
Navidad con los Henderson
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Capítulo uno: Veintitrés de diciembre
VIOLET
Spin-off: Christmas With the Hendersons
La Navidad es mi época favorita del año. Es la única vez que puedo reunir a todos sin nada que los distraiga. No hay teléfonos celulares, computadoras portátiles ni videojuegos.
La Navidad se trata de la familia, y me aseguro de recalcar eso cada año. Hacemos galletas, envolvemos regalos e incluso bebemos chocolate caliente con malvaviscos por las noches. Pero este año, las cosas han cambiado y no serán como suelen ser.
Ella y Tilly se han mudado. Ella se fue a principios de año, y Tilly hizo lo mismo hace unos meses, justo antes de tener a su bebé varón. Ahora tenemos al pequeño Isaac y al perro de Tilly, Pepper. Pepper es un lindo pastor ovejero australiano con pelaje moteado y ojos de distinto color, igual que Ella.
Tristemente, ni Ella y Daniel ni Tilly, Josh y Rogan aceptaron la invitación de quedarse en nuestra casa en Nochebuena. Mi parte favorita de la Navidad es despertar a todos con una taza de chocolate caliente y una gran sonrisa. Me encanta sacarlos de la cama y llevarlos a la sala que no usamos muy a menudo. Ahí es donde cuelgo todos los calcetines en la repisa de la chimenea. Son lindos calcetines rojos de terciopelo con nuestros nombres bordados en hilo de oro.
Incluso hice calcetines para Daniel, Rogan y Josh para demostrarles que son parte de nuestra familia, porque me encanta darles sus calcetines de Papá Noel. Yo soy Papá Noel. Pero este año, no podré despertarlos. Así que, tendremos que esperar a que todos estén aquí para comenzar nuestra celebración anual.
Ese es mi plan, pero Zach cree que estoy siendo poco razonable. Él opina que deberíamos dejar que Ella, Daniel, Tilly, Rogan y Josh elijan cuándo quieren llegar. Me pregunto si eso es solo porque es impaciente y no puede esperar para abrir sus regalos, a pesar de ser un hombre hecho y derecho.
Sin importar lo que diga, estoy decidida a hacer las cosas a mi manera.
«¿Mamá?». La voz de Asher, más profunda y madura ahora, me saca de mis pensamientos. Tamborileo los dedos en la barra de la cocina, tratando de distraerme de la tristeza de saber que mis hijas viven lejos. Él me ha dado la distracción que no sabía que necesitaba.
Él está creciendo muy rápido. Ya me saca mucha ventaja, mide casi un metro ochenta. Ya no es un niño pequeño, y desde luego actúa como un adulto. Hoy nos toca ir de compras, porque, igual que su padre, siempre deja las cosas para el último momento.
Cada niño recibe un presupuesto de quinientos dólares, y uno de nosotros los lleva a comprar sus regalos. Este año, Zach llevó a Talya, Tyler llevó a Atty, y Callum fue con Ella y Tilly justo ayer. Así que, me toca Asher.
Tiene sentido, considerando que, de sus padres, soy la favorita.
«¿Sí, cariño?», pregunto, poniéndome de puntillas para limpiarle las migas de la comisura de la boca.
«¿Qué le debería comprar a Isaac? ¿De verdad necesita un regalo? No tiene ni dos semanas de vida...».
«Por supuesto que necesita un regalo. Tal vez un sonajero o ropita. O un osito de peluche pequeño. Echaremos un vistazo en las tiendas de bebés».
«Odio ir de compras, mamá... ¿no puedes hacerlo tú por mí?», pregunta.
«Buen intento, Asher. No, no puedo. Tienes que elegir tus propios regalos, corazón».
«Eso no es justo...», se queja.
«¿Qué te parece esto? Tú compras y yo envuelvo los regalos. ¿No es un buen trato?», ofrezco, sonriéndole.
«No mucho. Preferiría simplemente meter todo en bolsas de regalo en vez de tener que ir a comprar».
«Cuida ese vocabulario, jovencito. Vamos, ir a comprar regalos no es opcional».
Doy el ejemplo y camino por el pasillo para agarrar las llaves del Mustang antes de salir por la puerta. El aire es frío y me pellizca la piel, pero aprieto los dientes y corro hacia mi auto, abriendo la puerta para entrar. Asher me sigue sin rechistar, pero sé que solo lo hace por obligación.
Asher es mi hijo rebelde, y digo eso porque es un engreído. Cree que todo debería servírsele en bandeja de plata porque podemos pagarlo. Le falta respeto; por más que intente inculcárselo, él se resiste.
A veces, desearía que tuviera un motivo para rebelarse como Tilly, pero no lo tiene. Su vida ha sido fácil, llena de más de lo que podría necesitar o querer, y sin embargo nunca es suficiente. Carla dice que es igualito a Zach y que seguro lo sacó de él, pero yo no estoy tan segura.
¿De verdad puede ser un rasgo que se transmite por la genética? No, es porque no le hemos puesto límites suficientes. Sí, los chicos tienen reglas, pero como padres, nunca las hemos hecho cumplir en equipo, dándole espacio para que cruce la línea.
Él nos pone a prueba, especialmente a Tyler y a mí, porque somos los blandos, mientras que Zach y Callum hacen de policías malos. Eso suele funcionar con los demás chicos, pero no con Asher y, hasta cierto punto, con Tilly.
Pasamos la mañana de compras, entrando y saliendo de cada tienda, y a pesar de sus quejas iniciales, Asher termina divirtiéndose. Me enseña cosas que cree que a sus hermanos les gustarían. Y sonríe de oreja a oreja cuando encuentra el regalo perfecto para Carla.
