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Cover image for Miénteme - Spin off: Cuéntame mentiras

Miénteme - Spin off: Cuéntame mentiras

Autor
Shala Mungroo
Lecturas
1,2M
Capítulos
47
Autor
Shala Mungroo
Lecturas
1,2M
Capítulos
47
💕Amor💍Matrimonio concertado🎭Drama🏙️Contemporáneo💪🏻Protector💪🏻Machos alfa🖤Oscuro🔫Mafia

Conoce a Anton Braga: surgió de la pobreza y se convirtió en el ejecutor más peligroso de un cartel. Lo llamaban El Fantasma, y era temido por la mayoría. Ahora, al hacerse cargo del negocio de su padre en lugar de su hermano, Anton se ve obligado a considerar un matrimonio con la hermosa pero obstinada Mariana. Un matrimonio formaría una fuerte alianza entre sus familias. Nadie se atrevería a ir en su contra... excepto la propia Mariana.

Ella piensa que él es el diablo y no está completamente equivocada. ¿Y qué sucede cuando intentas domar al diablo? Sales herido.

Cuando las cosas toman un giro trágico, Mariana logra escapar, pensando que se ha liberado de la vida del cartel. Poco sabe ella que nadie puede escapar de su futuro esposo... ni siquiera ella.

Capítulo 1.

HACE CUATRO AÑOS

MARIANA

Me quedé paralizada cuando mi padre soltó esas palabras. Fue como si me hubieran echado un jarro de agua fría encima.
«No. Ni hablar».
—Mariana, es por tu bien. Braga es un buen partido —insistió mi padre. Parecía no darse cuenta de que yo estaba muerta de miedo.
Nunca había visto a Braga en mi vida, pero la simple idea de casarme con un desconocido me ponía los pelos de punta. Y no con cualquiera, sino con un «jefe».
Sentí un nudo en el estómago.
—Papá, apenas tengo diecisiete años. No estoy lista para casarme con «nadie» —intenté hablar con calma. Mi padre solía tener la mecha corta y no quería que se le cruzaran los cables mientras trataba de hacerle entrar en razón.
Vi cómo apretaba la mandíbula.
—Tienes más edad de la que tenía tu madre cuando nos conocimos —dijo con voz cortante, cerrando los puños.
Se me encogió el corazón al oír hablar de mi madre. Kelly Soares falleció hace cuatro años cuando una bomba destinada a mi padre explotó en el coche que conducía para recogerme del colegio. Su coche habitual tenía un pinchazo ese día. Desde entonces, mi padre no me dejaba ir a ningún lado sin al menos dos guardaespaldas. Pero yo sabía que no lo hacía por cariño. Sabía que era importante mantener a salvo a su única hija, su heredera. Si no podía hacerme cargo del negocio, me buscaría otra utilidad. Como estaba haciendo ahora.
—Además, es más seguro para ti casarte pronto —añadió con una sonrisa torcida.
La salud de mi padre había ido cuesta abajo durante el último año después de que los médicos le diagnosticaran demencia temprana. Yo había notado que se le iban las cabras y confundía las palabras. Se esforzaba por ocultárselo a sus hombres, pero sabía que no tardaría en no poder disimularlo más. Las únicas personas que estábamos al tanto de su enfermedad éramos yo, su médico y nuestra ama de llaves y niñera, Luana, que había estado con nosotros desde que yo tenía cinco años. Ella estaba en la habitación con nosotros, retorciéndose las manos nerviosamente y tratando de pasar desapercibida al escuchar la noticia de mi inminente boda con el nuevo jefe.
—Papá, dame un poco más de tiempo —supliqué—. Cuando cumpla veintiuno podemos volver a hablar de esto.
Su manaza golpeó el escritorio con fuerza, haciendo que Luana pegara un brinco. Yo estaba acostumbrada a los prontos de mi padre y me mantenía a distancia. Pero eso no siempre era posible.
—No tienes más tiempo —replicó, mirándome con los ojos entrecerrados como si pudiera doblegarme con la mirada—. Cuando los otros jefes se enteren de mi enfermedad, intentarán quitarme lo que es mío. Incluyéndote a ti.
El corazón me dio un vuelco, sabiendo que tenía razón.
Mi padre se levantó de su escritorio para sentarse en la silla junto a mí, donde yo estaba con la cabeza gacha.
—Escucha, Mari —dijo, tomando mi mano temblorosa entre las suyas—. Eres una buena chica. Solo intento mantenerte a salvo. Braga me ha prometido hacer lo mismo. —Se refería a proteger su negocio. No a mí.
Aunque estaba a punto de echarme a llorar, asentí para mostrar que aceptaba lo que iba a suceder y retiré mi mano.
Me dio unas palmaditas en las manos, ahora juntas en mi regazo.
—Bien. —Se volvió hacia Luana—. Arréglala. Braga viene a cenar esta noche.
Se me escapó un grito ahogado.
—¿Esta noche? —dije con voz chillona.
Me miró de nuevo con los ojos entrecerrados.
—Ya estaba planeado. Ha pedido conocerte antes de que le cedamos oficialmente algún negocio.
Abrí la boca para protestar, pero su mirada furiosa me hizo cerrarla de nuevo.
—Vamos, Mari. —Luana me tomó por los hombros y me sacó del despacho, alejándome de la ira de mi padre.

