
Bruja Salvaje Libro 2
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Prólogo
Libro 2
SEAMUS
«Surge, Beleth. Te mihi alligo. Ecce donum sanguinis mei.»
Seamus Poole se hizo un corte en el brazo, justo por debajo del codo. La sangre brotó y siguió la línea del corte, goteando en un cáliz de plata en el que había tallado cuidadosamente una estrella de cinco puntas. Allí, mezcló el eléboro seco y desmenuzado.
«¡Beleth! ¡Beleth!», exclamó mientras trabajaba, invocando al poderoso rey del Infierno, del que se decía que le había enseñado matemáticas a Cam, el hijo de Noé.
Seamus Poole, cuyo padre había inmigrado a Estados Unidos durante la Gran Hambruna en 1849, creció sintiendo que tenía que demostrar lo que valía.
La discriminación y las escasas oportunidades laborales llevaron al padre de Seamus hacia el oeste, y cuando se descubrió plata en Virginia City, Nevada, en 1859, su padre se unió a la fiebre por extraerla. Seamus creció viendo las dificultades económicas de su propia familia, ya que los ingresos de su padre nunca eran suficientes para cubrir las necesidades de su esposa y cinco hijos.
A pesar de su talento para las ciencias, Seamus eligió el derecho como su vía para salir de la pobreza, pues no tenía interés en ser médico como el que veía caminar con pesadez por Virginia City, siempre al borde del agotamiento y al que nunca le pagaban lo suficiente por su trabajo.
Seamus se fue de Nevada para asistir a la Universidad de California en Berkeley.
El derecho, sin embargo, era una materia críptica y difícil. Seamus no era un buen estudiante, y su ambición superaba por mucho su habilidad.
Cuando regresó a casa después de un primer semestre desastroso, se sinceró con su padre.
«Sabes que pasé un año en Pensilvania cuando llegué aquí», le dijo su padre, masticando la punta de una pipa mientras estaban sentados juntos en el pórtico después de la cena.
Seamus, abrumado por la tristeza, apenas le veía relevancia al comentario de su padre, pero asintió de todos modos.
«Ah, claro, le hice algunos trabajos a un hombre. Un poco de trabajo manual, ya sabes. Le arreglé los estantes de su librería».
Seamus se preguntó si su padre le iba a recomendar que dejara de estudiar derecho y se dedicara a armar estantes como profesión. Aun así, no dijo nada, dejando que el anciano hablara.
«Ah, era un hombre un poco raro. Un señor alemán, de nombre Hohman. Tenía un negocio secundario, vendiendo todo tipo de remedios herbales y curas mágicas. Amuletos y cosas así».
Seamus frunció el ceño. Esto iba en una dirección que no había anticipado.
«Resulta que el hombre estaba muy metido en la magia; un brujo en toda regla. A tu abuela, que en paz descanse, le habría dado un infarto si lo hubiera sabido».
Su padre se entretuvo con su pipa, rellenándola y volviendo a encenderla, y tardó una eternidad en inhalar el humo y exhalarlo de nuevo. Seamus sintió una creciente impaciencia, aunque no sabría explicar por qué, solo que quería que su padre continuara.
«Ah, el hombre me contó todo tipo de cosas, ¿entiendes? Me ayudó más de una vez; un amigo muy útil que tener. Y me dijo que siempre ha habido gente como ellos a lo largo de la historia, usando hechizos antiguos para salir adelante».
El corazón de Seamus se aceleró. Ya podía ver a dónde quería llegar su padre con aquello, y apenas se atrevía a tener esperanzas. ¿Podría ser verdad? ¿Acaso habría otra forma de triunfar?
Se había estado golpeando la cabeza contra los libros sin llegar a ninguna parte. ¿Habría algún truco para lograrlo?
«Ah, claro, al final me entregó un libro como pago por uno de los últimos trabajos que le hice. Aún lo conservo. Es tuyo si lo quieres».
Seamus sí lo quería.
Devoró el libro esa misma noche, leyendo a la luz de una vela, puesto que su familia todavía era bastante pobre. Ese libro, Cartas sobre demonología y brujería dirigidas a J. G. Lockhart, Esq., le cambió la vida.
Con el tiempo, encontró otros. Resultó que tal vez no tenía cabeza para el derecho, pero cuando se trataba de leer obras como el Ars Goetia o la Pseudomonarchia Daemonum, tenía muchísimo talento.
Al principio, solo realizaba algunos hechizos, creando amuletos y pociones para ayudarse a mejorar su concentración, memoria y comprensión. Pero, eventualmente, descubrió cómo la invocación de espíritus de otros mundos podía ser utilizada a su favor.
