hay otra cosa? —masculló, dejando las cartas sobre la encimera y sacando un vaso del armario—. ¿Por qué no me cae del cielo un cheque gordo de una tía millonaria que ni sabía que existía?
Se apoyó en la encimera y bebió el agua a sorbos. Luego cerró los ojos con un suspiro.
Permaneció allí, en la cocina, fantaseando con corretear libre por el bosque sin una sola preocupación en el mundo, su loba suelta y viviendo donde pudiera ser ella misma sin tapujos.
Kiera se arrastró hasta su dormitorio y se despojó del mugriento uniforme de trabajo que apestaba a café rancio y tocino.
—Necesito una ducha como el comer... —murmuró mientras se dirigía al baño.
Tenía que quitarse de encima al señor Howard, ese viejo verde que no paraba de meterle mano. Y el olor a comida grasienta. Abrió el grifo y se metió bajo el chorro, dejando que el agua caliente la limpiara a conciencia.
De repente, el agua se cortó en seco. Soltó un chillido con la cara llena de jabón.
—¡Esto no puede estar pasando! —exclamó, forcejeando con el grifo antes de darse por vencida y quitarse el jabón de los ojos a manotazos.
Kiera se envolvió en una toalla. Al menos le daba gracias al cielo por haberse lavado el pelo. Salió del baño hecha una furia y le echó un vistazo a las facturas.
Soltó un gruñido de frustración al ver que no había pagado la factura del agua. Miró el saldo de su cuenta bancaria y se le cayó el alma a los pies al ver que no tenía ni para pagarla. Por eso llevaba dos meses sin hacerlo.
—¿Y ahora qué hago? —susurró, dejándose caer en la cama mientras rompía a llorar.
Tenemos unas botellas de agua en el armario... ¿las usamos para aclararte?, dijo su loba, Poppy, con tristeza.
Kiera soltó una risita ahogada y se secó los ojos.
—No importa cuánto me mate a trabajar, nunca llego a fin de mes...
Se echó hacia atrás su larga melena pelirroja y suspiró con resignación.
Se vistió, sin querer hundirse más en la miseria por este nuevo problema. Ya había derramado suficientes lágrimas en los últimos ocho años. No iba a empezar de nuevo ahora.
Se miró en el espejo. Su vieja camiseta azul le colgaba del hombro y sus shorts estaban llenos de agujeros. Kiera se observó y volvió a suspirar.
Sus ojos plateados lucían cansados y apagados por su dura vida. Se encogió de hombros y salió de la habitación en busca de algo que echarse a la boca.
Fue al frigorífico, con su larga melena pelirroja aún chorreando por la ducha interrumpida.
Al abrirlo, Kiera vio lo vacío que estaba. Soltó un bufido de frustración y fue a buscar un paquete de fideos instantáneos.
—Menudo manjar... —dijo con sarcasmo antes de poner agua a hervir.
Mientras engullía sus fideos directamente de la olla, se quedó sentada en soledad en su apartamento, leyendo un libro en silencio. No tenía televisión. No tenía sentido, no podía permitirse ni cable ni servicios de streaming.
Algún día dejaremos este cuchitril. Encontraremos una casita mona en las montañas con un montón de espacio..., dijo su loba, Poppy, con un hilo de esperanza.
—Eso estaría de muerte... —respondió ella, anhelando lo mismo—. A lo mejor mañana por la noche podríamos ir a las montañas y correr un rato.
¿En serio?, preguntó Poppy. ¡Hace siglos que no lo hacemos!
—Ya lo sé —dijo Kiera en voz baja—. Casi nunca tenemos un día libre, ni tiempo para nada. Pero Bill me ha dado libre mañana por la noche, así que podríamos aprovechar.
Kiera pasó el resto de la noche sola como de costumbre. No tenía a nadie más que a sí misma.
Cuando perdió a sus padres hace ocho años en un terrible accidente de coche, su manada la echó sin miramientos. No querían cargar con una adolescente de dieciséis años huérfana, así que la obligaron a largarse sin hacer ruido.
El principio fue durísimo. Kiera se quedó en la calle durante los primeros meses, trabajando de día como camarera y durmiendo en un albergue por la noche.
Fue una experiencia aterradora pero la obligó a espabilar rápidamente y se volvió fuerte y aprendió a defenderse por sí misma.
Mientras Kiera se quedaba dormida, soñaba con un día en que no tuviera que preocuparse por las facturas acumulándose o de dónde sacaría el dinero. No tendría que quedarse sin agua en la ducha ni comer comida envasada que probablemente estaba caducada.
Algún día.
Algún día, tendría un hogar de verdad.
***
Cuando Kiera se despertó por la mañana, se fue a trabajar como un autómata. Tenía el turno del desayuno, lo que significaba que su mañana era madrugadora y tranquila.
Tomó el autobús al trabajo como siempre, sentada en silencio mientras ella y los demás pasajeros no se dirigían ni una mirada. No se hablaba en el autobús de las cinco de la mañana.
Al entrar en el restaurante, respiró hondo cuando escuchó el estruendo de ollas y sartenes en la parte trasera de la cocina. Bill estaba atrás, gritándole a uno de los otros cocineros, y podía oler el café preparándose en la esquina.
—Allá vamos otra vez... —se dijo en voz baja, preparándose mentalmente para el ajetreo del turno del desayuno.














































