Melissa Nicole
KYRA
Chance me levanta como si fuera una pluma. Con su manaza, empuja mi cabeza contra su hombro, intentando ocultar mi rostro. Luego, se dirige a toda prisa a la oficina de la parte trasera antes de que alguien me vea.
Cierra la puerta y me baja. Echa el cerrojo, lo que me hace sentir segura, a pesar de estar en un cuartito con un hombretón que podría hacerme daño fácilmente. Ya sabía que era alto, pero teniéndolo tan cerca me siento como una hormiguita.
—¿Quién era ese? —pregunta con una voz grave y ronca que suena de lo más atractiva. Sus preciosos ojos azules con destellos morados y grises parecen atravesarme.
—No te preocupes. Lo siento. Solo me asusté. Ya puedes irte. Saldré por la puerta de atrás.
Me mira como si no hubiera oído ni jota.
—¿Quién era ese? —insiste con más firmeza. En vez de molestarme su tono, me siento extrañamente reconfortada de que le importe saber por qué estaba asustada.
—Mi padre adoptivo —bajo la mirada hacia mis pies.
Se queda callado un momento, y me da miedo mirar su cara guapa para ver su expresión. Incluso con una nariz que parece haber sido rota antes, está como un tren, y no me gusta pensar así.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta.
Me entran ganas de mentirle. No quiero que piense que soy una cría, pero, como siento que está tratando de protegerme, decido decirle la verdad a este desconocido.
—Tengo diecisiete —digo en voz baja.
—Joder —murmura y se da vuelta, alejándose de mí. Va hacia el pequeño escritorio y se apoya en él, mirándome, haciéndome sentir como si estuviera en pelotas. Me cruzo de brazos como si eso pudiera ocultarme de sus ojos.
—¿Tu padre adoptivo te hace daño? —me pregunta con un poco de preocupación en su cara seria. Se aparta del escritorio y se acerca a mí de nuevo.
—N-no, no realmente.
—¿Qué significa «no realmente», Kyra? —pregunta mientras me sujeta la barbilla, sin dejarme apartar la mirada. Su tacto se siente muy fuerte. Sus ojos serios y su cara me dicen que no es una pregunta, sino una orden. Quiere saberlo.
—Me ha pegado algunas veces, ¿vale? —sacudo la cabeza, alejándome—. Pero aprendí a hacer lo que dice sin rechistar, así que no pasa nada. Estoy bien. Algunas noches, y-yo me escapo de casa cuando se duerme y vengo aquí —sonrío, intentando parecer feliz—. Creo que la gente que trabaja aquí me tiene lástima, así que son amables conmigo.
Señalo hacia la puerta.
—No pensé que vendría aquí esta noche. Hay una fiesta en casa —de repente, me siento agotada y me derrumbo—. ¡Si me pilla fuera, se pondrá furioso!
Empiezo a llorar delante de este desconocido. Él frunce el ceño y luego pone sus manos alrededor de mi cintura, no de manera sexual, sino de forma amable y cariñosa.
Me acerca y me da un abrazo de oso. Me relajo al oler su agradable aroma a vainilla y algo fresco, como pino mezclado con un toque de cigarrillo y aceite. Huele de maravilla.
Me abraza por un instante y luego me suelta. Da un paso atrás y siento frío. Tiemblo, lo que hace que vuelva a fruncir el ceño.
—Debería irme a casa.
Me mira un momento y luego niega con la cabeza.
—No me hace ni pizca de gracia mandarte de vuelta a un sitio que te da tanto miedo —dice. No muestra mucha emoción, pero aun así es lo más amable que he oído.
—Ni siquiera me conoces —le sonrío con timidez.
—Quiero conocerte —dice, sorprendiéndonos a ambos. Parece casi... asustado. Da otro paso atrás, alejándose de mí—. Te llevaré a casa —dice.
—Umm, no —niego con la cabeza y me dirijo hacia la puerta—. Vivo cerca. Alguien oirá tu moto.
—Vale. Entonces, te acompaño andando —dice mientras me sigue.
Estoy a punto de protestar, pero creo que es mejor hacerle caso. Echo un vistazo por la puerta de la oficina y luego me escabullo por la parte de atrás. Chance me sigue de cerca. Caminamos en silencio por el callejón estrecho, con cuidado de mantenernos ocultos de la calle. Vamos muy juntos, nuestras manos incluso se rozan algunas veces. Exactamente tres veces. Seguimos caminando en silencio por un minuto.
—Dame tu móvil —me dice. No lo pide; no es una petición.
Saco mi viejo iPhone cascado del bolsillo. Me lo devuelve al cabo de un minuto.
—Llámame si alguna vez necesitas algo. Estaré por la ciudad cada tanto. Solo... Házmelo saber.
Le sonrío, sintiéndome extrañamente reconfortada por este grandullón desconocido.
—Mándame un mensaje ahora mismo —dice mientras enciende un cigarrillo—. Así tendré tu número también.
Miro mi móvil y veo que se ha añadido como Chance, con una imagen de una moneda junto a su nombre. Le mando un mensaje.
Nos acercamos a la parte de atrás de mi casa. Veo que se le abren los ojos como platos cuando ve el caserón.
—Por fuera parece bonita —digo en voz baja.
Él no dice nada, y dejamos de caminar cuando llegamos a la puerta.
—Así que me mandas un mensaje —dice.
—¿Cuántos años tienes? —pregunto por fin. Cuanto más lo miro, más pienso que no es mucho mayor que yo; tal vez unos pocos años más, cinco como mucho, la cara joven delata su edad.
Sus ojos me miran antes de regalarme una sonrisa de infarto.
—Demasiado mayor para ti, ángel.
Me pongo colorada como un tomate, demostrando que tiene razón.
—Dímelo —le hago ojitos, pero aprieta la mandíbula y niega con la cabeza.
—No me mires así, Kyra —dice bruscamente.
Doy un paso atrás, sintiéndome herida y un poco avergonzada. Se acerca a mí de inmediato, lo que hace que el corazón me vaya a mil por hora. Se inclina y me besa la frente suavemente, incluso con cuidado, antes de alejarse.
Luego, se da vuelta y me deja plantada.