Mason - Portada del libro

Mason

Zainab Sambo

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Chapter
15
Age Rating
18+

Sinopsis

Frío, duro e insensible, Mason Campbell es de los hombres más poderosos de Inglaterra. El viento lleva los susurros de su nombre y hace temblar de miedo a quien los escucha; no en vano, Campbell es conocido por ser cruel, despiadado e implacable. Lauren Hart acaba de ser contratada como su asistente y de inmediato se convierte en la destinataria de sus rabietas, su ira, su odio y su arrogancia. La vida de Lauren sería mejor de no tenerlo como jefe; aunque Mason, envidiado por ellos y deseado por ellas, sólo tiene ojos para su empleada. Y más aún cuando le ofrece un trato que la joven no puede rechazar...

Calificación por edades: 18+ (Malos tratos, Abuso Sexual)

Aviso: Este libro contiene material que puede herir la sensibilidad del lector.

Autora original: Forevertoofar

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123 Capítulos

Capítulo 1

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 4
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Capítulo 1

—Cálmate —dijo mi compañera de piso, Beth, mientras me veía caminar de un lado a otro en la sala de estar.

Llevaba treinta minutos yendo de aquí para allá, nerviosa y agitada.

—Vas a bordar esa entrevista —añadió con una sonrisa de ánimo. Le lancé una mirada inquisitiva.

—¡No es una entrevista normal!

Me pasé la mano por el pelo, frustrada.

—¿Te va a entrevistar Dios?

Su pregunta me hizo mirarla como si estuviera loca.

Bueno, si había dicho algo así es que algo loca sí estaba.

No podía saber cómo me sentía con respecto a la entrevista.

Había mucho en juego.

—No, pero me va a entrevistar el hombre más influyentes de Inglaterra—le recordé.

Mason Campbell era uno de los hombres más influyentes del mundo. Y, sin lugar a dudas, el más influyente de Inglaterra.

A nadie le gustaba admitirlo, pero tenía incluso más poder que la reina.

A pesar de su juventud, había amasado una fortuna.

Había creado varias corporaciones en todo el mundo que contaban con unos mil empleados.

Era temido en todo el país porque era frío y aterrador.

Mason Campbell se reía en la cara de la muerte.

Vivía según sus propias reglas.

Me habían contado que sus rivales se acobardaban ante su intensa mirada, a pesar de que eran otros hombres con un gran poder.

También había oído que podía hacer desaparecer a cualquiera y que nunca volviera a saberse de esa persona.

Todo eso bastaba para que estuviera aterrorizada.

—¿Por qué no elegiste otro lugar para trabajar? —preguntó Beth—. Hay rumores que dicen que lo que ocurre de puertas para dentro es aterrador. También he oído que su mirada es tan fría que puede resquebrajar una piedra y que la tierra tiembla con su ira.

—Estaría bien ver si es verdad, fíjate —respondí, tratando de aligerar la situación en la que me había metido.

—Esa mirada te traicionaría, seguro —dijo con mucha seguridad.

Levanté la barbilla.

—Sin embargo, resultaría intrigante.

—Sí —coincidió, con un movimiento de cabeza, y luego pretendió sonreír divertida—. Pero te sentirás de otra manera si sus ojos te achicharran.

Quise reírme, pero estaba demasiado nerviosa pensando en el día siguiente.

No tenía ni idea de dónde había sacado Beth aquellos rumores; aunque estaba de acuerdo en que sus ojos eran aterradores, no creía que pudiera carbonizar a nadie con ellos.

La gente puede ser muy dramática a veces.

—Bah —descarté la posibilidad—. Eso es sólo un rumor, Beth.

—Bueno... —me sostuvo la mirada—. Los rumores a veces son ciertos.

Luché contra el impulso de retorcerme bajo su mirada.

—He oído que trata a todo el mundo como si fuesen enemigos... incluso a sus empleados.

Aquello hizo que mis nervios se agitaran.

¿Tratar a tus empleados como a tus enemigos? ¿Cómo podía ser?

No sabía si Beth me estaba diciendo la verdad o no.

La miré con los ojos entornados.

—Está loco.

—Razón de más para que te plantees trabajar en otro sitio —argumentó. Me apretó las manos y luego me soltó para cruzar los brazos sobre el pecho.

