
Con las luces encendidas
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Capítulo 1
Libro 1
¿Saben cuando te casas con alguien pensando que no importa que sea pésimo en la cama y la tenga pequeña porque está forrado de dinero?
¿No?
¿Solo yo? Bueno.
Llevaba cuatro años casada con Don Campbell, y lo odiaba.
Sí, disfrutaba las compras desenfrenadas, las vacaciones en yates caros y los viajes extravagantes por todo el mundo. Me encantaba abrir mi clóset y ver las filas de vestidos y zapatos de diseñador. También me encantaban los coches y las joyas.
Todo eso me habría gustado mucho más si tuviera un marido que se preocupara tanto por atender mi cuerpo como se preocupaba por gastar dinero.
Mis amigas estaban encantadas de acompañarme a Hawái y a Italia, y tenía un guardaespaldas para las veces que nadie más podía viajar conmigo. Fuera de eso, siempre estaba sola. Mi marido se iba de viajes de negocios durante semanas, a veces más.
De vez en cuando hablaba de tener hijos, pero yo no tenía la menor intención de quedarme embarazada. Si nunca estaba ahí para mí, ¿cómo iba a estar ahí para un bebé?
Todo habría sido mucho mejor si el poco tiempo que pasábamos juntos me dejara satisfecha, pero tirármelo era como comer una ensalada cuando lo que querías era una hamburguesa con queso: ¡terminabas con las mismas ganas!
Nunca estaba en casa, y cuando estaba, llegaba agotado de la oficina. Cuando por fin lo hacíamos, ni siquiera lo sentía. Se subía encima de mí, acababa en un minuto y listo. Jamás se molestaba en hacerme acabar a mí.
Así es. Tenía que darme los orgasmos yo sola porque a mi marido le daba igual. O quizás simplemente no sabía cómo.
Él fue quien me quitó la virginidad, y todo el mundo sabe que siempre te encariñas un poco con el primero. Hasta terminas enamorándote.
Debí haberme dado cuenta de cómo iban a ser las cosas la primera vez que nos acostamos. Esperé a que empezara, ¡y resulta que ya iba por la mitad!
Al principio, pensé que era normal durar segundos en la cama.
Como en realidad no tenía idea de lo que pasaba, fingí algunos gemidos para no ofenderlo y me encargué yo misma después de que empezó a roncar. Así había sido desde entonces.
Don no quería saber nada de «actividades innecesarias» como vendas en los ojos o ataduras. Hasta el estilo perrito era tabú.
El misionero suavecito y aburrido era la única opción, y solo me hacía sexo oral cuando quería disculparse por algo.
Antes me pasaba horas comprando zapatos de tacón. Ahora dedicaba mi tiempo a coleccionar vibradores, dildos, succionadores de clítoris… cualquier cosa que me sirviera para acabar.
La única vez que disfrutaba el sexo con él era cuando me montaba encima. Podía ir al ritmo que yo quisiera y al menos sentirlo dentro de mí.
Llevaba dos semanas en un viaje de negocios en Colombia. Me llamaba para decirme que me quería y lo que me iba a comprar, pero nada de eso aliviaba mis ganas desesperadas.
Los juguetes y mis propios dedos solo podían hacer hasta cierto punto. Necesitaba las manos de un hombre sobre mí. Su boca, su lengua. Necesitaba una verga que me penetrara hasta hacerme gritar.
Sabía que llegaría muy tarde, así que lo esperé en el dormitorio. Mi coño mojado no me iba a dejar dormir de todas formas. Estaba depilada, limpia y lista para él.
Había estado pensando en esto todo el día. Hasta me había provocado yo misma hasta estar empapada, solo para tener más probabilidades de acabar con él. Quería ponérselo fácil. No iba a necesitar mucho. Tenía la esperanza de que al menos mi marido pudiera lograrlo.