En el fondo es un buen chico debajo de toda esa rebeldía. Solo desearía poder llegar a su lado más tierno y ayudarlo a quitarse esa coraza de tipo duro que se ha construido. Así que, paso la mayor parte del día ayudando a mi hijo a comprar los regalos que ahora estoy envolviendo en mi habitación. Al fin y al cabo, lo prometido es deuda.
Incluso compró papel de regalo diferente para cada persona, lo que facilita las cosas. Estoy envolviendo el último regalo cuando Zach llama a la puerta del vestidor.
«¿Sí?», respondo en voz alta.
«Asher me dijo que estabas envolviendo sus regalos. ¿Puedo pasar?».
Miro a mi alrededor, notando que solo me queda el regalo de Talya por envolver, así que sonrío y lo invito a pasar con ganas.
«Sí, no hay moros en la costa».
Zach entra rápido al vestidor y mira el pequeño montón de regalos envueltos. Me río cuando levanta las cejas sorprendido.
«Pensé que obligábamos a los chicos a comprar y envolver sus propios regalos».
«Lo hacemos, pero tuve que sobornar a nuestro querido hijo para que fuera de compras, y ahora estoy pagando el precio. Pero solo queda uno y termino», admito, tomando la caja del maquillaje favorito de Talya para envolverla.
Corto el papel, lo envuelvo alrededor de la caja y lo aseguro con cinta justo cuando Zach por fin me toca. Su suave beso en el costado de mi cuello me hace derretirme ahí mismo, y no puedo evitar sonreír.
«Te he echado de menos, Vi», murmura.
«Solo han pasado cinco horas desde que me viste», le recuerdo.
«Eso es demasiado tiempo. Ya sabes cómo soy... necesito tu atención, nena».
«Claro que sí», me río, pegando el último trozo de papel de regalo con un pedazo de cinta. Garabateo el nombre de Talya en la etiqueta y empujo el regalo a un lado.
Me doy la vuelta y mi mirada se posa en Zach. Está recostado detrás de mí, con las piernas despatarradas mientras se apoya hacia atrás en sus manos. No lleva más que unos jeans y una camisa tipo polo.
Sin calcetines... maldita sea. ¿Por qué siempre hace eso?
«Es usted todo un espectáculo, esperándome así, señor», digo.
«Y tú eres una visión con el pelo cayendo por tu espalda. ¿Vienes aquí?». Su sonrisa de medio lado es irresistible, y sus hoyuelos me llaman.
Gateo hacia él y me acomodo en su regazo, donde descubro una agradable sorpresa.
«Parece que alguien tiene ganas», bromeo.
«Solo cuando estás cerca», responde, mientras su pulgar acaricia mi mejilla.
Nuestra pasión no se ha apagado con el paso de los años. Me sorprende nuestra resistencia, sobre todo porque Zach ya pasó los cincuenta, pero parece más vigoroso e insaciable que nunca.
Ahora es más estratégico. Sabe que nos tiene a tres de nosotros para satisfacerlo, y se asegura de estar con cada uno de nosotros al menos una vez al día.
Mis momentos favoritos son cuando me tropiezo con él y con Ty o Cal. Simplemente me quedo ahí, viéndolos expresarse su amor, y es increíblemente excitante.
A veces, me corro al mismo tiempo, escabulléndome en silencio sin revelar nunca que estaba ahí. Le debo esa habilidad a Zach, la de tener un orgasmo sin hacer ruido.
«Déjame ayudarte con eso... debe ser duro estar tan cachondo todo el tiempo», bromeo, empujándolo para que se acueste. Bajo por su cuerpo, desabrochando su camisa para poder saborear su torso esculpido.
Su gemido ronco solo me anima a desabrocharle los jeans, revelando su erección que empuja contra sus bóxers.
«Se ve desesperado; ¿han pasado tres... cuatro horas?», lo provoco, sacando su verga y tomándola en mi mano.
«Tanto tiempo...», murmura, aunque ambos sabemos que ha sido menos.
«¿Tal vez mi boca pueda ayudar?», sugiero, pasando mi lengua por encima de él.
«Tu boca es más que de ayuda... joder», gime mientras lo meto hasta el fondo de mi garganta.
Lo chupo, moviéndome tan rápido y con tanta habilidad como puedo.
«Más despacio...», me ordena, así que reduzco mi ritmo. «Esa es mi chica; eres una diablilla muy traviesa».
Solo pensar en él dentro de mi boca es suficiente para excitarme, pero escucharlo llamarme con ese apodo me moja más el coño.
No me deja terminarlo de esa manera. En vez de eso, después de disfrutar suficiente de mi boca, me levanta, me besa y luego me acuesta en el suelo.
«A cuatro patas», ordena, quitándose la ropa.
Me encanta ponerme a cuatro patas, esperando a que me arranque las bragas. Esa es su parte favorita, ¿lo sabías?
Me sube el vestido por la espalda y acaricia mi culo antes de darme una ligera nalgada.
«Tu piel siempre se ruboriza tan hermosamente», murmura para sí mismo.
«¿Estás lista, diablilla?».
«Siempre», susurro.
«Bien, porque esto no será suave, nena».
No me da más avisos. Entierra su verga dentro de mí tan profundamente que suelto un grito ahogado y me sacudo hacia adelante.
«¡Silencio! Ahora», me advierte, pero no baja el ritmo.
No estaba bromeando. Su deseo por mí es tan intenso que ambos nos corremos en cuestión de minutos.
«Zach...», gimo su nombre mientras el placer se despliega en lo más profundo de mi ser.
«Eso es, diablilla, exprímeme hasta la última gota», gruñe con los dientes apretados.
















