—¿Tan segura estás de que voy a conseguir el puesto?

Mucha gente quería trabajar en Industrias Campbell: iba a haber muchas entrevistas.

Sólo uno de los candidatos conseguiría el trabajo y dudaba que fuese a ser yo.

Algunas chicas sólo iban detrás de él, no del empleo.

—Segura al cero por cien —rió Beth, ganándose una mirada feroz—. No creo que trabajar allí te aporte nada. Es un lugar aterrador, solamente encontrarás control y oscuridad. Mason Campbell hace que todo se vuelva frío y enrarecido.

—Ningún lugar es así de inhóspito —dije, presionando la almohada contra mi pecho.

—Pues dicen que allí resuenan aún los gritos de sus empleados. —Beth me taladró con su mirada esmeralda—. Me encantaría estar allí mañana para ver cómo te encoges de miedo en su presencia.

—Cállate —sonreí, lanzándole la almohada—. No me voy a acobardar. No tengo miedo.

—¿En serio? —alzó una ceja desafiante—. Nunca has estado en su presencia. No sabes qué se siente.

Nerviosismo y mucha incomodidad, pensé, mordiéndome el labio.

—Si llego a casa llorando, no deberías sorprenderte.

—Tendré el pañuelo preparado.

—Perra, ya quisieras —la fulminé con una mirada juguetona.

Su sonrisa se desvaneció y me miró con seriedad.

—Lo vas a hacer bien en la entrevista, Lauren. Tu currículum es estupendo. Estoy segura de que te elegirán entre las cientas de personas que se presentan.

—Eso espero —sonreí débilmente.

Realmente lo esperaba, porque era un trabajo muy bien remunerado que me permitiría pagar las facturas médicas de mi padre y su tratamiento.

Podría hacer mucho más con ese dinero.

Pero el tratamiento médico de papá era lo único que me preocupaba.

Cuando me enteré de que tenía un cáncer en fase cuatro supuso un duro golpe.

Era la única persona que me quedaba después de que mi madre nos dejara cuando yo tenía diez años.

Todavía me dolía pensar en ella.

Papá había tenido que pasar por muchas cosas para criarme y me tocaba cuidar de él.

La mañana llegó antes de lo que esperaba. Llevaba despierta desde las seis preparándome.

La entrevista era a las siete y media y quería estar allí a las siete.

Gruñí mientras me arrastraba fuera de la cama y me dirigí hacia el baño dando tumbos, todavía adormilada.

Me lavé la cara y los beneficios resultaron efímeros. Igual de aturdida, me lavé los dientes antes de ducharme.

Tardé diez minutos en arreglarme.

Me enderecé y alisé la desgastada falda gris que me llegaba a las rodillas.

Me puse la blusa azul por dentro de la falda. Tenía las mejillas sonrosadas y se reflejaban en mis ojos marrones.

Mis ojos estaban ligeramente sesgados hacia arriba y bordeados por densas pestañas.

Me até el pelo castaño en una coleta sin dejar suelta ni una sola hebra.

Confiaba en tener un aspecto lo suficientemente sofisticado para la entrevista.

No me gustaba ir maquillada, así que seguí con mi estilo natural.

Me limité a aplicar un lápiz de labios de color carne. Me puse los viejos zapatos de tacón negros que había comprado dos años antes.

Como sabía que Beth aún estaría durmiendo, le dejé una nota antes de coger mi bolso y salir del piso.

En Londres hacía mucho frío, pero como todos mis abrigos estaban muy ajados, opté por no ponerme ninguno.

Quería ofrecer una buena imagen, no quería que me menospreciaran.

Cogí un taxi y, cuando le indiqué mi destino, el conductor se mostró sorprendido.

Volvió a preguntarme adónde quería que me llevase y le dije la dirección.

—¿Está segura de que es ahí donde quiere ir, señora? —preguntó, poco seguro de sí mismo.

—Sí —insistí, cada vez más molesta.

Después no dijo nada, pero de vez en cuando le pillé mirándome por el retrovisor como si no pudiera creer que yo me dirigiera a semejante lugar.

Detuvo el coche al otro lado de la calle frente a la sede de Industrias Campbell. Me extrañó y decidí preguntarle por qué no me dejaba junto a la entrada.

