Pistolas y realeza - Portada del libro

Pistolas y realeza

HF Perez

Menudo día

Bel

Después de debatir consigo misma durante todo el fin de semana, su respuesta fue no. N.O. No. No. Negativo.

Había un millón de razones por las que no debía hacerlo. La más obvia era que quedaría expuesta. Su identidad se había mantenido en secreto desde que era una niña.

Sus compañeros de la universidad la conocían como la chica empollona que había estudiado mucho y acabó graduándose entre los mejores de su clase.

Sin embargo, ese tal Daniel no tenía ni idea de quién era ella. No sabía que para ella todo era un juego de niños. Un mero medio para un fin.

No le preocupaban sus antiguos compañeros de clase, todos ellos egoístas, por cierto. Lo que le preocupaba eran sus turbios clientes. Desde cárteles y mafias hasta gánsteres y organizaciones yakuza.

No podían acudir a una empresa de contabilidad legal, y su técnica de blanqueo nunca estaría a la altura de la de ella. Además, tenían un montón de dinero que llamaba la atención de todo tipo de ladrones y cuerpos de seguridad.

Incluso en sus respectivas organizaciones, había ciertas cosas que no debían confiar a cualquiera. El dinero era una de ellas.

Bel había perdido la cuenta de las veces que había denunciado robos y ocultado la verdad a las autoridades. Lo que leyó en los periódicos y en las redes sociales al día siguiente seguía atormentándola.

Sus clientes no la conocían. Nunca habían oído su voz. La conocían simplemente como «La Contable», y los líderes corrían la voz sobre ella.

La conocían como «el único hombre para el puesto». Nunca le habían preguntado su sexo, ni su nombre. Pero un día, todos lo acabarían haciendo, si no lo habían hecho ya; por el momento se mantenían a distancia hasta que ella cometiera un error.

Aun así, tomó todas las precauciones necesarias. Utilizando direcciones IP imposibles de rastrear, aceptando pagos solo en efectivo y transfiriéndolos después a tarjetas de prepago… De esa forma se había vuelto invisible. Un fantasma al que solo se recurría cuando era necesario.

Y si seguía adelante con este trabajo, estaría jodidamente expuesta.

«Recuerda lo que le prometiste a Lily. Nunca te retractes de tu promesa».

¡Oh, mierda! Esa era la razón más importante por la que tenía que hacer esto. Tenía que intentarlo por el bien de su hermana. Solo por esta vez. Tendría que vivir una vida normal y toda la mierda que venía con ella.

***

Bel iba a hacerlo. Todo estaría resuelto en un día o dos, quizá incluso menos.

Como vivía a una hora de la ciudad, a las 7 de la mañana ya había salido de su casa. Como cualquier chica normal, pasó por el McDonald's a por un sándwich y un moca helado.

Se entretuvo, sabiendo que llegaría una hora antes a su cita. La puntualidad no tenía nada que ver. La autopreservación sí.

Primero se evaluarían los pros y los contras. Las salidas, en segundo lugar. Observar a las personas que entran y salen del edificio sería la tercera y última tarea.

Maldita sea. Nunca podré ser normal.

Estos rasgos estaban demasiado arraigados a su personalidad. Un instinto de supervivencia para protegerse de la gente que podría hacerle daño.

¡Cómo deseaba volver a aquella noche en la que había sido una mujer normal y corriente presa del placer para olvidarse de ella misma y disfrutar del momento!

Los recuerdos la hicieron retorcerse en el asiento. Su gran cerebro conjuraba imágenes demasiado reales que chocaban con lo que estaba sucediendo en ese momento y con sus fantasías futuras. Siempre era con el mismo hombre.

Dominic.

Recordaría para siempre su voz ronca gritando su nombre durante toda la noche.

De acuerdo, suficiente. Eso ya era historia. Ya había pasado un tiempo desde aquel encuentro.

Bel condujo varias veces por el distrito financiero para hacer tiempo. Para reconocer. Para observar

Cuando estuvo satisfecha, aparcó su Honda a un kilómetro del imponente edificio de DV Corporation.

Los altos techos del rascacielos le hicieron inclinar la cabeza hacia atrás por un momento, distrayéndola. Sacudió la cabeza y miró a las personas que eran como hormigas entrar a la empresa.

Había gente vestida de negro y gris pululando por el lugar y un Starbucks al otro lado de la calle. Ya sabéis, todo eso. Realmente le dieron ganas de vomitar.

Aguántate, Bel.

Sus pasos la condujeron hasta la recepcionista.