El primero, el demonio menor Bifrons, había sido un sirviente inestimable, asistiéndole en el aprendizaje del derecho y de otros temas tangenciales, ya que era un demonio consagrado a la adquisición de conocimiento.
El segundo, Gaap, hizo que William Matthews —un famoso abogado, de hecho, uno de los Cuatro de la Costa del Pacífico— quedara prendado de Seamus. Matthews era el abogado principal del Ferrocarril del Pacífico Sur y, como tal, tenía prejuicios contra los irlandeses debido a los numerosos conflictos laborales que la compañía tenía con los trabajadores inmigrantes.
Sin embargo, gracias a la ayuda de Gaap, Matthews estuvo de pronto dispuesto a pasar por alto la falta de pedigrí de Seamus.
Pagó los estudios de Seamus y lo guio tan bien que este aprobó el examen del colegio de abogados en su primer intento.
Ahora llevaba más de diez años ejerciendo la abogacía, y había sido asignado al equipo de defensa de Lee Yu Chen, un trabajador chino encarcelado por intentar regresar a California después de la reciente aprobación de la Ley Scott, la cual prohibía a los trabajadores chinos que habían abandonado los EE. UU. volver a entrar, incluso si tenían certificados válidos.
El próximo juicio decidiría si California mantendría la Ley Scott, y era de suma importancia que Seamus y su equipo consiguieran una victoria.
Tan importante, de hecho, que sabía que debía dejar de lado sus apelaciones habituales a Bifrons o a Gaap, y ascender en la jerarquía de los demonios en busca de ayuda.
Por lo tanto, había elegido a Beleth, descrito por el Ars Goetia como un poderoso rey del Infierno; el grimorio advertía que el demonio pondría a prueba al invocador intentando aterrorizarlo, de modo que Seamus ya estaba ansioso, incluso mientras mezclaba la sangre y el eléboro y coreaba el nombre de Beleth.
Llevaba una varita de avellano, listo para dibujar el sello en el aire ante la aparición de Beleth, tal como indicaba el grimorio.
Debido a esta advertencia, Seamus no se dio cuenta al principio de que algo había salido mal.
La figura que apareció destellando ante él era un hombre imponente con cabeza de búho y alas angelicales inmensas, que extendió en toda su amplitud.
Empuñaba un sable largo y brillante, y un trueno resonó, sacudiendo todo el edificio: un almacén abandonado en el barrio chino de San Francisco, donde Seamus esperaba pasar desapercibido mientras invocaba a este nuevo sirviente.
Varias ventanas se rompieron, y Seamus contuvo un grito de alarma, incluso mientras comenzaba a trazar el sello triangular y a recitar el conjuro para dominar a Beleth: «Tene, Beleth! In triangulum quem pinxi, vade. Te ligo et impero tibi.»
La ilustración del Ars Goetia mostraba una figura felina, y este gigante con sus alas y cabeza de búho parecía no tener ningún parecido con ella.
Seamus repitió el conjuro. «Tene, Beleth!—»
Pero la figura lo interrumpió, alzando su sable en alto. «Silencio, insensato. ¿Qué orgullo te impulsa a intentar invocar a un rey del Infierno? ¿Qué indiscreción?»
Seamus soltó un grito ahogado y dibujó el sello de nuevo, con gestos rígidos y fuertes.
El demonio bramó: «No muestras el respeto que se le exige a un monarca del Infierno. ¿Dónde está el anillo de plata? ¿Dibujas un triángulo con la esperanza de atraparme a mí? ¡Gusano incompetente, miserable blasfemo!»
La voz del demonio maltrató sus tímpanos, provocándole una tremenda agonía. Seamus gritó, aún aferrado a la varita, con el corazón latiendo tan rápido que le golpeaba la caja torácica como si fuera una criatura aterrorizada intentando escapar.
«¡Tene Beleth!», dijo Seamus con dificultad.
«Yo no soy Beleth».
Seamus miró al demonio con horror. Por fin entendió que algo había salido muy mal.
«He aquí, miserable, que en su lugar me has invocado a mí, Andras. Los mortales caen ante mí. Tu estupidez te ha provocado esto, gusano».
Dicho esto, el demonio cortó hacia abajo con su espada.
El sable cortó a Seamus, rajándolo desde la parte superior de la cabeza hasta la punta del pie, pero su cuerpo permaneció intacto.
Fue su alma lo que el demonio partió en dos.
Mientras el cuerpo se tambaleaba y el espíritu en su interior se separaba de su recipiente mortal para siempre, Andras dio un paso al frente.
Agachó la cabeza y se introdujo en su interior, apoderándose del cuerpo.
















