—Lo siento, señora, pero no se permite ningún taxi cerca del edificio —se adelantó el taxista, justificando su actitud—. Tengo que dejarla aquí.

Mi boca adoptó una forma redondeada y moví la cabeza con incredulidad.

Salí del vehículo y me reajusté la blusa.

Si alguien hubiera podido observarme, habría notado que rezumaba nerviosismo.

El edificio de Industrias Campbell se alzaba ante mí: era enorme, tenía al menos sesenta pisos.

Me pareció grande, inabarcable e intimidante.

Pasé con cuidado por delante de un guardia de seguridad en la puerta y accedí edificio.

Topé con un montón de personas ajetreadas que lucían ropas caras e impecables y me sentí cohibida por lo que llevaba puesto.

Parecían estar al límite, como si sostuvieran el mundo entero sobre sus hombros.

Me acerqué directamente a la recepcionista, nerviosa. Era una mujer pelirroja, ataviada con un elegante vestido azul.

Incluso su pelo parecía inmaculado.

Su rostro presentaba una cantidad mínima de maquillaje.

Sus ojos de color avellana me examinaron con una expresión de genuino desagrado.

—La cafetería está al final de la calle, señora —dijo e insinuó un ligero acento italiano.

—¿Qué? —pregunté, confundida.

Me miró fijamente como si fuera una imbécil.

—¿No es ahí donde quiere ir?

—No. Estoy aquí para una entrevista.

Arqueó su ceja perfecta y su boca se curvó hacia arriba en un gesto de sorpresa.

Volvió a medirme y chasqueó la lengua antes de buscar de nuevo mi mirada.

Me entraron ganas de darle un puñetazo en la cara. Creía que yo no pintaba nada en aquel lugar.

¿Cómo se atrevía?

Suspiró exageradamente antes de esbozar una sonrisa falsa.

—Vigésima planta. Gire a la izquierda y encontrará a todos los que han venido para la entrevista.

Me crispaba su actitud.

¿Estaba insinuando que había muchos candidatos y que yo no tenía posibilidades de conseguirlo?

Qué tontería.

—Gracias —dije a regañadientes.

—Buena... —volvió a mirarme de arriba a abajo, con la cara desencajada—. Suerte.

Me sentí un poco molesta, pero traté de calmarme y me dirigí al ascensor.

Esperé unos segundos a que llegara y me apresuré a entrar.

Antes de que se cerrara la puerta, oí unos gritos.

Un guardia de seguridad estaba sacando a rastras a una mujer que lloraba.

Estaba claro que tenía una crisis nerviosa.

—¡No! —gritó—. ¡No pueden hacerme esto! ¡Llevo tres años trabajando aquí!

Observé cómo intentaba forcejear con el guardia de seguridad.

—¡Soy leal! ¡No puede hacerme esto!

El ascensor se cerró, ahogando los gritos de la mujer.

Se me aceleró el corazón.

Sentí pena por la mujer.

Fuera lo que fuera lo que había hecho, no se merecía que la trataran así.

Había trabajado allí durante tres años.

Se merecía al menos un poco de respeto.

Pegué la espalda a la pared y cerré los ojos. ¿Era buena idea? No estaba segura, pero aquel era el único lugar que sabía que tenía buenos salarios.

Lo estaba haciendo por papá: no debía pensarme dos veces si trabajar allí.

¡¿Trabajar?! Aún no tenía el puesto, ni siquiera sabía si sería la afortunada.

Endurecí la mirada y esperé que la entrevista fuera un éxito.

No podía permitirme echarla a perder.

La vida de papá estaba en juego.

No podía.

Sabía que lo haría muy bien si me calmaba y creía en mí misma.

Sí, sabía que iba a hacer una buena entrevista.

—¿No baja aquí? —me sorprendió la voz de un hombre a mi lado.

Me di cuenta de que había llegado a la vigésima planta, murmuré una rápida disculpa al caballero de traje gris y salí.

Toda la pared izquierda era un enorme ventanal y me quedé mirando las increíbles vistas de Londres.

Tenía ganas de sacar el teléfono y hacer una foto.

Pero me recordé a mí misma por qué estaba allí.