ANTON

«¿Estás loco?»
Apreté el teléfono con fuerza, sintiendo que la sangre me hervía por las palabras de mi hermano. En realidad, era mi medio hermano, pues solo compartíamos padre. Un padre que nunca me reconoció como hijo, dejándome crecer en la miseria mientras Roman vivía como un rey: buena educación, dinero a manos llenas y ahora, las riendas del negocio de nuestro padre. Un negocio que me cedió hace un año para mantener a salvo a su mujer.
Me metí en una pandilla a los trece años y en un abrir y cerrar de ojos me convertí en el matón que todos temían. Así es cuando no tienes nada que perder. Haces los trabajos que nadie más quiere hacer. Algunos dirían que buscaba llamar la atención de mi padre. A lo mejor si veía de lo que era capaz, me aceptaría. Me pondría a currar para él. Pero eso nunca pasó.
Roman y yo siempre supimos el uno del otro. Pero no nos acercamos hasta mucho después de que nuestro padre la palmara. Hasta que las cosas se pusieron feas y Roman tuvo que meter mano. Ahí es donde entré yo. Sabía que mi hermanito, con su cara bonita y su vida de famoso en los Estados Unidos, no estaba hecho para esta vida. Por eso se largó a América en cuanto pudo. Hizo su vida allí, y ahora iba a casarse. No podía echarle la culpa, sin embargo, porque me dio lo que siempre quise. Además, trabajar con él durante los últimos años nos acercó hasta el punto de respetarnos mutuamente. Confiábamos el uno en el otro. Ahora podía llamarle mi hermano de verdad.
Me acababa de llamar para pedirme que fuera su padrino cuando le solté que estaba pensando en casarme con la hija de uno de los peores enemigos de nuestro padre para hacernos con una buena tajada del negocio de Soares que haría nuestro grupo mucho más grande.
«Es una buena idea. Es su única hija. Accedió a darnos todas las rutas —expliqué, intentando no perder los estribos—. Nadie lo cuestionaría si me caso con su hija. Nos haría muy poderosos».
«Te convertirías en un blanco, Anton —respondió Roman, subiendo el tono—. Tanto tú como la chica».
«Déjame preocuparme por eso, hermanito. ¿Cómo está mi sobrino?», pregunté, cambiando de tema a su favorito.
Soltó un suspiro de fastidio, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.
«Valentim está bien —dijo—. Está creciendo como la mala hierba».
«Me alegro de oírlo».
Alguien llamó a la puerta de mi oficina justo antes de que mi mano derecha, Santiago, entrara con cara de pocos amigos. Era corpulento como un jugador de fútbol, con pelo negro y ojos oscuros. Como yo, llevaba un traje oscuro que tapaba los tatuajes y cicatrices debajo.
«Dale recuerdos a Sloane», le dije a mi hermano justo antes de colgar. «¿Qué pasa?», le pregunté a Santiago, mirándole.
No se anduvo con rodeos.
«Hubo un asalto en el almacén de Santos».
«¿Cuántos?»
«Cinco», respondió Santiago, sabiendo que preguntaba cuántos hombres habíamos perdido.
«¿Y la mercancía?»
«Esfumada —dijo, y se acercó con un pequeño dispositivo en la mano—. Intentaron borrar las cámaras. Pero se les escapó una». Dejó el pendrive sobre mi escritorio. «Creo que ya sabes quién lo hizo, pero no está de más tener pruebas reales».
Asentí y conecté el dispositivo mientras él se giraba para irse.
«Tenemos una reunión en la Finca Soares esta noche», le dije sin levantar la vista, haciendo clic en la carpeta que apareció en mi ordenador.
Santiago se dio la vuelta, sorprendido.
«¿De verdad vas a casarte con la chica Soares?»
Le lancé una mirada que podría haber congelado el infierno.
«¿Ahora cuestionas mis decisiones, Santi?»
Levantó una mano y negó con la cabeza.
«¿Siquiera miraste el expediente que te di sobre ella?»
Junté las puntas de los dedos sobre el escritorio.
«¿Qué importa? —pregunté con fastidio—. La chica es solo una herramienta. Una pieza para mover en un juego».
Vi cómo cambiaba su expresión. Me miró con interés.
«Mira el expediente, Jefe», me dijo justo antes de darse la vuelta y salir.

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