Desnuda, lo esperé en la cama. Tardó una eternidad en abrir la puerta del dormitorio, tanto que casi pensé que se iba a quedar dormido en el sofá. Me toqué los pezones mientras esperaba.
Por fin, la puerta se abrió con un chirrido y él entró de puntillas.
«¡Hola, esposo!» Mantuve la voz baja y sexy. Me lamí los labios.
«¿Elissa, todavía estás despierta?» Se quedó junto a la puerta.
Lo llamé con el dedo y le dediqué una sonrisa con mohín. «Te extrañé demasiado para dormir. Ven aquí.»
Y vino. Me arrodillé en la cama y empecé a besarlo, quitándole el abrigo, luego la corbata. Estaba desabotonándole la camisa cuando me agarró las manos y me detuvo.
«Esta noche no, cariño, estoy cansado. Fue un vuelo largo y solo quiero dormir.»
Cada nervio de mi cuerpo ardía, y no pude evitar soltar un gemido de frustración. «Pero te necesito…»
«Luego, ¿sí?»
Sabía que ese «luego» nunca llegaría. No tenía idea de qué hacía en sus viajes, pero desde luego no era extrañarme. Lo vi quitarse los zapatos y el cinturón, ir al clóset y volver en pijama.
«Luego, mi amor. ¿Sí?»
Me besó mientras se metía bajo el edredón. Yo me quedé ahí sentada mirándolo. Podía oler mi propia humedad. Mis pezones seguían duros.
«No, luego no. Te quiero ahora.»
«Ya, Elissa. Puedes aguantar una noche sin sexo. Lo hacemos mañana.» Cerró los ojos.
«¿Una noche? No te he visto en dos semanas. Y hasta cuando estás aquí, casi nunca hacemos nada porque siempre estás cansado. No eres mi marido; eres mi compañero de cuarto. ¡Tengo necesidades, Don!»
Ninguna respuesta.
«¿Don? ¿Don?»
El muy cabrón ya estaba dormido.
Quería llorar de frustración. Quería darle un golpe. Gritar. Pero sobre todo, quería que él me deseara a mí tanto que jamás dejara pasar la oportunidad de hacerme el amor.
Mientras sus ronquidos se hacían más fuertes, abrí mi cajón y saqué un dildo. Ya estaba tan mojada y tan al borde que se deslizó dentro de mí sin esfuerzo. Gemí.
No se despertó.
Me lo metí más rápido. Más fuerte. El dildo era más grande que su verga, pero no era lo mismo que tener a alguien besándome y abrazándome.
Se me encogieron los dedos de los pies y todo mi cuerpo se estremeció con el orgasmo que había pasado el día entero esperando compartir con el hombre con quien me casé. Estaba justo a mi lado, pero al final, seguía sola.
Dormí dándole la espalda. No quería ver su cara de idiota, ni siquiera en la oscuridad.
***
No tenía ninguna intención de levantarme temprano a la mañana siguiente. Don estaría en casa al menos medio día, y estaba demasiado enojada con él como para querer pasar tiempo juntos. Bajé y lo encontré en la mesa del comedor.
Ya había terminado de desayunar y estaba revisando su teléfono. Actuó como si nada hubiera pasado y me sonrió. «Buenos días, cariño.»
«¿Qué tienen de buenos?» Puse los ojos en blanco y me senté.
«¿Todavía estás enojada conmigo por lo de anoche?»
«No sé, Don. ¿Debería seguir enojada? Te deseaba. Estaba lista para ti y me dejaste colgada.» Haciendo un puchero, le di la espalda.
«Elissa. Ven aquí.» Dio unas palmaditas en su regazo.
Solo lo fulminé con la mirada.
«¿Por favor?»
No quería hacerme ilusiones de que eso significara que por fin tenía ganas, pero me senté a horcajadas sobre él. Dejó el teléfono en la mesa y puso una mano en mi cintura. No quería sentir nada con su contacto, pero no pude evitarlo. ¡Seguía tan necesitada!