Seguí las indicaciones de la recepcionista. Tal y como me había dicho di con el nutrido grupo de aspirantes.

Eran tantos que ni siquiera fui capaz de ver dónde acababa el tumulto.

Todos llevaban atuendos primorosos.

Unas chicas me miraron y se rieron sin demasiada discreción.

Me pregunté si tenía algo en la cara o en la ropa.

Al levantar la vista, me di cuenta de que no habían dejado de mirarme y no estaban siendo sutiles.

Aparté la mirada con rabia.

El hecho de que ellas tuvieran un aspecto más sexy que el mío y lucieran prendas más bonitas no significaba que debieran tratarme de aquella manera.

Me abrí paso a través de un mar de cuerpos, tratando de encontrar un lugar donde sentarme.

Vi uno al final de la sala y me dirigí hacia allí. Pero antes de que pudiera tomar asiento, un tipo se me adelantó.

Se encogió de hombros y me miró con desprecio.

Me giré para desandar el camino y, antes de darme cuenta, la masa me zarandeó en diferentes direcciones.

Me vi empujada hacia una puerta plateada.

Cuando crucé el umbral, la puerta se cerró automáticamente. Traté de abrirla de nuevo.

Me asusté cuando vi que no cedía en absoluto.

Lo intenté de nuevo, pero en vano.

No se abría.

Maldije mi mala suerte.

Me di la vuelta para ver dónde estaba, y me encontré en un pasillo largo y oscuro, al final del cual había un ascensor.

Solté un suspiro de alivio.

Una salida.

Se abrió cuando pulsé el botón y me apresuré a entrar.

En el panel sólo había un botón con el logotipo de Campbell.

Puse cara de asco.

Decidí que no podía ser peor opción que permanecer allí atrapada, así que pulsé el botón.

Por alguna razón, el corazón se me aceleró y las manos comenzaron a temblarme ligeramente.

El ambiente era sofocante; sentía la presencia de algo poderoso y aterrador.

¿Qué me pasaba?

¿Por qué tenía tanto miedo?

¡¿Qué demonios?!

El ascensor se detuvo y se abrió. Salí tan rápido como había entrado.

Tal vez podría respirar allí. Pero, ¿dónde estaba?

Eché un vistazo rápido y me quedé con la boca abierta.

Literalmente.

El despacho era gigantesco, verdaderamente impresionante.

Tan lujoso como reluciente.

Todo parecía carísimo.

No me atreví a tocar las espléndidas sillas de cuero blanco.

La panorámica de la ciudad era mucho más espectacular desde allí.

Mi asombro creció aún más cuando reconocí los cuadros que decoraban la estancia, unos lienzos que recientemente habían estado en boca de todos.

Su valor estimado superaba los mil millones de libras.

Joder.

Había una chimenea y un gran televisor de pantalla plana en la pared.

Literalmente, todo en el despacho era de color blanco, incluso los bolígrafos.

Me resultó imposible captarlo todo, ya que la intensidad monocromática del lujoso despacho me cegó parcialmente.

En mi estado de semiceguera, oí que la puerta se abría de golpe y que alguien se acercaba a mí a la carrera.

Antes de ser consciente de lo que estaba pasando, me derribaron bruscamente y noté cómo apoyaban el cañón de un arma en mi sien.

Mierda.

Como en las películas.

Era imposible que aquello fuese real.

De ninguna manera podía encontrarme en el suelo con una pistola a punto de agujerearme el cráneo, como si fuese una maldita criminal.

Intenté levantar la cabeza, pero la empujaron hacia abajo.

Hice una mueca de dolor y apreté los dientes.

—Dime por qué estás en una zona restringida, si no quieres que te vuele los sesos —ladró una voz, presionando más aún el frío acero.

¿Zona restringida?

¿Cómo diablos iba a saber que estaba prohibido entrar allí?

—¡Habla! ¡Ahora!

Me estremecí de miedo.

—Yo... me he perdido. No sabía que no podía estar aquí. Lo siento, de verdad. Por favor, no me dispare —supliqué, mientras cerraba los ojos y rezaba a Dios para que me ayudase a no terminar palmando sin mis seres queridos cerca, y menos aún en aquel lugar.

—Retírate, Gideon —ordenó una segunda voz, haciéndome suspirar de alivio.