―Hola. Soy Bel Anderson. Tengo una cita a las 9 a.m ―¡Por Dios! ¿Por qué tiene que llevar tanto maquillaje? Entrecerró los ojos tras sus gruesas gafas. La chica que tenía delante no tenía poros. ¿Cómo sudaba?

―¿Señorita Anderson? ―preguntó la recepcionista. Bel parpadeó cuando la voz dulcemente irritable de la recepcionista se registró en sus oídos. Sus labios operados parecían doloridos. ¡Ay! Forzó una sonrisa a la chica.

―¿Sí? ―dijo Bel, cuadrando los hombros. El hecho de verse obligada a mostrarse tan segura de sí misma la estaba matando. ¡Cómo deseaba que le enviaran los datos para poder trabajar desde casa en camiseta de tirantes y bragas con un gran tarro de Nutella!

―Aquí está su pase ejecutivo. Último piso del edificio. Los ascensores están al final del pasillo, a su derecha. Sandrina Petriva le dirá qué hacer.

Las instrucciones se dieron en un tono monótono. Vaya. Esta señorita~ no podría ser más acogedora.~

La señora insípida volvió a lo que estaba haciendo. Bel apostaría cualquier cosa a que esa chica sólo estaba mirando Facebook. Como si le importara su trabajo una mierda. Una razón más para odiar el mundo empresarial.

Bel murmuró un apagado gracias y siguió las instrucciones. El suelo en el que se encontraba le resultaba bastante familiar. Demasiado. Se parecía un poco al hotel donde...

No. No iba a permitir que su mente divagara por ahí. No iba a pensar en ~ese hombre ~mientras estaba en el trabajo. Los negocios eran los negocios y nunca debían asociarse con el placer.

Sandrina resultó ser una gran mejora con respecto a la maleducada señora de recepción. Su adorable acento ruso hizo sonreír a Bel.

Parece que me encuentro con muchos de ellos estos días.

―Aquí tiene su despacho, jovencita. Mi hijo Alec ha elegido un espacio cómodo para que trabajes ―¿Tenía un hijo adulto? Pero si parecía tener unos veinte años. Bel se lo dijo, e hizo que Sandrina le sonriera.

Asombrada, Bel empezó a explorar su nuevo espacio. ¡Vaya tela! Su oficina provisional era maravillosa. Las paredes de cristal le daban una vista fantástica del Golden Gate. Y además era jodidamente elegante.

―Esto es precioso, Sra. Petriva ―dijo Bel. Con una sonrisa de oreja a oreja satisfecha, de momento, con la situación.

―¿Puedo pedirle algunas cosas, por favor?

―Por supuesto. Cualquier cosa para ayudarte, querida. Aunque mi hijo estará encantado de hacerlo. Y yo me aseguraré de que así sea ―dijo Sandrina. Le brillaron los ojos y sonrió demasiado ampliamente.

Oh, oh. ~¡Alerta de emparejamiento! ~Empezaron a sonar las alarmas. ~No estoy interesada en ligar con tu queridísimo hijo~.

―Necesitaré pizarras blancas y varias cajas de bolígrafos. Y necesitaré todos los libros desde 2008 hasta el presente. Si pudiera tenerlos hoy... ―dijo Bel.

Por dentro, se encogió ante su petición. La mayoría de los contables lo habrían hecho todo con el ordenador. Pero ella no.

En respuesta, la secretaria inclinó la cabeza y sonrió: ―No hay problema, querida. Me pondré en contacto con el departamento de contabilidad. Por cierto, el señor Vasiliy se reunirá con usted antes de que empiece a trabajar. Debería de llegar en cualquier momento.

»Ponte cómoda. Hay café y donuts ―Sandrina señaló una cocinita en un rincón alejado. Había una mini nevera, un microondas, una cafetera y una caja de los donuts favoritos de Bel.

Bel se aseguró de dar las gracias a su generosa nueva conocida antes de marcharse y luego se sirvió un poco de café.

Había algunas cosas que le gustaban de toda la situación. Sandrina era una de ellas; era simpática. Hacía mucho tiempo que Bel no mantenía una conversación normal con una mujer tan encantadora.

Su cueva de trabajo también le gustaba mucho. Y estaba segura de que sus servidores de Internet eran decentes. Hizo una nota mental para comprobarlo más tarde.

Sin embargo, llegó antes de lo esperado.

Con el café caliente en una mano, se dirigió a su escritorio. Era de pura caoba. Muy bonito. Tiene que ser importada. También había una silla de cuero perfectamente acogedora. Su espalda y su culo se alegraron. Y había un Mac en su escritorio. Estaba cerrado, pero no por mucho tiempo.