Me acarició la mejilla lentamente con el pulgar. «Lo siento, cariño. Por favor, perdóname.»
Sonaba tan sincero. No quería perdonarlo, pero me estaba volviendo loca. El dinero y los regalos estaban muy bien, pero necesitaba un hombre.
«Nunca hacemos el amor. Incluso cuando estás aquí, o estás cansado o no tienes ganas. ¿Ya no te atraigo? ¿Es eso?» Sentí un sollozo en mi voz y lo dejé salir, sin importarme si hería sus sentimientos.
«No digas eso. Eres la mujer más hermosa del mundo, y puedes creerme porque literalmente he viajado a todas partes. Eres la mujer más sexy. Siempre me haces babear por ti.»
Me mecí un poco sobre su regazo, esperando sentir que se ponía duro. «Entonces, ¿qué pasa? No quiero un compañero de cuarto; quiero un marido.»
«Desayuna, y te prometo que pasaremos todo el día juntos en la cama.»
«¿De verdad?»
«De verdad.»
Cuando me bajé del regazo de Don, Joseph, su jefe de seguridad, entró con un hombre detrás.
«Sr. Campbell, Sra. Campbell. Buenos días.»
«Joseph, ahí estás», dijo mi marido. «Ya era hora.»
No saludé a Joseph. Apenas lo escuché decir buenos días. Mis ojos estaban clavados en el hombre que había entrado detrás de él.
Podría haber sido modelo de revista. Su barba oscura bien recortada cubría una mandíbula afilada y combinaba con el cabello largo, castaño oscuro, que le llegaba a los hombros. Llevaba la mitad recogida en un moño bajo y el resto suelto.
Me quedé mirando su piel bronceada. Esa boca en forma de corazón. Sus rasgos eran perfectos.
Una oleada de calor me subió desde el vientre hasta la cara. La piel me hormigueaba. Menos mal que pude apoyar la mano en el respaldo de la silla, porque se me habían aflojado las rodillas al ver a este desconocido precioso que cumplía absolutamente todos mis requisitos.
Debía medir más de metro ochenta y estaba fortísimo. Su traje a medida marcaba sus músculos sin hacerlo parecer demasiado voluminoso, como un dibujo animado.
¿Estoy babeando? Creo que estoy babeando.
Me obligué a apartar la mirada, rezando para que nadie notara lo roja que me había puesto. También esperaba que nadie viera mis pezones marcándose a través de la tela fina de mi pijama.
«Cariño, necesitaba a tu antiguo guardaespaldas para otra tarea, así que le pedí a Joseph que te buscara uno nuevo.» Mi marido sonrió como si me estuviera dando otro regalo más.
Joseph asintió. «Así es. Sra. Campbell, le presento a Sebastian Griffin. Lo elegí personalmente. Le aseguro que es el mejor entre los mejores. Es muy bueno en su trabajo, y le va a gustar su ética profesional.»
Sebastian dio un paso al frente. Sus ojos oscuros sostuvieron los míos con una mirada ardiente. «Encantado de conocerla.»
Desesperada por desviar la mirada, dejé que mis ojos bajaran hasta la parte delantera de su pantalón. Otra oleada de calor me recorrió entera al ver el bulto que se marcaba ahí. Aparté los ojos rápido para que nadie notara que lo estaba devorando con la mirada.
«Elissa, ¿qué opinas?» preguntó Don, sacándome de mis pensamientos indecentes.
Tosí levemente en mi puño. «Si Joseph mismo lo eligió, debe ser un buen guardaespaldas.»
«Entonces está decidido. Sebastian te llevará a todas partes, te vigilará y te mantendrá a salvo.»
«Sí, señora», dijo Sebastian con una voz grave y ronca que me envió chispas directamente entre las piernas. «Será un placer.»
Placer.
Algo de lo que yo necesitaba mucho más.















