El arma se separó de mi cabeza.

Me quedé en el suelo, sin estar segura de tener permiso para levantarme.

Como es lógico, valoro bastante mi vida.

—Ponte en pie.

No necesité que me lo dijeran dos veces.

Me levanté del suelo y me volví lentamente. Vi a varios hombres vestidos con trajes negros que empuñaban pistolas.

Me estremecí cuando mis ojos miraron al que me había encañonado.

—¿Cómo te llamas?

—Lauren Hart —levanté la barbilla, esperando que mi voz sonara más firme de lo que me parecía—. No ha sido mi intención entrar aquí. He venido para la entrevista, me empujaron a través de una puerta. No podía volver atrás y la única forma de salir fue a través de un ascensor. Me trajo hasta aquí. Si creen que me he colado para robar, se equivocan. Por favor, déjenme ir.

Había tratado de reunir el poco coraje que me quedaba para hacer aquella petición.

Se miraron y no tardé en darme cuenta de que se comunicaban entre ellos a través de los ojos.

El que yo creía que era el líder hizo un gesto antes de que uno de ellos saliera del despacho.

—Entonces... ¿qué tal si me voy? —sonreí e hice un movimiento hacia delante.

Me cerraron el paso de inmediato y me vi obligada a retroceder.

—Miren, no hay ninguna razón para que siga aquí. Ya les he dicho que no soy una ladrona. Déjenme marcharme, tengo que asistir a una entrevista.

Simplemente me ignoraron.

Entonces...

Me estremecí.

Repentinamente, la atmósfera cambió.

El frío de la oficina me golpeó, haciendo que el corazón latiera rápidamente en mi pecho.

Percibí un torrente de emociones, una fuerza poderosa que buscaba demostrar su furia.

Agarré mi bolso con fuerza, la sensación casi me hizo perder el equilibrio.

Oí los pasos furiosos antes de divisarlo.

Lo juro...

Dejé.

De.

Respirar.

Su pose hizo que mi aliento quedara atrapado en mi garganta.

Respiraba enérgicamente, su ancho y bien musculado pecho subía y bajaba como si acabara de correr una maratón.

Iba vestido de negro de pies a cabeza; traje, camisa y corbata negros de Armani que hacían que sus poderosos brazos y su torso parecieran casi vivos, desafiando a cualquiera a dudar de su fiereza y su vigor.

Era hermoso, como si se hubiera tallado a sí mismo; pómulos que harían que cualquier hombre o mujer sintiera celos, nariz recta y labios rojos.

Y sus ojos... Oh, Dios, sus ojos eran de plata pura.

Eran los más intensos y a la vez fríos que había visto en mi vida.

Se pasó los dedos por el pelo oscuro, sus ojos argénteos listos para fulminar a cualquier pobre alma lo suficientemente estúpida como para hacerles frente.

Su mirada candente parecía capaz de borrar la existencia de la humanidad.

Allí estaba Mason Campbell.

El hombre más despiadado del país.

Tragué saliva.

Uno de los matones se apartó de su camino mientras Campbell entraba con movimientos poderosos y seguros.

No me miró mientras tomaba asiento detrás de su escritorio y procedía a revisar algunos documentos.

Nadie dijo nada durante cinco minutos y yo empecé a cansarme y a sentir las piernas entumecidas.

Nadie parecía reconocer mi presencia ni estar dispuesto a dejarme ir.

Otros cinco minutos antes de que el gran hombre levantara su manaza y me hiciera un gesto para que me fuera.

Solté el aliento que había contenido y me di la vuelta para irme, cuando percibí la mirada conminatoria del tal Gideon. Sus hombres comenzaron a salir de la oficina. Entonces el estómago me dio un vuelco

El gesto de Campbell no había sido para mí.

Todos se marcharon y me quedé sola ante su poderosa presencia.

Intenté actuar con naturalidad, pero, maldita sea, fracasé a las primeras de cambio.

Me quedé en mi sitio, pero seguí moviendo los brazos y las piernas para dejar de estar tan nerviosa.

Quería mirar fijamente a Mason Campbell, pero tenía miedo de convertirme en cenizas o en una piedra si lo hacía.

Ninguna de las dos cosas sonaba bien.

