Michelle Torlot
KANE
Era tan perfecta, tan inocente. Y estaba tan rota. Pero yo podía ayudarla, sabía que podía. Intentó fingir que era dura, pero me di cuenta de que todo era una fachada.
Me había sentido un poco culpable cuando utilicé a Paulo como artimaña para permitirme marcarla. Pero tenía que hacer algo; no podía soportar perderla de nuevo.
Sin embargo, mi padre tenía razón. Sus palabras resonaban en mis oídos: «¡Si la Diosa de la Luna quiere que estéis juntos, no habrá forma de separaros!~»~
Casi no la había marcado cuando empezó a llorar. Me partía el corazón que me tuviera tanto miedo... A mí, entre todos. Eso era obra de su padre.
«¡Iré a por él, y cuando lo encuentre, le arrancaré el corazón del pecho, como le hizo a Melissa!~»~
Pero ahora, mi pequeña Katie era mía. Cuando la marqué, hizo los ruidos más dulces que existen.
La forma en que lloró cuando mis dientes mordieron su suave piel… Los gemidos cuando sintió que la marca se afianzaba… Si hubiera dejado que mi lobo tomara el control, la habría apareado allí mismo.
No podía permitirlo.
«Tengo que tomarme el siguiente paso con calma y poco a poco».
Sin embargo, iba a ser duro tanto para mi lobo como para mí. Tengo suerte de tener el autocontrol de un Alfa.
Estaba acomplejada por sus cicatrices, las cicatrices que nunca debería haber tenido. Esas eran solo las visibles; las otras sabía que eran más profundas, mucho más profundas.
Intentó ocultármelas, pero no se lo permití.
«Necesita que le digan una y otra vez lo preciosa que es».
El sabor de sus labios era tan dulce… Quería probarla entera y tocar cada centímetro de su suave y delicada piel.
Me sorprendió que me dejara bañarla. Fue un buen comienzo.
Mientras la hacía, mis dedos y manos masajeaban sus músculos, ásperos en algunas partes, suaves en otras.
Disfruté cada gemido que escapaba de sus labios. Cuando terminé, era como una masilla en mis manos.
—¿Te sientes bien, pequeña? —pregunté, bajando un poco la voz.
Ella gimió una afirmación. No pude evitar sonreír.
Le puse la mano en la nuca.
—Acuéstate, entonces —le dije.
Sentí que se relajaba aún más al tumbarse. Lo único que impedía que se sumergiera del todo en el agua de la bañera era mi mano sosteniéndole el cuello.
Le lavé el pelo con suavidad, dejando que mis dedos le masajearan el cuero cabelludo mientras le aplicaba el champú.
Ella gimió. Le gustaba lo que le estaba haciendo.
Su pelo era precioso, de un rojo vibrante. Al lavarle la suciedad y la grasa, por fin pude ver su verdadero color.
Mi pulgar frotó círculos en su nuca y ella gimió un poco más. Aquel sonido era como música celestial para mis oídos.
La volví a sentar con cuidado antes de dejar que el agua se escurriera. Luego la envolví en una toalla y la llevé al dormitorio, al estilo nupcial.
Apenas estaba despierta. El marcaje le había quitado la poca energía que tenía. Quería que comiera algo esta noche, pero tendría que esperar hasta mañana.
Era piel y huesos. Dudaba que comiera regularmente. Si lo hubiera hecho, no estaría tan desnutrida.
Cuando la tumbé en la cama, gimió un poco y se estremeció.
—¿Tienes frío, pequeña? —le pregunté.
Gimoteó en señal de reconocimiento.
Me quité la ropa, dejándome sólo los calzoncillos. Luego me tumbé también en la cama y la rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho.
—¿Así está mejor? —susurré.
Murmuró una respuesta que tomé por un sí.
—Buena chica —susurré—. Duerme tranquila.
Apreté los labios contra su frente y su respiración empezó a calmarse. No tardó en quedarse completamente dormida.