Bien. Allá vamos. Empezó a teclear una serie de números. ~Estoy buscando una secuencia en particular. ¡Ahí está!~ El cortafuegos estaba dañado. ~Pan~ ~comido~.

La seguridad del software era débil. Cambió la IP y creó un cortafuegos secreto para probar su solidez. Decidió esperar unos segundos. Cinco, cuatro, tres, dos, uno. Y ¡voilá! Estaba dentro.

¡Maldita sea! Era buena. Ahora era lo suficientemente seguro para almacenar información de la base de datos de la empresa.

―Veo que te has sentido como en casa, querida.

Bel se sobresaltó. No había oído entrar a la secretaria.

―Pero creo que tenemos problemas con Internet. Los informáticos llevan intentando arreglarlo desde primera hora de la mañana.

Hmmm. Qué raro. El suyo funcionaba bien. Pensó que debían ser problemas de malware.

―¿Quieres que le eche un vistazo a tu ordenador? Aún tenemos cinco minutos antes de las nueve.

Era lo menos que podía hacer Bel ya que Sandrina había sido muy amable con ella.

―Oh, gracias. A mi edad, la verdad es que no sé mucho de ordenadores. Después te acompaño al despacho de los jefes.

Bel aceptó de inmediato. Sandrina entrelazó sus manos y la condujo fuera de la oficina.

El lugar era realmente enorme. Bel sentía que podría perderse en ese piso. Realmente lo sintió así aunque eso no le había pasado nunca. Miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y parpadeó.

El nerviosismo que sentía en la boca del estómago era premonitorio. Estaba repentinamente nerviosa, y tenía algo que ver con el lugar.

El concepto del diseño interior de la planta ejecutiva era muy similar al del último hotel en el que había estado. En aquella ocasión había estado distraída, pero había visto lo suficiente como para memorizar ciertos detalles.

Dominic.

Frunció el ceño. ¿Por qué pensaba en él? ¿Iba a olvidarse de él en algún momento?

Probablemente no. Ahora él no se lo había dejado fácil con otros hombres. Si llegaba algún otro, siempre lo compararía con él. Y sin duda, todos los hombres se quedarían cortos.

La conversación de Sandrina la inundó mientras escuchaba con media oreja. Anotó mentalmente que memorizaría todas las salidas de emergencia que encontrara. También creó un mapa mental de la planta ejecutiva, con todos sus rincones.

Oyó voces a unos metros de ellas. Estaban a punto de doblar una esquina hacia donde se encontraba el escritorio de la asistente personal. Lo más probable es que estuviera cerca del despacho del Sr. Vasiliy.

―¿Por qué están aquí? ―murmuró Sandrina para sí misma.

Bel miró a Sandrina preguntándose a qué se refería o a quién. No tuvo que preguntárselo mucho tiempo.

El primer hombre que vieron sus ojos fue el Sr. Blondie. Un hombre alto, delgado y elegante; estaba de pie, en posición de firme.

Sus ojos se clavaron en una mujer que se apoyaba descaradamente en el escritorio con las piernas sugerentemente abiertas. Su mano bien cuidada descansaba en la solapa de un hombre moreno que le daba la espalda.

Este hombre le dijo algo a la mujer en ruso, que Bel entendió perfectamente. Algo que indicaba que se había follado a esa mujer anteriormente, una vez, hacía mucho tiempo, y que no volvería a hacerlo.

Rodó los ojos internamente, sintiendo un poco de lástima por la desesperada mujer. Aquel hombre parecía el típico putero que usaba y desechaba a las mujeres como si fueran calcetines gastados.

No tardó en quedarse con el ritmo de su voz; se le quedó grabado en su mente. Lo miró fijamente y volvió a estudiarlo.

Su espalda y hombros anchos le resultaban familiares. Oyó débilmente a Sandrina hablando en el mismo idioma. Sorprendentemente, su voz era áspera, como si le estuviera regañando.

Bel oyó que el hombre asentía. Se le hizo un nudo en la garganta.

No puede ser.

Lo recordaba con claridad, como si hubiera sido ayer: la voz cálida y grave del hombre que le había proporcionado un placer increíble con sus sucias palabras mientras la follaba.

Incapaz de detener la conmoción que recorría su cuerpo, Bel jadeó en voz alta y soltó un seco «mierda».

Todas las miradas se dirigieron hacia ella, y la sangre de su rostro se drenó. Deseó que el suelo se hubiese abierto y se la tragara entera.

―¿Detka? ―llegó la incrédula voz fuertemente acentuada.

¡Estaba jodida!

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