—Deje de perturbar mi paz —indicó con voz suave, pero fría y mortal.

Ni siquiera estaba segura de que supiera que me encontraba allí.

Sin intentar ocultar su contrariedad, Mason Campbell fijó su mirada más oscura en mí, la chica que había osado molestarle.

—O tendré que hacer algo al respecto.

El pecho se me contrajo tanto que apenas pude respirar.

El miedo me golpeó, la imagen de mí misma yaciendo fría y muerta en algún rincón dejado de la mano de Dios pasó por mi mente, despertando intensas emociones en mí.

A punto estuve de mearme en las bragas.

—Siéntese.

Con piernas temblorosas, me apresuré a tomar asiento en una de las sillas colocadas frente a él. Pensé que estaría más segura situándome fuera de su campo visual, pero no tenía otra opción.

—¿Por qué está aquí? —preguntó, sin apartar la vista del papel en el que estaba escribiendo.

Tuve la tentación de echar un vistazo, para ver cómo era su letra.

¿Sería fea? ¿O bonita?

De alguna manera, supe que no podía ser fea.

Me moví en mi asiento, tratando de hablar antes de que se enfadara.

Recordaba muy bien lo que decían de Mason Campbell.

Las únicas emociones salvajemente intensas que había experimentado en su vida eran la ira y la fría oscuridad de su propio corazón.

Decían que tenía una rabia tan feroz que helaba los huesos de la gente.

Yo siempre había pensado que era una locura, que no podía ser cierto lo que todos decían de él, pero empezaba a pensar lo contrario.

—Yo... yo... yo... —tartamudeé, asustada. La frase que quería pronunciar se encogió detrás de mi corazón.

Mason dejó de escribir y de repente me miró.

Sus poderosos ojos plateados chocaron con los míos y volví a tragar saliva.

Siguió atravesándome con una mirada decididamente punzante.

—Cuidado con lo que dice —dijo antes de inclinar la cabeza—. ¿Le… asusto?

Me humedecí los labios antes de hablar.

—¿Es una pregunta trampa? —pregunté en voz baja, pero no obtuve respuesta—. La verdad es que sí.

Alzó una ceja perfecta.

—Oh, ¿en serio?

—No quiero decir nada incorrecto que pueda hacer que termine muerta en la fría noche. La gente dice que es usted un asesino duro y frío, y que siente placer al liquidar a sus víctimas y al hacerlas desaparecer.

Hasta transcurridos unos instantes no me di cuenta de lo que había dicho.

Se me abrieron los ojos como platos y me tapé la boca con una mano.

Con la mandíbula apretada, mi interlocutor se llevó una mano a la cara.

—Haría bien en recordar con quién está hablando, señorita... —me advirtió con su mirada de ojos plateados, impenetrable como el hielo, y con una voz profunda e igualmente fría.

—Hart —confirmé, con la voz temblorosa—. Lauren Hart. Y, naturalmente, usted es el señor Campbell.

—Señorita Hart, no me gusta repetirme. ¿Por qué está aquí? —insistió, esta vez elevando el tono de voz.

Sus palabras me llegaron acompañadas por la ira crepitante y la impaciencia.

—He venido para una entrevista. No era mi intención entrar aquí. La muchedumbre me empujó contra una puerta y la única forma de salir fue a través de un ascensor que me trajo hasta este despacho. Lo siento mucho. Si es tan amable de dejarme ir, seguiré mi camino.

—No suelo ser amable —señaló, como si le disgustara emplear una palabra cuyo significado no conocía.

—Entiendo. Si se mostrase benévolo....

El señor Campbell se irguió en toda su estatura y arqueó una ceja.

Desafiante.

—No hay ninguna diferencia.

La irritación corría por mis venas e hice frente a su mirada encendida con mi rostro más impertérrito.

—Si en su inmensa generosidad me dejara ir... No quiero molestarle más.

—¿Tiene usted un diccionario, señorita Hart? —preguntó sin ni siquiera pestañear—. ¿Son esas las únicas palabras que conoce?

Cuando intenté responderle, me interrumpió.

—Era una pregunta retórica.

—Oh, ya veo.

—Ciertamente —zanjó en un tono que me hizo preguntarme si me tomaba por imbécil—. Muéstreme su currículum.