Cerré los ojos, sabiendo que, por primera vez en años, dormiría plácidamente con mi compañera a mi lado.
***
Me desperté un poco más tarde de lo habitual, aunque no me sorprendió. Mi pequeña compañera había dormido a pierna suelta toda la noche, y seguía durmiendo.
Tenía un aspecto angelical. Cuando los rayos del sol se posaron en su pelo, brilló como si estuviera ardiendo.
Le besé suavemente la frente. Gimió en sueños, pero no se despertó.
Podría haberme quedado mirándola todo el día, pero tenía cosas que hacer. Así que me dirigí al baño para darme una ducha.
Dejé correr el agua fría ya que me había sentido excitado al despertar. El hecho de que mi lobo estuviera inquieto por su compañera tampoco ayudaba. No se daba cuenta de que ir poco a poco era mejor.
Cuando terminé, me asomé desde el cuarto de baño para ver cómo estaba. Seguía durmiendo profundamente. Rápidamente me conecté con los chefs de la cocina.
Quería que el desayuno estuviera listo cuando se despertara. Hoy quería mimarla, ir con ella a todos lados, que toda la manada viera que era mía y presentarla, sobre todo a mi padre.
Me preguntaba si ella lo reconocería. Si lo hacía, tal vez podría resucitar a su loba. Ella pensaba que no tenía una, pero la tenía.
Mi lobo podía sentirlo, pero ni siquiera él podía despertarla de su letargo. La pobre estaba demasiado débil.
La última vez no me había visto, aunque yo sí la había visto a ella. Tal vez una vez que saliera al exterior, los recuerdos volverían, si su subconsciente no los había suprimido por completo.
Entonces tal vez su loba volvería.
Si eso no funcionaba, había otra forma, una forma que no quería contemplar. Sería doloroso para los dos, tanto física como emocionalmente, y le había prometido que no le haría daño.
Me vestí en silencio para no molestarla. Necesitaba descansar. Al oír que llamaban a la puerta, me apresuré a abrir.
Mantuve la puerta abierta cuando una de las jóvenes Omegas trajo un carrito lleno de comida cocinada al vapor. Sonreí y le di las gracias.
Muchas manadas trataban mal a sus Omegas. Nosotros nunca lo hicimos, ni yo, ni mi padre, ni mi abuelo. Nuestro trabajo era protegerlos, y a cambio, ellos cocinaban y limpiaban para nosotros.
Los modales no cuestan nada, y siempre me aseguraba de darles las gracias y elogiarles por un trabajo bien hecho.
Ninguno de ellos fue nunca un guerrero nato, aunque les dimos la oportunidad de serlo si querían intentarlo. Pocos lo hicieron. No todos cocinaban y limpiaban, por supuesto.
Algunos trabajaban en el hospital o ayudaban a los profesores en el colegio. Nunca se les pedía que hicieran nada con lo que se sintieran incómodos.
Poco después de que llegara la comida, vi que mi compañera empezaba a revolverse. Puse algo de comida en un plato y esperé sentado en el borde de la cama.
Supongo que fue el aroma de la comida lo que la despertó. Ver su naricilla arrugarse y observar cómo se despertaba poco a poco fue una alegría.
Bueno, para empezar fue una alegría. Cuando se despertó y abrió los ojos, observé cómo recorría la habitación con la mirada. Parecía ligeramente asustada. El vínculo de pareja era cada vez más fuerte.
Debido a esto, pude sentir su miedo y sentir cómo aumentaban sus latidos.
Aunque me senté en el borde de la cama, no la toqué. Necesitaba darle tiempo para que asimilara su entorno y recordar los acontecimientos del día anterior.
Vi cómo se llevaba la mano a la marca del cuello. Entonces jadeó y me miró fijamente.
—Buenos días, pequeña —dije suavemente, en un intento de calmarla.
No pareció funcionar, ya que sentí que los latidos de su corazón aumentaban.