Estudié su figura durante un largo e incómodo momento.

—¿Quiere ver mi currículum?

—Hablo el mismo idioma que usted, ¿verdad? Muéstremelo.

Le pasé rápidamente mi currículum y lo analizó someramente.

—Mm... Estudió usted en Knight; obviamente, no esperaba que sus calificaciones fuesen destacadas. Sólo ha tenido dos empleos. Cero experiencia aquí —murmuró para sí, enunciando cuidadosamente cada palabra.

Su rostro se arrugó en una extraña mezcla de lástima y reprobación.

—Cuando vino usted aquí, espero que lo hiciera con nulas esperanzas de conseguir el puesto. Por lo que veo, no está suficientemente cualificada para trabajar en Industrias Campbell, señorita Hart —manifestó, desafiándome con cada fibra de su ser a contradecirle.

Le miré con ojos de acero y con la ira a punto de estallar dentro de mí.

Apreté los labios y esperé que no se diera cuenta de la sacudida muscular de mi cara.

—¿Qué? ¿No voy a conseguir el trabajo? —pregunté, con sus palabras clavadas en mi corazón como un cuchillo bien esgrimido.

Había llegado allí sabiendo que no tenía ninguna posibilidad, pero eso no significaba que no me doliera.

Estaba ante mi única oportunidad de conseguir un trabajo perfecto con un buen sueldo.

Quise decirle decir que no debía ser entrevistada por él en persona, sino que tenía una cita con una tal Mary Warner.

Pero me acobardé.

—¿Va a llorar? —preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado.

—No... sólo...

—Bien. Porque odio a las mujeres débiles que no son lo suficientemente tenaces para soportar la verdad. Séquese las lágrimas, no vaya a poner esto perdido con su ADN.

Me puse rígida, una vena de la frente empezó a palpitarme.

—Gracias por su tiempo, señor Campbell.

Mi corazón trepidó con una ira ardiente mientras hacía un intento de levantarme y abandonar su maldito despacho y alejarme de su fea personalidad.

—No obstante... está cualificada para un trabajo. Hay una vacante que se ajusta a su perfil. ¿Le gustaría ser mi asistente? Aunque no debe permitir que la palabra se le suba a la cabeza. Sencillamente hará recados por mí, responderá a mis llamadas y me servirá el té. El sueldo, claro, no es muy alto.

Hice una serie de respiraciones largas y profundas hasta que la tensión en mí comenzó a disminuir.

—Señor Campbell, si usted sólo...

—Sí o no. Hay una fila muy larga de personas que matarían por este puesto.

Cerré los ojos, me pellizqué el puente de la nariz y reprimí el impulso de echar la cabeza hacia atrás y gritar.

Apartó la vista de mí y miró los documentos que tenía delante.

—Que tenga un buen día, señorita Hart.

Una parte de mí vociferaba que era un buen trabajo y otra clamaba que no merecía que me pisotearan; finalmente, se impuso la más chillona.

—¡Acepto! Aceptaré el trabajo —resolví. Apretando los labios, me tragué la amargura que subía a mi garganta y le miré con desdén.

—Señor Campbell, ¿me está escuchando? He dicho que acepto el trabajo —repetí. Con todo el cuerpo agitado, apreté las manos bajo el escritorio hasta convertirlas en blanquecinos manojos crispados, mientras él me ignoraba.

—La veré el lunes a las ocho —comentó finalmente, sin molestarse en mirarme.

—¡Muchas gracias! No dejaría...

—Creo que ya sabe dónde está la puerta —me interrumpió.

Qué imbécil. Salí en silencio de la oficina, reviviendo en mi mente los veinte minutos de conversación que había tenido con él. En todo aquel rato no había dicho nada agradable.

¿Cómo se podía trabajar para una persona así?

Pero el hecho era que me encontraba a su servicio. Por suerte o por desgracia.

Si no hubiera estado tan desesperada por encontrar un trabajo, no habría aceptado su oferta.

Pero incluso si el salario no era el que yo quería, no estaba en condiciones de rechazarla.

No podía negarlo: había pensado en no aceptar, pero me había acordado de mi padre y de que todo aquello era por él.

Sólo esperaba sobrevivir trabajando para Mason Campbell.

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